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11 de abril de 2011 19:05 hs

¿Cuánto importa la confianza del consumidor?

Mucho, pensaría uno, si escuchó a Washington o miró los programas de noticias todas las semanas. Lo que a uno le queda es que el consumidor es un infante tirano que debe ser animado por los políticos. Con el dinero de Washington en mano, ese consumidor va a gastar, llevándonos a todos a la recuperación.

Esta confianza deriva en parte del prestigio establecido de dos índices de confianza, el de la Universidad de Michigan y el de la Conference Board.

El énfasis en la confianza también procede del economista John Maynard Keynes. Keynes escribió que los jugadores de mercado actúan súbitamente y no siempre de manera racional; a veces, todo lo que se necesita para restaurar la confianza es nuevo dinero para gastos. Para Keynes, el mercado dependía de “espíritus animales: una necesidad espontánea de acción en vez de inacción”.

La mayor parte de nosotros advierte que una reactivación requiere más que súbitos deseos de tener teléfonos o automóviles, que el consumidor no siempre es una rata descerebrada de centro comercial. La cautela racional puede ser benéfica y las excepciones impositivas destinadas a estimular el consumo, perversas.

“Hay algo intrínsecamente extraño en decirle en estos momentos a la gente que no tiene dinero que salga a hacer compras”, dice Paola Sapienza, de Kellogg School de Northwestern University. El énfasis en el gasto oscurece otras fuerzas del ciclo de negocios, como el crédito. El congelamiento del crédito resistió los cálidos océanos de dinero que volvieron desconcertante el último invierno.

Ahora, Sapienza y Luigi Zingales de la Universidad de Chicago ofrecen un nuevo indicador para añadir a los viejos. En lugar de medir la fe de los estadounidenses, este indicador trata de captar la confianza.

Asignar grados

El índice de confianza financiera Chicago Booth/Kellogg School Financial Trust Index, lanzado este enero y actualizado en marzo, pregunta a más de 1.000 familias cuánto confían en las grandes instituciones o personas que afectan su vida económica: bancos, mercado de valores, Gobierno, operadores bursátiles. Los grados van desde 1 para “No confío para nada en la institución”, hasta 5 para “Confío totalmente en la institución”.

Mientras Sapienza y Zingales usan ciertas veces en su encuesta “tener fe”, la confianza es el tema central. Y la confianza es distinta de la fe porque no es instantánea o caprichosa --la confianza se construye a lo largo del tiempo-- y en consecuencia está más relacionada con los contratos y el crédito. “El crédito es la suspicacia dormida”, reza el refrán.

El índice financiero de confianza muestra un cuadro híbrido del primer semestre del 2009. La buena noticia es que la confianza en el mercado bursátil aumentó. Los entrevistados en diciembre del 2008 ubicaron su confianza en el mercado en 2,13 puntos; esa cifra subió a 2,18 el mes pasado. Este es un cambio pequeño pero por lo menos en la dirección correcta. La confianza en el gobierno y, por asociación, en otro nativo de Chicago, el presidente Barack Obama, es de manera similar levemente más alta.

Noticias negativas

No obstante, el mismo medidor de confianza de Chicago conlleva ciertos mensajes negativos. En diciembre, los encuestadores preguntaron: “Las intervenciones del Gobierno en los mercados financieros en los últimos tres meses, ¿lo hicieron a usted más o menos confiado en invertir en el mercado bursátil?”

Un 80 por ciento respondió “menos”, una calificación aniquiladora para el desempeño de George W. Bush, el entonces secretario del Tesoro Hank Paulson y el presidente de la Fed, Ben Bernanke. Cuando se les hizo una pregunta similar el mes pasado, el 67 por ciento respondió “menos confiado”.

Incluso una mayoría de los demócratas, el 61 por ciento, informó tener menos confianza (comparado con el 79 por ciento de diciembre). Uno pensaría que el cambio habría sido más drástico. Eso sugiere que las primeras acciones de Obama y el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, no lograron persuadir ni siquiera a sus partidarios políticos a que inviertan, o, quizás, la obra del nuevo Gobierno desalentó a un número significativo de aliados políticos.

Premisa cínica

¿Por qué tan sombrío? Como lo sugirió Zingales el último otoño boreal, el problema comenzó con los rescates de Bush y la premisa cínica de que salvar a algunas firmas de Wall Street evitaría el Apocalipsis o incluso beneficiaría al resto. (No fue por casualidad que el indicador de confianza fue creado en Chicago, no en Nueva York). Como lo expresó Zingales tras el rescate: “¿Queremos vivir en un sistema en el que las ganancias son privadas pero las pérdidas se socializan?”.

Ideas más recientes de la era de Obama como el pendiente Programa de Inversión Pública-Privada parecen acogedoras pero, una vez más, recompensa a algunos socios específicos y deja a otros afuera.

Para peor, la misma impredecibilidad de las acciones de Washington está haciendo que los inversores duden respecto de volver al mercado. Keynes podría referirse a los espíritus animales. Pero Sapienza y Zingales argumentan que el jugador promedio del mercado es como alguien en la junta del Monopolio, que abandona la partida cuando las reglas --sean impuestas por demócratas o republicanos-- cambian muy frecuentemente.

“Uno ya no quiere jugar más porque no está seguro”, dijo Sapienza la semana pasada.

Mi punto de vista es que el trabajo de “confianza” es importante. Ya todo el mundo se ha percatado de que la incertidumbre en la economía importa. También hemos advertido que las medidas de estímulo fiscal no parecen funcionar como se esperaba, se trate de los cheques infantiles de Bush del verano pasado o los enormes desembolsos de Obama.

El nuevo Índice de Confianza Financiera podría no estar brindando noticias particularmente fulgurantes. No obstante, su mera existencia es otra causa de optimismo para el mercado.

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