Opinión > ANÁLISIS

Mujeres, capitalismo e islam

Reflexiones ante el 8 de marzo

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17 de marzo de 2019 a las 05:00

No tengo claro si soy feminista. En la teoría, si hago un juego de palabras, me resultaría difícil entender que el machismo  está mal pero el feminismo bien. Podría decir que hombres y mujeres me parecen idénticos en derechos, como los son todos los seres humanos con independencia de su anatomía, refiera esto a si tienen pene o vagina, son negros o blancos, usan pelo corto o largo, prefieren hacer el amor con personas de su mismo sexo o de sexo diferente, toman alcohol o son abstemio, fuman o no fuman. Da igual si tienen cromosomas XX o XY, da igual si les hace feliz una u otra cosa mientras respeten al prójimo. Simple. 

En la práctica, estoy acostumbrado a participar de equipos donde da exactamente lo mismo a la hora del respeto, la remuneración, la consideración todo lo anterior. Desde ese punto de vista el tema me parece bastante simple. A todos iguales derechos, igual respeto, igual fraternidad.

Desde esa simplicidad naif concurrí al acto del 8 de marzo. Un poco por acompañar a mi compañera, un poco por la curiosidad innata de observar episodios multitudinarios donde, se sabe, el radicalismo está presente.

Pero fui también por una solidaridad humana hacia una historia de asimetrías, que en Uruguay golpea duro. Muchachas asesinadas por sus parejas o parientes y que muchas veces quedan impunes. Como la muchacha asesinada en Treinta y Tres, que fue en moto con su pareja a un monte del Olimar y nunca volvió. Su asesino sigue libre, y muchos en la ciudad dicen que es porque tiene buenos contactos familiares.

Ese caso no es una rareza. Y eso merece salir a la calle.

Hay allí una asimetría que seguramente viene de la biología y la cultura, el hombre alcohólico y violento es más frecuente que lo opuesto y debe darse una batalla cultural para el cese de todo  tipo y especie de violencia conyugal, física o psicológica. Pero todo son predisposiciones totalmente superables. La biología nos permite justamente conocer a qué nos quieren predisponer nuestros genes y en qué debemos seguirlos  o no, nos lo dice nuestro cerebro racional. Entender correlaciones no es justificar acciones. Y nuestra racionalidad debería decirnos que todo maltrato de cualquier persona a otra es inadmisible. Por eso tal vez sería más lógico no ser ni machista ni feminista, sino simplemente igualitarista.

Desde ese punto de vista, ¿tiene sentido ir a una marcha donde uno puede leer cosas como “muerte al macho”, algo que aunque sea como metáfora es ridículo? Desde mi punto de vista en parte sí. El bolsonarismo en el vecindario y sus imitadores locales me llevan a recordar a la socióloga brasileña Marielle Franco, asesinada un año atrás en un crimen impune y anticipador de los autoritarismos que nos amenazan por derecha. Pero también corresponde homenajear a la valiente Yoani Sánchez que lucha contra la dictadura de los machos blancos y barbudos de Cuba, que nos recuerda los peligros del autoritarismo por izquierda. 

También  se puede concurrir a una marcha 8M motivado por las injusticias históricas que me llevan a recordar a la gran Hipatia, asesinada por una turba en el comienzo de los tiempos por el “delito” de ser filósofa mujer en el año 400 en Egipto. Posiblemente a una Hipatia en el Egipto del presente no le iría mejor.  Por qué no homenajear a las dos grandes Simones, Simone de Beauvoir y Simone Veil, que hicieron tremendos aportes teóricos y prácticos a la convivencia contemporánea. Entre unas y otras, la que abrió los caminos de libertad y equidad fue la liberal inglesa Mary Wollstonecraft, tal vez la primera feminista, un ejemplo de racionalidad y valores democráticos en los albores de la democracia inglesa, a fines del siglo XVIII que derivó en que las sufragettes conquistaran para la mujer el derecho al voto.
Pero también hay mujeres que impactan en la historia más reciente. Por un lado las que viven en la perpetua opresión islámica. Porque las víctimas de esa terrible ideología no son causa que nadie defienda.

