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Cristian Alarcón

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"Ni la derecha ni la izquierda pueden decir que han hecho algo por defender el buen periodismo en la región"

Cristian Alarcón, director de Revista Anfibia y Cosecha Roja, habló sobre algunas de las discusiones que la profesión tiene pendiente hoy

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03 de diciembre de 2021 a las 05:04

El nombre del chileno –pero argentino por adopción– Cristián Alarcón (51) está cruzado por los siguientes conceptos: periodismo de investigación, crónicas policiales, coberturas recordadas –en Página/12, Gatopardo, Rolling Stone, Soho, Crítica, Clarín–, varios libros –entre ellos Cuando me muera quiero que me toquen cumbia y Si me querés, quereme transa–, periodismo narrativo, talleres, consolidación de un estilo y, hace diez años, la fundación de un nuevo medio que cambió la jugada del mapa argentino y la región: Revista Anfibia. Pero si todo esto forma parte de lo que él ha construido a lo largo de su carrera, en los últimos años también ha estado marcado por una idea que ha mutado y que lo ha tenido ocupado: la de poner en discusión los problemas y desafíos más acuciantes que tiene la profesión. A partir de ensayos, laboratorios de reflexión y un interés genuino y hambriento por la situación, Alarcón se ha convertido en una referencia ineludible a la hora de debatir ese futuro incierto al que el periodismo se dirige, y las infinitas variantes que parece haber a lo largo del camino hasta allí.

Y es a partir de estas inquietudes que surge la beca Cosecha Anfibia, una iniciativa que lideró y que reunió a varios periodistas del continente, y su resultado: el libro Futuro Imperfecto, editado por la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y el primero de la colección Futuro anfibio, que recopila una serie de ensayos que abordan algunas de las grandes preguntas que, tanto Alarcón y varios de sus colegas, no han dejado de plantearse en los últimos tiempos. En el Hotel Hilton de Canelones, donde se desarrolla la Conferencia Latinoamericana de Periodismo de Investigación (COLPIN) que recibe, además, la presentación del mencionado libro, el periodista habló con El Observador sobre estos temas y, por supuesto, se hizo preguntas. Algunas quedaron en el aire como disparadores de discusiones que vendrán. Otras, marcaron el rumbo de lo que sigue. 

¿Dónde está el germen del proyecto de Futuro Imperfecto?

En los primeros meses de pandemia, cuando el concepto de futuro estalló para todos, pero sobre todo para quienes nos dedicamos a producir sentido en los medios y el periodismo. Nos sumergimos en las discusiones contemporáneas que se estaban dando sobre la extinción, el género y los feminismos, la crisis climática y las resignificaciones del periodismo y la información como herramientas de transformación. Creamos la beca Cosecha Anfibia para dar un paso en la búsqueda de un ejercicio de humildad que necesitamos las y los periodistas ante esta complejidad apabullante que es el futuro pospandémico, y para vivir ante la incertidumbre y dejar de considerar que dar cuenta de los hechos es nuestra única misión. Aceptar no que somos una tabula rasa, pero sí un experimento, que nuestra práctica cotidiana debe asumir la incerteza, y que debe ser capaz de hacerse preguntas y bancarse que a veces no encontremos respuestas. Porque si simulamos poseer la verdad es muy probable que nuestras audiencias, sobre todo los nacidos en medio de estas crisis que atravesamos, dejen de creernos. Ya estamos ante un problema de credibilidad enorme, estamos sumergidos en la línea de flotación en la que, en algunos de nuestros países, están los políticos. Nuestro problema de descrédito tiene explicación y una de ellas, para mí, está en nuestra incapacidad para reconocer nuestras limitaciones.

¿Se trata, en algún sentido, de abrazar la vulnerabilidad y la falta de certezas que tiene el periodismo hoy?

Sí. Uno de los ensayos más interesantes del libro es el primero, escrito por Daniela Rea, donde habla de nuestro derecho al silencio. Ella se pregunta, ante la realidad mexicana, si quizás no hemos dicho demasiado, si quizás a esta altura no deberíamos callarnos para buscar allí otra cosa. Su planteo no habla del silencio impuesto por los gobiernos autoritarios de América Latina que impiden que los periodistas digan y denuncien lo que pasa, sino de un silencio mucho más filosófico, de reflexión. Es decir, lo que plantea tiene que ver con la cuestión de los tiempos, con la idea de que la noticia –aquel viejo concepto de la noticia como la revelación de lo último que ha ocurrido, necesario para la vida cotidiana, para poder tomar decisiones, para poder construir futuro– debería estar tamizada por nuevas lógicas temporales, donde estas noticias sean acompañadas por un periodismo capaz de producir reflexión, contradicción, capaz de hablar desde la sensibilidad. Creo que los conceptos de incertidumbre, nuevas temporalidades y sensibilidad nos pueden ayudar a pensar en salidas creativas que nos saquen de la modorra en la que nos suele sumergir el ejercicio de ese viejo periodismo que, por supuesto, sigue siendo mayoritario en todos nuestros países. Sigue siendo el mascarón de proa de las grandes corporaciones y empresas mediáticas que han pasado, como dice otro de los ensayos, a ser ya no empresas de información, sino corporaciones de tecnología o datos.

