Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

No te mueras nunca, Clint

En La mula, Clint Eastwood vuelve a dar una lección de cine total, excepcional

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12 de enero de 2019 a las 05:02

Representar en cine la monotonía de la realidad captando con minuciosidad los avatares de la rutina diaria, esas horas sin magia, continuas y degradantes de cada jornada, cada una igual a la anterior, es un desafío arduo para cualquier director. Pocos logran salvar ilesos la prueba de fuego, por lo que las obras terminan pagando las consecuencias de la imaginación cuando se queda corta. La monotonía que buscaban representar se convierte en aburrimiento, en una devaluación de las expectativas. Dos películas recientes, La noche de 12 años, de Álvaro Brechner, y Roma, de Alfonso Cuarón, intentaron representar ese mecanismo de repeticiones y rituales en serie de la rutina que caracteriza a la vida humana, y que puede constatarse en una oficina, lo mismo que en una cárcel o en la casa de una familia burguesa de un barrio de la capital mexicana. Sin embargo, a pesar de sus logros, ambos filmes se quedan cortos, pasando la prueba de manera apenas satisfactoria, en caso de que las exigencias no fueran muchas. 


En esa línea narrativa, de acuerdo a la cual el desarrollo de la premisa de fondo se convierte desde el vamos en un riesgo a manejar con cuidado, está La mula, reciente película de Clint Eastwood, la cual, considerando la edad del actor y director, bien podría ser la última, aunque con Eastwood lo más seguro es que no se sabe. Visto el ímpetu, la inspiración, y la claridad de visión que ha demostrado en esta, todo indica que el autor tiene nafta en el tanque como para seguir andando por mucho tiempo más. La mula, precisamente, es la historia de un anciano convertido en flete del narcotráfico, quien de manera regular y rutinaria recorre en su pick up la distancia de 2.392 kilómetros entre El Paso, Texas, y Chicago, Illinois, unas 23 horas de viaje por carretera. 


Considerando que Earl Stone (interpretado por Eastwood con convicción propia de quien entiende de qué se trata envejecer) hace 12 viajes, el relato podría haber caído en el tedio a las primeras de cambio, pues esa actividad rutinaria (cada viaje es igual) y al margen de la ley, es la que el director elige representar con magnífica necedad, pues era la única manera de hacer que la audiencia conociera la verdadera experiencia del personaje. A diferencia de las mencionadas La noche de los 12 años y Roma, que no logran superar la prueba impuesta por la temporalidad al repetirse (nada peor que lo obvio para destruir la credibilidad), La mula triunfa por la morosidad que le impone Eastwood al relato, haciendo no solo muy creíble al personaje en cuestión, que bien podría ser cualquiera de nosotros en circunstancias parecidas, sino también por evitar cualquier atisbo de ampulosidad. La insólita experiencia del hombre viejo, que podría haber dado para un filme con mucha sangre y balaceras, se convierte en asunto de entrecasa, porque el protagonista no es un héroe tradicional ni un criminal de capa y espada, sino un ciudadano común tratando de sobrevivir los años finales de su vida, preparándose para el último mea culpa frente al espejo de sí mismo.


Quienes estén familiarizados con el cine de Eastwood, esto es, sus leales seguidores a lo largo de los años, reconocerán de inmediato el discurso ético que pone a discusión. Eastwood es como un amigo al que conocemos desde hace tiempo, y que cada tanto regresa para decirnos, “tengo otra buena historia para contarles”, y lo hace, contándola muy bien, como pocos en su oficio. No en vano, sentimos una cercanía emocional basada en afinidades para ver a la vida a corta distancia, con escepticismo no exento de optimismo, pues es lo que el viejo Clint ha hecho en sus mejores filmes (que ya son una cantidad grande): compartir su visión de la existencia, rara mezcla de desilusión, lucha permanente, y entusiasmo para seguir adelante, pues, a fin de cuentas, la vida es lo único que tenemos. En La mula, Eastwood vuelve a demostrar que es un continuador de lujo del clasicismo realista que hizo grande al cine estadounidense. Mostrando una certeza de mirada por momentos incomparable, enseña a hacer cine sin truculencias ni golpes bajos amparados en la corrección política. 

