Que la Feria Internacional del Libro abra sus puertas una vez más es, para quienes aman la lectura, toda una fiesta, y sin duda así lo vivirán desde mañana y hasta el próximo domingo 9 de octubre cuando esta 34ª celebración de la letras quede instalada en el Atrio y la Explanada de la Intendencia de Montevideo, donde volvió para quedarse desde 2007, luego de varias mudanzas que la llevaron –desde 1978 a 2007– por el Subte Municipal, el Palacio Güelfi y el Parque de Exposiciones del LATU.
¿Acaso no sería interesante sentar en una misma mesa a Sergio Bizzio y Felipe Polleri? ¿Nadie llegaría temprano para encontrar una buena ubicación en un salón en el que debatieran Juan Villoro y Mario Delgado Aparaín?
Además, si uno se detiene en la historia de la Feria (Internacional) de Libro, la asistencia de escritores internacionales –como los argentinos Horacio Verbitsky y Claudia Piñeiro, las colombianas Laura Restrepo y Margarita Posada o el francés Alain Labrousse, quienes supieron llenar salas con sus lecturas y disertaciones– no haría más que volver a darle prestigio a este espacio que surgió, en plena dictadura, como una utópica idea de armar en Montevideo lo mismo que había en Porto Alegre y Buenos Aires, las únicas dos ciudades en América Latina que, hacia mediados de la década de 1970, contaban con ferias de libros (la de Porto Alegre comenzó en 1955 y la de Buenos Aires en 1975).
Dicho de otro modo, luego de que en 1978 se hiciera lo imposible para sortear una coyuntura política adversa, que permitía la presencia en la feria de tipos como Horacio Buscaglia aunque no se lo dejara hablar o que no dejaba exhibir títulos como La República de Platón o todos aquellos que incluían la palabra “rojo” en su portada porque según las autoridades de la época contenían rasgos subversivos que todavía hoy, a más de 30 años, todavía nadie ha descubierto, traer hoy a un escritor u otro del exterior es solo una cuestión económica que los más de 70 socios de la CUL podrían, si lo quieren, solventar.