La idea del silencio, en la era de las redes y el ruido permanente e incesante, parece revolucionaria.

Y se relaciona con el concepto del periodismo snack, que la periodista uruguaya que ganó esta beca, Elisa Lieber, trabaja en el libro. Ella plantea la preocupación por los formatos. Es decir: si nosotros asumimos que nuestras audiencias consumen breves segundos cada vez que hacen click, ¿qué estamos dispuestos a darles? ¿O hasta dónde podemos simplificar y editar para entregar la información en pequeñas grageas? ¿Vale la pena? ¿Es eso periodismo? ¿Para eso fuimos a las facultades cinco años, hicimos maestrías, estudiamos idiomas, leímos filosofía y nos mantenemos al tanto? La respuesta en estos momentos es que la existencia misma del periodismo, sin la conciencia de la necesidad de lo digital y sus formatos, es imposible. En la multiplicidad de relatos está la vida contemporánea, y esta contemporaneidad plantea una vida en tres tiempos: el presente, el pasado y el futuro, que conviven además con un futuro cada vez más esquivo porque las condiciones económicas y materiales hacen que sea mucho más difícil. Todo está en crisis: el acceso al trabajo, el ahorro, el casamiento, el tener hijos, el envejecer, pretender determinada tranquilidad en la edad adulta y una vejez con cuidados garantizados. El periodismo es una porción mínima de ese estallido de sentido que nos plantea la transición en la que el mundo está inmerso. Atravesado por la pandemia, esto se aceleró. Encontró una velocidad que todavía nos tiene pasmados. Y aun así el periodismo sigue, antes que la academia, en la palestra, en la vanguardia de la lectura de lo real. ¿Alcanza con eso? Creo que estos ensayos plantean que no, y que los periodistas debemos alimentarnos de las teorías. Eso venimos trabajando hace diez años con Anfibia: la idea de un periodismo anfibio en el sentido de un periodismo hipercrítico, que permita corrernos cada vez que encontramos una zona de seguridad. Atrevernos a ese ejercicio es alucinante. A esta posibilidad, la de vivir en crisis, no debemos sufrirla más. Lo crítico no es sinónimo de padecimiento.

El periodismo y el sufrimiento tienen una larga historia en común. ¿Se puede escapar de esa categorización?

Quienes creamos medios independientes en los últimos diez años de auge, y quienes están en lugares de poder de decisión en los medios clásicos –que son todavía los grandes periódicos y revistas, y que siguen estando vigentes y son necesarios para las democracias– tenemos una responsabilidad sobre eso. Lo que resulta insoslayable es que ya no se trata de honrar el modelo de lo podríamos llamar “el lobo solitario” de los años 60, 70 y 80, y que surgió como el emblema de un periodismo comprometido que luchó contra las dictaduras. O, más tarde, el modelo del periodista de investigación de los años 90, que desnudó los mecanismos de corrupción del neoliberalismo y los gobiernos populistas. La idea del periodista solitario y sacrificado que deja atrás su desarrollo personal, su existencia espiritual, su autoconocimiento, su mundo afectivo, ya no tiene sentido. Hace veinte años tuve la fortuna de ser parte de un grupo de periodistas que estuvo una semana con Ryszard Kapuściński en el DF, invitados por García Márquez. Una de las primeras cosas que nos dijo fue que cuando él viajaba pasaba meses sin llamar a su esposa, porque necesitaba estar concentrado en lo suyo. Y enseguida nos invitó a despreciar la demanda amorosa o familiar. Ese tipo de periodista sí se extinguió. Hoy la idea del periodista sacrificado cambió hasta llegar, no a una idea de periodista hedonista, pero sí a que evidentemente el sacrificio en un mundo donde hay que sobrevivir no corre. Las ideas superadoras del periodismo ya no tienen que ver con aquel que va a salvar a la humanidad con su revelación, sino con un periodismo colectivo, trasnacional y que tiene un fuerte componente feminista. Son mujeres las que están protagonizando la transformación del periodismo en la región. Y también se suman las teorías ecologistas, o la mirada crítica hacia la tecnología, pero no negadora. Y todo esto hace que, aun en el peor momento que ha vivido el periodismo en su historia en el continente, nos divirtamos igual. Como no tenemos la promesa del futuro, nuestro modo de sustentarnos es absolutamente novedoso. Casi no existen nuevos periodistas que solo vivan del periodismo. En la matriz material del ejercicio del oficio no hay un lugar sacrosanto al que dirigirse. No existe la idea de la competencia por la primicia, eso que nos soliviantaba a los que llegábamos en los 90 a los crímenes de pueblo para conseguir la tapa del día. Toda esa construcción fetichista del relato policial, en mi caso, o la novedad política, quedó atrás. Hoy para poder estar en el oficio tenés que estar conectado con tu deseo.

