El 1 de octubre de 1985, cuando Robert Hanssen tenía 44 años de vida y unos cuántos como espía en la Agencia Federal de Investigaciones de los Estados Unidos, envió una carta anónima a la KGB (la agencia de inteligencia soviética), ofreciéndole sus servicios, por los cuales pedía, a cambio, US$ 100.000, que debían ser abonados en efectivo para evitar pistas.
En su carta, Hanssen, además de pedir dinero, daba a los soviéticos los nombres de tres agentes de la KGB que residían en los Estados Unidos y trabajaban para el FBI: Boris Yuzhin, Valery Martynov y Serguei Motorin. Hanssen no sabía que la KGB ya tenía esa información, brindada por un topo soviético que no estaba en el FBI, sino en la CIA.
El destino de los agentes soviéticos que colaboraban con Washington fue, en dos casos –Martynov y Motorin–, la ejecución sumaria, mientras que Yuzhin fue encarcelado y, a los seis años, pudo regresar a los Estados Unidos.
En aquel 1985, Hanssen comenzaba un camino que en plena guerra fría podría haberle durado unos meses, dado que tanto las agencias estadounidenses como las soviéticas tenían fuertes departamentos de contraespionaje para detectar agentes dobles. Sin embargo, pudo sobrevivir como agente del FBI hasta 2001.
La justicia lo condenó a cadena perpetua en 2002. Con su aislamiento absoluto se cerraba uno de los casos de espionaje más impactantes de historia de los Estados Unidos. A sus 79 años, mientras cumplía 22 años de prisión, Hanssen fue hallado muerto esta semana en la celda individual que habitaba en la prisión de Colorado, según informaron las autoridades federales.
La Agencia Federal de Prisiones declaró a través de un comunicado que Hanssen fue encontrado sin señales de vida en el Centro Penitenciario y Administrativo de Máxima Seguridad en Florence, Colorado, poco antes de las 7 de la mañana. Si bien no se informó sobre las causas, no hubo signos de agresión por parte de terceros y se presume suicidio.
Hanssen, en palabras del FBI, fue “el espía más dañino en la historia de la agencia”. Tal fue la incapacidad para detectarlo por parte de los organismos de contrainteligencia, que muchos años después de ser espía logró ingresar precisamente en el Departamento de Contraespionaje.
Nacido en Illinois, Chicago, era hijo de un oficial de Policía. Profesaba el catolicismo, al punto tal que llegó a unirse al Opus Dei. Se casó con una mujer católica y tuvieron tres hijos varones y tres hijas mujeres. A los ojos de sus vecinos, su familia y sus compañeros, Hanssen era un hombre correcto.
Sin embargo, hubo algo que lo hizo trastabillar. Su esposa lo descubrió en el sótano de su casa en Nueva York tratando de ocultar documentos. El agente aceptó ante su esposa y hasta ante un sacerdote del Opus Dei, que dejaría de espiar para los soviéticos. Sin embargo, en 1985, tomando más recaudos, retomó su actividad de agente de la KGB. Volvió a interrumpir su accionar con la caída de la Unión Soviética, pero en 1999 volvió a colaborar con Moscú. Esta vez por menos tiempo, porque lo descubrieron.
Hanssen tenía una sólida formación académica y desde los 22 años estaba en el FBI. No fue la inteligencia soviética la que buscó a Hanssen. Tampoco lo hizo por afinidad ideológica con Moscú. El FBI cifró en US$ 1,4 millones la cantidad de dinero que recibió de la KGB y luego de la agencia rusa de inteligencia. Además, le dieron piedras preciosas y otros objetos de valor.
El FBI no logró detectar lo que recibía de Moscú. Tampoco pudo seguir el hilo de los secretos de Estado que brindó, incluido que agentes estadounidenses habían excavado un túnel debajo de la embajada soviética en Washington para espiar las comunicaciones diplomáticas.
El mismo día que se supo de su muerte, el fiscal federal que llevó su caso, Paul J. McNulty, dijo a la prensa: “La magnitud de los delitos de Hanssen es enorme. Sus acciones serán recordadas durante mucho tiempo como una de las traiciones de confianza más atroces en la historia de los Estados Unidos”.
El FBI había detectado el doble juego de Hanssen en 2001, más de dos décadas después de su colaboración con Moscú. Cuando la contrainteligencia federal de los Estados Unidos confirmó que era él quien daba datos, le montaron una vigilancia para poder dar con sus posibles contrapartes. No lo lograron, aunque sí pudieron confirmar su labor de espía de Moscú.
Hacía una década que había caído la Unión Soviética, pero eso no impidió que el Kremlin siguiera contando con Hanssen. Al ser detenido, Moscú y Washington tuvieron un momento de tensión diplomática. El presidente George W. Bush expulsó a medio centenar de diplomáticos rusos, sin datos que pudieran certificar que alguno era espía.
De inmediato, el presidente ruso Vladimir Putin respondió con la expulsión de 50 diplomáticos estadounidenses, de los cuales tampoco había rastros de espionaje. El asunto terminó allí y Hanssen fue juzgado y sentenciado a prisión perpetua.
Sin pretender que eso aliviara su sentencia, Hanssen dijo a los investigadores que el FBI tenía tan pocos controles que equivalía a una “negligencia criminal”. Aseguró que le resultaba muy sencillo acceder a material confidencial en las computadoras sin necesidad de hackear datos.
“Cualquier empleado de la agencia podría encontrar cosas en ese sistema”, aseguró Hanssen en el juicio y se declaró culpable de 15 cargos de espionaje y conspiración para evitar la pena de muerte. También dijo: “Me avergüenza”.
Desde el 17 de julio de 2002, y por espacio de casi 21 años, hasta que fue hallado muerto en su celda, estuvo en Florence, una prisión de máxima seguridad del Estado de Colorado en un régimen de aislamiento durante 23 horas al día.