4 de diciembre de 2015 5:00 hs

Por Arturo Vierheller (h), especial para El Observador

No hay duda sobre el cambio de ánimo de todo el empresariado y especialmente del campo en Argentina, que venía de más de una década postergado y "en penitencia", sobre todo luego de haber resistido exitosamente la famosa Resolución 125, que habilitó las retenciones a las exportaciones.

Es un nuevo ánimo que seguramente se irá consolidando a medida que, asumidas las nuevas autoridades, se vaya viendo la ejecución de las promesas y, por tanto, aumente la confianza y, con ella, la inversión.

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Todos los pronósticos en este sentido son positivos, al fin y al cabo la economía es una cuestión de expectativas, y si estas ahora pasan a ser positivas, hay pocas dudas: vendrá la inversión y retornarán muchos dólares en poder de argentinos en el mundo.

Se reducen o eliminan retenciones, se eliminan restricciones al comercio exterior, se unifica el tipo de cambio, se corrige el atraso cambiario y consecuentemente aumentará la producción. Acción y reacción.

Pero hay un tema que no se puede pronosticar de la misma forma y es el fenomenal deterioro institucional que queda como consecuencia de estos 12 años. Habrá que ver de qué forma se puede revertir esta crisis ya que tiene que ver con las personas, con la moral de los dirigentes, con la pérdida de valores y de respeto hacia los demás y la generalización de una actitud que se resume en un "¿por qué no?".

Fueron demasiados años de manoseo, de romper reglas, de descalificar al que no piensa igual, de instalar la cultura de que todo es negociable, de que todo tiene precio. Y de que todo vale si con ello se consigue un objetivo; y de ocultar malas decisiones con inexplicables subsidios. En fin, un daño que es difícil de cuantificar, de medir y por tanto de diagnosticar.

Tomando casos concretos de nuestra producción agropecuaria, hay que decir que el comercio de granos ha quedado como "tierra arrasada". Ha sido pisoteado todo el sistema institucional que fue el "corazón" de la competitividad agrícola, formado por las redes de contratos, las bolsas de cereales con su operatoria transparente, los mercados a futuros, las cámaras arbitrales, un sistema de almacenaje privado independiente y un esquema de corretaje que, pivoteando entre el físico y los futuros, daba herramientas a toda la cadena para garantizar el proceso de formación de precios transparente como en pocas partes del mundo.

En el presente hay poquísimas operaciones de futuros y opciones locales, casi no quedan acopios independientes (la mayoría son de la exportación) se ha favorecido tanto el negocio directo que se ha diezmado el corretaje. En fin, es cierto que los tiempos han cambiado y que el negocio ha evolucionado en el mundo, pero aquí quedó todo en una sola mano y no es justamente la del productor.

Hasta se ha llegado al colmo de no querer reconocer a Monsanto, lo que se le paga en todo el mundo como retribución a la modernización de sus semillas. Acá no se puede echar la culpa al gobierno: es un tema de los privados, donde los equivocados son los productores.

Si miramos la cadena de la carne vacuna encontramos una situación de desintegración total. Ya no había integración de la cadena cárnica antes que llegara el gobierno que termina. Es una tarea pendiente del sector y que no se logra de un día para el otro.

En otras palabras, sí hay que ser optimistas, sí hay un cambio de expectativas, sí habrá un cambio en la renta derivado de menores retenciones y mejor tipo de cambio. Sí llegarán nuevas inversiones. Pero, ¿y el orden institucional? ¿Quién, cómo y en cuánto tiempo podrá reconstruir –a todos los niveles– lo que se ha dañado tan profundamente?

Es muy posible que este tema también evolucione favorablemente, pero se necesitará mucho más tiempo que el necesario para revertir los principales indicadores económicos, además de hombres que piensen bien y que tengan coraje para defender sus ideas.

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