¿Cuándo y por qué empezó a pensar estos temas sobre el futuro de la profesión?

Apareció en la trinchera de la investigación periodística. Yo había trabajado en medios locales de La Plata investigando crímenes, pero en los 90 me inicié en Página/12 con el auge de los escuadrones de la muerte, que eran escuadrones policiales que asesinaban niños de entre 13 y 17 años para generar estadísticas que les dieran el marketing necesario para cobrar por seguridad privada en las zonas de mayor desigualdad del Gran Buenos Aires. Y esa investigación me llevó a volverme uno más en los territorios, en las villas, y de allí salió mi primer libro, Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Esa etnografía, sin tener las herramientas de un iniciado en antropología, me produjeron una enorme conmoción interna, un dolor psíquico y un agotamiento del que pude salir cuando tomé contacto con los textos que yo mismo ya había leído, porque pasé por una escuela de periodismo, la de la Universidad de La Plata, muy teórica. Fue en mi encuentro con la antropóloga mexicana Rossana Reguillo cuando mi búsqueda se volvió todavía más obsesiva en términos de dialogar con aquellos que en la academia estaban trabajando temas de ciudad, migración, transculturación y más. Fui acercándome a esa idea y alejándome del mencionado lobo solitario, y una vez que estuve allí entendí que el camino era llevar eso a la práctica periodística. Sin darme pasé a crear la primera red de periodismo judicial de América Latina, que a la vez y sin saberlo se convirtió en la primera red de periodismo feminista de América Latina. Trabajando con mujeres periodistas y otras muchas mujeres en los territorios mi práctica se transformó. Para cuando creamos Anfibia había una especie de metaperiodismo, una necesidad de hacer conciencia sobre nuestras prácticas en relación a los materiales que provenían de la academia. La clave estuvo en que nos volvimos lenguaje, no nos impostamos ni pretendimos ser académicos. Pero transitamos los últimos 20 años en esa calidad anfibia, que me permite entrar y salir del periodismo y la academia, y quizás eso tenga que ver con mi profunda inquietud sobre cómo hacemos para no perecer en este mar de transformaciones. Yo diría que los periodistas ya no somos solo periodistas: nos tenemos que asumir como agitadores culturales, productores culturales capaces de producir contenidos más allá del concepto de noticia e información con el que nos formamos. Tenemos una misión que es la incidencia. Llegar a las audiencias. Es pelear contra el marketing. Nuestras audiencias están permanentemente conquistadas y ganadas por las corporaciones tecnológicas que hacen de sus propias vidas un relato y una noticia, y los convierten a ellos en el centro de las escenas en este viaje narcisista sideral en el que estamos sumergidos por las redes sociales, y donde eso que pensábamos que era el mundo importa cada vez menos. Tenemos que buscar darle un lugar al otro para que el otro importe y no nos satisfagamos onanistamente con nuestras propias historias.

¿Qué rol tienen las escuelas de periodismo en este panorama? Se siente como que los cambios son más veloces que los programas.

