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Muertos de sed

El escritor paraguayo Javier Viveros recrea en su libro de cuentos Fantasmario las alternativas de hombres y mujeres que vivieron y pelearon en la (bastante olvidada) guerra del Chaco

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23 de septiembre de 2018 a las 05:03

La historia de América Latina posee episodios soberbios y trágicos que pueden pulsar, bajo una buena mano, los mejores gatillos narrativos. La épica que se desprende de una guerra, de una revolución, de una cruzada o de otros eventos bélicos tiene una carga potencial muy fuente en el campo literario. Las pasiones humanas están tensadas la máximo, la vida y la muerte se trenzan de las formas más arbitrarias, los personajes penan en paisajes devastados y en gran parte de los casos el mayor premio es mantener el tenue hilo de existencia en medio del infierno. 


Arremeter desde la literatura sobre esos temas implica primero entender que el pasado es materia prima formidable, casi infinita y maleable, no solo desde el plano técnico gracias a su “pólvora” narrativa, sino también a la conformación de una identidad cultural, de una construcción de un mito común, la recreación de la historia mediante la palabra, una reflexión sobre la proyección en el presente. 

La aproximación de los cuentos de Viveros a la guerra no es obvia. Las narraciones demuestran un heroísmo en escala humano, alejado de la épica marcial, y poseen una complejidad que los libera del maniqueísmo moral.


Mucho de lo antedicho sucede con el volumen de cuentos Fantasmario, del escritor paraguayo Javier Viveros, publicado en Asunción por la editorial Arandurá y recientemente ganador de la edición 2018 del prestigioso premio Edward and Lily Tucker que entrega el Pen Club de los Estados Unidos. Se trata de una colección de cuentos breves ambientados en la guerra del Chaco, un conflicto bastante olvidado por estos lares, que enfrentó al Paraguay y a Bolivia entre 1932 y 1935, que en principio tuvo motivos limítrofes y económicos (por la supuesta explotación petrolera de la región), pero pronto derivó en una confrontación que movió los resortes nacionalistas de ambos países y culminó en una espantosa carnicería humana que devoró casi cien mil vidas. 


La aproximación de los cuentos de Viveros a la guerra no es obvia. Las narraciones demuestran un heroísmo en escala humano, alejado de la épica marcial, y poseen una complejidad que los libera del maniqueísmo moral y deja al lector en una disfrutable tierra de nadie. Allí aparecen el célebre Mariscal Estigarribia y el desfile de la victoria, a caballo, en el recuerdo deformado de un veteranísimo ex combatiente que va quedándose dormido. Surgen en la página un desertor paraguayo, prisionero, que se queda a vivir en La Paz, se casa y un día regresa sin honra. Un patrullero de ofensiva que tiene un súbito encuentro con un personaje mitológico. Camiones manejados por fantasmas, una piñata de espectros. El perdón a un niño soldado, que estaba recogiendo una flor. Una enfermera que se enamora de un “izquierdista”, los que se disparaban en la mano izquierda para dejar el frente, que bien podría ser la base del guión de un futuro largometraje. Y tantos otros, escritos con mano firme y pulso constante, veteados de palabras en guaraní, invadidos por un contexto de arbustos bajos, arenales camuflados, sequedad absoluta del aire, sol que raja las piedras y la eterna sed en las gargantas de ambos bandos. 


Viveros ya había llamado la atención con Manual de esgrima para elefantes, un libro de cuentos de 2012, fruto de un largo viaje por África, que le mostraba a los más incrédulos que la nueva narrativa paraguaya podía construirse desde las selvas o las sabanas africanas. El autor también es poeta, narrador infantil y referente del cómic de su país, además de un activo gestor editorial, que promovió la creación de una antología de escritores paraguayos y bolivianos titulada Mar fantasma, que se publicó en los dos países y reúne una camada bastante representativa de la nueva narrativa de tierra adentro del continente.  Si Paraguay es definido muchas veces como esa “isla en medio de la tierra”, y muchas veces los propios autores sienten el aislamiento de un mercado pequeño y un panorama editorial escaso, los herederos de Roa Bastos miran al pasado con ojos nuevos y retoman un legado que, con sufrimiento y dolor, es parte de su idiosincrasia y mecha fresca para próximas dinamitas literarias. 

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