El protagonista no es un héroe tradicional ni un criminal de capa y espada, sino un ciudadano común tratando de sobrevivir los años finales de su vida


Con notable economía de recursos, construye el relato a partir de una suma de momentos mínimos y, lo más importante, sin editorializar sobre ellos. No presenta una visión maniquea de la realidad, y por eso esta emerge convincente, llenando el relato con comentarios sobre cómo es vivir la vejez sin nada y en un país cada vez más implacable con los viejos. Esto se advierte en el uso apropiado de los diálogos, que transforman a la realidad en el lugar para oír al otro sin protocolos de por medio. En ese mundo que le pertenece cada vez menos a quienes tienen más de 60 años de edad, ser auténtico no es ser reaccionario, por lo que cada ocasión es ideal para hacer el obituario de un país que se desmorona. La brutal franqueza del personaje puede constatarse en momentos de sublime cotidianidad, como cuando en una ceremonia comienza a regalar flores y al ver el entusiasmo de la gente de su edad comenta, “ni que estuviera regalando Viagra”, o cuando el capo mafioso le pregunta cómo estuvo el viaje en avión hasta México y responde, “bien, aunque hubo un poco de turbulencia”. 


Entre otras cosas a su favor, el filme cautiva y convence por eso. Por detenerse en aspectos de la realidad cotidiana que suelen ser pasados por alto, porque los espacios en apariencia rutinarios son desdeñados por el cine de hoy, tan adicto a la acción y a la grandilocuencia visual. En La mula, por el contrario, la mirada centra su atención en lo nimio y al alcance de todos, en esos instantes que parecen menores, y en los que sin embargo la vida está más viva. Los invito a prestar atención, y me dicen. El relato impone la visión que lo motiva, y le otorga su efectividad ejerciendo la posibilidad de desvío en escenas propias de la pura cotidianidad, como cuando Earl, con la camioneta llena de ‘mercancía’, y como si nada estuviera en juego, se detiene a ayudar a una familia negra a la que se le pinchó una llanta del auto, o cuando está comiendo con dos mafiosos en un restaurantito proletario y les dice que en ese lugar se comen los mejores sándwiches de cerdo deshebrado del mundo.


En tiempos en que las películas están sobrepobladas de personajes que parecen salidos de un videojuego y que no paran de mostrar un comportamiento acelerado y neurótico, el ritmo cansino de La mula, que representa la lenta complejidad del paso del tiempo, puede resultar anacrónica, parte de una época anterior en la que el cine le otorgaba más espacio al pensamiento que a las acciones de los personajes. Esa manufactura difícil de clasificar, hace de La mula una película idiosincrática. No sabemos a qué género pertenece; es drama y es cine de acción, es realismo y es metafísica sobre la conducta humana; es cine político y es cine de emociones, es thriller y documental. Es parábola bíblica y cine noir con comentarios sociales, porque la historia de este veterano de la guerra de Corea, floricultor que se va a la quiebra porque en estos tiempos las flores son importadas y se venden por internet, puede ser la de cualquier héroe de barrio que trata de hacer algo por sus vecinos y termina convertido en un Robin Hood. 


Como la larga carretera interestatal que cruza todo el territorio estadounidense, el camino de la vida es largo y está lleno de desvíos. El de Clint Eastwood también. A los 88 años de edad, es más que un actor y director. Es una presencia, un autor al que no le gustan los autoritarismos ni las visiones simplificadoras de la realidad. De ahí que su nuevo filme, por el bajo perfil de resolución formal, por la modestia para hacer todo con claridad y sin alharacas, va a pasar desapercibido a la hora de repartir premios. Su mensaje es tan poderoso que va a contracorriente de los tiempos actuales. Pocos directores en estos días muestran tanto rigor y precisión para hablar de sentimientos trascendentes que al menor desatino pueden convertirse en excusa para la cursilería. La mula es un alegato poderoso, pleno de sagacidad, lirismo y humor, que invita a resistir el pasatista sentido de inmediatez que la realidad actual busca imponer, como si todo fuera lo mismo y nada tuviera importancia. Sin hacer pedagogía, Clint Eastwood ha regresado en su mejor forma para decirnos cómo lidiar con las catástrofes diarias, en días cuando la vida está devaluada y los objetivos son a corto plazo. En esa vida se gana y se pierde, pero ni los triunfos ni las derrotas sirven para cambiar el destino según el cual todo al final se acaba y de nada sirve buscar consuelo en el espejo retrovisor. En otro ejercicio sublime de incorrección política –acto si se quiere heroico en tiempos de falluto progresismo– el maestro ha vuelto a dar una lección de cine total, excepcional. 

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