El 90% de los egresados de las escuelas de periodismo, y esto lo hemos visto recientemente por las convocatorias que hacemos permanentemente para nuestros proyectos, parece entrar al mercado de trabajo a través de las redes sociales como community managers. El trabajo de redactor, tal como lo concebíamos quienes ambicionamos entrar en periódicos en los 90, ha dejado de ser incluso una pretensión, porque las escuelas y facultades no están en condiciones de formar redactores. Hay una claudicación a nivel general en la región en la formación de periodistas. El periodismo narrativo, que tuvo un auge extraordinario en los 90 y los 2000 a raíz de la labor incesante de la Fundación García Márquez y otros espacios de publicación y editoriales, no se ha traducido jamás a la formación de narradores al interior de las facultades. La deuda que la academia tiene con el periodismo es gigantesca. Sobre todo porque la academia de periodismo se convirtió en refugios de no periodistas. Nuestro oficio a fines del siglo XX y principios del XXI era tremendamente demandante, y era muy difícil que un periodista diera clases, era incompatible. Eso profundizó la distancia entre los espacios de formación y la realidad. ¿Qué debe estudiar hoy un joven que quiere ser periodista? ¿Periodismo? No únicamente. Quizás haya que estudiar curaduría de arte, estudiar la producción de sentido. Felizmente, en el periodismo estamos yendo a un escenario mucho más enfocado en el campo artístico que al académico. Es decir: van a sobrevivir los creativos. 

Tampoco parece haber un lugar de peso en la formación para narrativas o técnicas ya muy instaladas, como los podcast.

Eso es porque impera el modelo de la comunicación popular, y ahí tienen que ver las políticas de comunicación que se dieron en los gobiernos populares de los últimos 15 años, y la cortina de humo que significó en muchos casos la discusión por los derechos de la comunicación. La retórica le ganó a la praxis, y las inversiones se hicieron maliciosamente, porque los sectores populares que tenían proyectos de comunicación recibieron migajas, y los empresarios que encarnaban las ideas oficiales de los gobiernos recibieron cuantiosas sumas. Acá ni la derecha, ni la izquierda, ni la centro izquierda pueden levantar la mano diciendo que han hecho algo por defender el buen periodismo. Y esa es una discusión pendiente: ¿Quién va a pagar el buen periodismo que defiende a las democracias de la región? ¿Qué pasa si no están las fundaciones internacionales a las que todos estamos tratando de convencer para que nos financien proyectos para poder sobrevivir? Hay que replantear seriamente los roles del estado en la garantía que debe dársele a las democracia de la existencia de un periodismo plural. El modelo de la BBC siempre se cita como el ideal, pero nunca se aplicó en ningún gobierno. Hay muchas preguntas abiertas y en algún momento se va a necesitar entablar un diálogo con los poderes oficiales en la búsqueda de nuevas maneras de financiar la diversidad, la pluralidad, la discusión, la verdad tal como debemos concebirla en los tiempos que nos tocan.

¿Los objetivos de Anfibia cambiaron o se modificaron a lo largo de sus diez años?

Lo más destacable es que a los pocos años dejó de ser necesario crear lo que llamábamos parejas anfibias, donde un académico y un narrador se juntaban para transitar una experiencia de investigación que culminaba en un texto narrativo con potencia teórica. Ese era nuestro modelo inicial, y cambió porque quienes integran la academia se sintieron llamados por el lenguaje cada vez más y se formaron y entrenaron en la escritura narrativa. Nuestro estándar de calidad ha sido siempre el mismo, por supuesto con mejores y peores épocas, y dependiendo siempre de las condiciones en las que se trabaja, pero ahora lo medimos distinto. Somos más conscientes de la necesidad de conquistar la audiencia, porque la pelea por la lectura es más dura. Es cierto que se lee menos. Es cierto que la atención en la pantalla del celular es volátil. Y la mayor parte de los lectores nos leen en sus celulares, y es mucho más divertido estar en tiktok que leer un artículo. El desafío, una vez conseguido un modo de narrar e interpretar, está puesto en la batalla por la audiencia, que es lo que nos desvela a todos los que trabajamos en medios. Lo que sucede es que los más masivos se conforman con el click, y por eso vale más el titular escandaloso o la pregunta en el título que nunca se responde; basta con eso para pasar unos breves segundos por la página y ver una publicidad. Nosotros apostamos al tráfico que proviene de la búsqueda de Google, y en ese sentido ha sido positivo que Google empezara a premiar la calidad periodística. Es decir, es muy probable que busques un tema de la Argentina o de la región y Anfibia sea uno de los primeros resultados. El algoritmo estaría premiando, aparentemente, los niveles de calidad de los textos publicados.

Es un aliado traicionero el algoritmo.

Es un arma de doble filo. Sobre todo porque significa que trabajamos gratis para Google, que no da un centavo por ese contenido que hace que sus clientes estén satisfechos. ¿Por qué seguimos produciendo gratis para Google? ¿Qué es lo que hace que Google sea el fucking dueño de toda la información que circula en el mundo occidental? ¿Cómo deberían los estados plantear el nivel de injusticia que significa que los medios independientes seamos los que mejor material proveemos al monopolio de esta enorme multinacional con sede en Silicon Valley? Esa es otra discusión para dar.

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