El mundo musulmán vive en una guerra civil entre sunitas y chiitas desde hace 1.300 años. Pero a la hora de esclavizar a la mitad de su población que nace sin pene, el consenso político es casi total. Ahí está la iraní Nasrin Sotudeh, abogada y defensora de derechos humanos, que ha sido condenada  en esta misma semana a 38 años de prisión y a 148 latigazos por “conspirar contra la seguridad nacional” de Irán. No hubo una sola palabra para ella, ni para las mujeres saudíes que no tienen derecho a salir del país sin permiso, ni para los miles de mujeres que luchan por liberarse del velo opresor. En este mismo momento hay mujeres en Arabia Saudita siendo torturadas en cárceles. Y lo mismo puede decirse de todos y cada uno de los países donde el islam es ley, con la única excepción tal vez de Túnez. Allí las mujeres no son libres de vestirse como quieren, de elegir sus propias parejas, ni ya que decir de tener una vida de solteras ni que imaginar ejercer el lesbianismo.

Nunca leí ni una sola letra sobre cientos de millones de mujeres oprimidas hasta lo indecible. Nunca una palabra, por ejemplo para recordar a la iraní Shirin Ebadi, abogada defensora de los derechos humanos en su país que ha tenido que exiliarse por la persecución política y las amenazas, esas sí rotundamente machistas. Nunca una mención a las mujeres iraníes que se han rebelado contra el velo y son encarceladas por no salir como momias a la calle. Uno diría que el internacionalismo aplica a un día que celebra a la mujer. Me hubiera encantado un homenaje o una mención a Rahaf al Qunun, la joven saudita que escapó del horror de ser librepensadora en el reino más autoritario y que logró llegar a la libertad “capitalista” de Canadá donde participó de este 8M con su cara al aire libre.

No me arrepiento de haber ido. Porque también me parece que vale la pena un homenaje a las mujeres que están cambiando el mundo para mejor como la joven estadounidense  Alexandria Ocasio-Cortez, que está generando una alternativa al gobierno pro petróleo de Trump con su propuesta de Green Deal, y se perfila a ser una figura política mayor con menos de 30 años de edad. Y más aun, como agradecer a la sueca Greta Thunberg, que con solo 16 años ha generado una movilización mundial buscando acelerar las políticas contra el cambio climático, la mayor amenaza que pende sobre la humanidad.  Ha sido nominada esta semana al Nobel de la Paz, y ojalá lo gane. Las mujeres tienen habitualmente sensibilidad hacia la naturaleza.

A propósito, en el acto se criticó el “biologicismo”. Tomado como imposiciones dictatoriales de la naturaleza a nuestras vidas es compartible.

Pero no es razonable ignorar que somos seres biológicos. Tiendo que a pensar que las mujeres son biológicamente más propensas al cuidado del ambiente. Las mujeres más propensas a curar a los heridos y a la recolección. Hay mayoría de mujeres correctoras en las redacciones de los diarios, recolectando faltas de ortografía. Hay mujeres habitualmente en las cátedras de botánica. En los establecimientos agropecuarios es habitual que las mujeres se apasionen por el jardín y los hombres se apasionen por el ganado.

Me resulta casi gracioso que los leninistas copen estos actos y llamen al “anticapitalismo”. En las democracias, la constitución nos garantiza igualdad de derechos. En las sociedades democráticas y liberales una mujer puede ser presidente, incluso si es lesbiana como ha sido el caso de Islandia. En el mundo capitalista tan vituperado en la marcha, la presidenta del Fondo Monetario Internacional, es Christine Lagarde, una mujer que lleva el cargo con gran solvencia, como antes lo hizo la presidenta de la Reserva Federal de EEUU, Janet Yellen. Ambas luciendo con garbo sus canas y derribando el cliché de ocultarlas. La plena realización de las mujeres permite desplegar todo el potencial de la sociedad, y eso es más crecimiento, más consumo, menos pobreza, lo que suele suceder en lo que los militantes llaman “capitalismo”.

¿Estarían las manifestantes en contra de que las mujeres sean empresarias? Podrían nombrar a una soviética o cubana ilustre que no fuera escalando hasta mitad de tabla en el partido único permitido? No les parece que Maduro es el típico ejemplo de lo que hay que superar definitivamente?

Por las mujeres, uruguayas o de cualquier parte asesinadas por la violencia doméstica y política,  fui al 8 de marzo y puedo seguir yendo.

Pero la partidización y el intento de copamiento al estilo leninista o gramsciano  de esas actividades me resulta una influencia de pensadores que son hombres perimidos. Y el silencio respecto a la situación de millones de mujeres sometidas por el islamismo, me resulta estruendoso.

A las mujeres uruguayas no parecen conmoverlas los crímenes de honor,  los cortes de clítoris ni las burkas. Capaz tienen que sacarse, ellas también, algunos velos. 

Aun así, cabe celebrar que salgan por decenas de miles y obliguen a reflexionar sobre lo inadmisible de los femicidios, la violencia doméstica y toda inequidad. 

 

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