El encomiado programa antipobreza brasileño Bolsa Familia se halla en aprietos conforme se multiplican las acusaciones de corrupción burocrática y excesos políticos.
Esto pone en peligro su reciente progreso en reducir el índice de pobreza de la nación más populosa de América Latina.
En el 2009, la crisis económica mundial sumirá a 2,7 millones de personas en América Latina y el Caribe de vuelta en la pobreza extrema, definida por el Banco Mundial como vivir con menos de US$1,25 al día.
Esto anula más de un tercio del adelanto de la región en materia de reducción de la pobreza desde el 2005, según el Banco Mundial. El aumento proporcional de pobres en América Latina será siete veces mayor que el previsto para el África subsahariana.
Bolsa Familia es una prestación estatal de dinero en efectivo y la herramienta principal de Brasil para combatir la pobreza. El Estado distribuye unos 12.000 millones de reales (US$5.700 millones) entre 46 millones de personas, una cuarta parte de la población del país.
El Banco Mundial lo llama elogiosamente “una revolución silenciosa” que es “uno de los programas más acertados del mundo”. La Organización Internacional del Trabajo dice que la iniciativa es “el mayor programa de distribución de renta del mundo”. Lo están copiando por toda América Latina y en algunos países desarrollados.
Sus objetivos son incontestables. La manera en que lo administran es otra cosa.
Consideren el caso de Billy da Silva Rosa. Billy recibía 20 reales de parte del Gobierno cada mes y sus dos hermanos recibían sendos 62 reales. Los pagos cesaron al cabo de siete meses cuando un inspector sanitario descubrió que Billy era un gato propiedad de un empleado gubernamental encargado de dirigir Bolsa Familia en el remoto pueblo de Antonio João, en el estado de Mato Grosso do Sul.
Romper el ciclo
Uno de los objetivos primordiales de Bolsa Familia es romper el ciclo de la pobreza de una familia requiriendo a los padres que mantengan a los hijos en la escuela a cambio de los pagos mensuales. Pero el Gobierno brasileño no sabe si el millón de niños inscritos en el programa están asistiendo a la escuela, informó el diario O Estado de São Paulo en septiembre.
En Goiania, capital estatal no lejos del Distrito Federal de Brasilia, un 33 por ciento de los niños que reciben dinero de Bolsa Familia no están matriculados en la escuela. En Pelotas, una ciudad grande del rico estado meridional de Rio Grande do Sul, la cantidad comparable es de un 32 por ciento.
La mayoría de los niños ausentes de Bolsa Familia viven en pueblos pequeños del interior de Brasil, donde los políticos locales controlan celosamente la lista de beneficiarios del programa, y donde las auditorías son raras. En sitios como esos, la falta de supervisión no es el único problema.
Niños ausentes
En comunidades pequeñas y aisladas, un maestro compasivo sabe cuáles familias de estudiantes reciben la ayuda y pueden fácilmente anotar como presentes a los niños ausentes para que no pierdan sus prestaciones de Bolsa Familia. Si las autoridades no pueden ni siquiera dar con los expedientes de matriculación de un millón de estudiantes, imagínenlos tratando de examinar los registros de asistencia a clases.
Los estudiantes ausentes distan de ser el único problema. Bolsa Familia paga beneficios a 39.937 políticos, 299.832 muertos, 106.329 dueños de vehículos y 1,2 millones de familias (unos 4,4 millones de individuos) que no son pobres, según un informe reciente del Tribunal de Cuentas de la Unión.
El programa Bolsa Familia fue instituido durante la presidencia de Fernando Henrique Cardoso y ha aumentado su alcance considerablemente bajo el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien se crió en una familia pobre semejante a las que ahora reciben las prestaciones.
Herramienta política
En el 2006, el programa desempeñó un papel clave en la reelección de Lula. Cada aumento de 10 puntos porcentuales en la población de un estado que recibía las prestaciones acrecentó la cuota de votantes de Lula en más de siete puntos porcentuales, según mis cálculos.
La Constitución brasileña prohíbe a Lula presentarse de candidato a un tercer término. Aun así, el mes pasado el presidente firmó un decreto que añadirá otras 7,2 millones de personas a Bolsa Familia hasta el 2010.
El nuevo decreto es un regalo de Lula al próximo candidato presidencial de su partido. Y ayudará a otros políticos a conservar el poder.
Mas no evitará que aumente la proporción de los brasileñós que viven en la pobreza extrema. Según las conclusiones de un estudio del 2006 por el Centro Internacional sobre la Pobreza, una dependencia de las Naciones Unidas, Bolsa Familia alivia la intensidad de la pobreza pero “contribuye poco a alterar la proporción de pobres en la población”.
Ampliar el programa antes de corregirlo para asegurarse de que el dinero llegue a las personas que verdaderamente lo merecen demuestra que a Lula le importa más ganar elecciones que reducir la pobreza.