30 de octubre 2021 - 5:03hs

Después de más de un año y medio al ritmo del Covid-19 ahora vivimos al ritmo del temor a los rebrotes del virus que, a juzgar por la experiencia de otros países, es probable que se den en mayor o menor medida, seguramente sin consecuencias tan nefastas en materia de muertes, pero con otras que seguirán interrumpiendo la normalidad de mentirillas que estamos viviendo. Por todo lo anterior, llama la atención el hecho de que los niños sigan siendo los principales perjudicados por protocolos y medidas restrictivas, cuando son los que menos han contribuido a la difusión de esta enfermedad y los que menos padecen sus consecuencias, incluso si se contagian.

Esta semana, el pediatra intensivista Sebastián González Dambrauskas planteó una realidad difícil de digerir y, desde mi punto de vista, difícil de discutir. En su cuenta de Twitter escribió: “Se suspendan Campamentos infantiles de fin de año pero las despedidas de fin de año no. Cierran clases y escuelas pero ninguna actividad social adulta. Emergencia sanitaria y recibiremos 100000 brasileños para finales”. 

Es correcto que el 21% de los casos en las tres primeras semanas de octubre se dieron entre niños menores de 9 años, pero el 21% de unos 200 casos diarios son 40 en un rango de edad que justamente es el único no vacunado en Uruguay. Mientras tanto, los protocolos escolares resultan poco flexibles, lo que determina que miles de niños pierdan clases, actividades deportivas y otras lúdicas que se dan a fin de año.  

“Las familias de niños, niñas y adolescentes que se encuentren en cuarentena a la espera del resultado del hisopado por ser contacto directo de un caso positivo y que a su vez tengan hermanos en otras clases, no deben enviar a ninguno de los estudiantes a los centros educativos, hasta tener el resultado negativo del hisopado realizado.  Es decir, que la cuarentena debe ser acompañada por los hermanos hasta tanto se tenga el resultado negativo del análisis referido”, señaló la ANEP en un comunicado del 21 de octubre. También reiteró que los alumnos o funcionarios con síntomas que tengan relación al Covid-19 no deben concurrir al centro educativo; el rango es ciertamente amplio y en época de alergias primaverales va desde una nariz con mocos hasta un dolor de cabeza. “No se debe desestimar ningún síntoma como puede ser, resfrío (siendo esto lo que se ve con mayor frecuencia), tos, fiebre, vómitos, diarrea, erupciones cutáneas”. ¿A cuántos niños -y también adultos- comprende esta advertencia imposible?

Más noticias

Todo lo anterior es un retroceso más en un camino que para un niño seguramente parezca eterno; desde hace casi dos años sus rutinas se dieron vuelta, en un momento de la vida en la que los hábitos y rutinas son los pilares de la seguridad y de la construcción de la personalidad. De un día para el otro dejaron de ver a sus amigos y maestros, convivieron con el miedo generalizado de los adultos, vieron a sus abuelos con suerte a distancia y se conectaron como pudieron durante horas interminables, para aprender en formato online.

Durante meses se los señaló como culpables o posibles culpables de contagiar el virus, algo tal vez inevitable mientras la ciencia intentaba alcanzar, a toda velocidad, a un virus que apenas conocía. No vale mirar para atrás y señalar errores cuando investigadores y autoridades intentaban desesperadamente atajar incendios y posibles chispas para evitar nuevos. Pero sí vale mirar el presente y el futuro con el conocimiento que se adquirió en los últimos meses. Ahora ya sabemos que los niños se contagian como todo el mundo, ni más ni menos, y que contagian a otros como todo el mundo. También sabemos que en su inmensa mayoría transitan la enfermedad con síntomas suaves y tratables y, en casi la mitad de los casos, son asintomáticos.

Si bien puede haber complicaciones en niños derivadas del Covid-19, son muy infrecuentes, por lo cual buena parte de los pediatras uruguayos consideran que es mucho peor el precio a pagar por cerrar escuelas y encuarentenar niños. Elsa Tangari, cardióloga y pediatra intensivista, dijo esta semana a El Obvservador que a pesar de este repunte de casos la situación “no nos está generando preocupación", porque los niños "no están entrando a CTI” a causa del virus.

González-Dambrauskas describió, basándose en estudios y datos de otros países, el precio que han pagado los niños por el cierre de las escuelas y el “encuarentenado” obligatorio que debieron respetar: depresión, ansiedad y aumento de casos de suicidios, además de retraso académico, violencia doméstica y hasta problemas nutricionales y sanitarios. Estas consecuencias, además, se trasladaron a las familias enteras que tuvieron que encontrar nuevas soluciones para cuidar a los niños que no iban a la escuela y ayudarlos en las tareas online, entre otras nuevas obligaciones que recargaron sobre todo a las mujeres, quienes son aún las principales cuidadoras en nuestra sociedad. 

El informe de Unicef, Educación en Pausa, repasa en detalles las consecuencias nefastas del cierre de escuelas y da más razones de por qué debe intentarse por todos los medios no cerrarlas .

No hemos terminado de procesar un dato indiscutible que nos heredó esta pandemia; el covid-19 llegó para quedarse y seguirá contagiando hasta que todos, o casi todos, hayamos sido infectados una y más veces. La gran diferencia es que desde abril de 2020 la mayoría de los uruguayos estamos vacunados y las vacunas que nos dimos nos protegen mucho (94% o más) a la hora desarrollar un tipo de enfermedad grave que nos lleve al hospital, saturando CTIs, con riesgo de muerte. 

Incluso cuando se vacune a los mayores de cinco años, los niños -como los adultos- seguirán contagiándose y contagiando. La vacuna reduce contagios, no los evita. Por otra parte, no se exige cuarentena en maternalitos, guarderías y jardines de infantes para evitar el contagio, que puede derivar en casos graves, por el VRS, Virus Respiratorio Sincicial, que afecta sobre todo a menores de 2 años. Este año hubo más casos que en 2020, menos que en 2019, y contra este virus no hay vacuna.

En estos contactos que aparecen ahora y que pueden aumentar, no hay más remedio que aflojar la correa y decidir casi que caso a caso, aunque esto parezca complejo, para que prime el sentido común y se minimicen la pérdida de clases o el pasaje a virtual. Usar tapabocas durante horas y testear repetidamente son medidas molestas, pero no implican que el niño se mantenga lejos de la escuela. La cuarentena, en cambio, sí.

Conclusión: los niños tienen bajísimo riesgo de muerte por Covid-19, incluso menor a otras enfermedades y ciertamente menor al riesgo de morir por un evento accidental. Los niños contagian sí, pero como cualquier otra persona. Si hoy contagian a alguien en Uruguay es altamente probable que esa otra persona esté vacunada, con lo cual transitará una enfermedad potencialmente molesta, pero con pocas chances de ser mortal. Si el adulto no está vacunado, la responsabilidad es del adulto, no del niño. Si muchos niños se contagian tendrán anticuerpos contra el virus y así seguirá evolucionando el bicho, hasta que de verdad la pandemia se convierta en endemia. 

Los protocolos deben ser flexibles para apretar pero también para aflojar. Mandar a hacer cuarentena a una clase entera por pocos casos, cancelar actividades recreativas que les den un poco de respiro luego de meses complejos, no es un signo de responsabilidad. Es una ceguera selectiva para el rango de edad tal vez más afectado, que sufrió y sufrirá consecuencias en su psiquis y formación, mientras que los grandes nos juntamos para el asado y nos vamos de fiesta.

Temas:

Opinión Covid-19 reapertura de escuelas Member

Seguí leyendo

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos