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1 de mayo 2023 - 5:05hs

La muerte siempre es el fin y no hay vuelta. No la hay. Vaya noticia. El tema, si es que hay un tema, algo que objetar a eso que se nos va a venir encima sin remedio, es cómo encarás ese final. El autor Gustavo Rodríguez y su novela Cien cuyes, por ejemplo, tienen algunas cosas para decir sobre eso. ¿Su recomendación, o mejor dicho, la que se vislumbra a partir de las historias de los personajes que creó? Que hay que hacerlo con la frente en alto, con la mayor dignidad posible, con la certeza de que se vivió y que esa vida deja, siempre, una luz prendida incluso cuando se apaga para nosotros. 

Cien cuyes es el último premio Alfaguara de novela y le dio al autor peruano una proyección en los últimos meses que, incluso con una carrera larga a sus espaldas, ahora lo tiene en librerías de toda Latinoamérica (y España) como nunca antes. Para ser una historia en donde la muerte entra y sale sin problemas, donde los finales se sucedes y las tragedias irrumpen en la cotidianeidad sin muchas concesiones para los personajes, la lectura resulta particularmente luminosa. Y cómica. Y hasta esperanzadora. Y sí, eso es posible.

Sobre las ideas de Cien cuyes —que ya se puede encontrar en librerías uruguayas—, el premio, las discusiones sobre la eutanasia y otras consideraciones, Rodríguez habló con El Observador

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¿Qué hay detrás del impulso de mandar una novela a un premio como este?

La decisión de participar en el Alfaguara no nació de mí exactamente, sino de mi agente. Cuando empecé a escribir mis primeras novelas, hace varios años, participaba. Mandé manuscritos al Herralde, al Planeta Casa América, llegué a estar entre los finalistas incluso, pero luego dejé de hacerlo. Creo que porque fui perdiendo la ingenuidad, la ilusión, y me fui dando cuenta de que escribir requiere mucha paciencia, mucho pensamiento a largo plazo, es una larga artesanía. Cuando mi agente leyó este manuscrito y fue que me propuso enviarlo y yo acepté encantado, total, era un boleto de lotería que no me costaba nada.

¿Y qué aparece cuando la noticia del premio llega? Porque premios como este garantizan muchas cosas. Para empezar una gira muy larga, y según dicen agotadora, por muchísimos países.

Bueno, sí, pasan muchas cosas por la cabeza. En primer lugar, sientes que de pronto se abre una puerta tras la cual intuías que ocurría algo importante y grande, pero que en la realidad es más impresionante de lo que pensabas. O sea, yo tengo amigos que han ganado la Alfaguara, pero obviamente no he estado en sus zapatos, ni he viajado, ni he recibido los comentarios a su obra que ellos habían recibido. Y es abrumador. Ha sido una pedrada en el estanque y todavía estoy evaluando las ondas. Siento muchas cosas. A veces siento, cuando estoy en mi país, que es como vivir un velorio en vida, por esta fantasía de qué dirá la gente de mí o de mi obra una vez que me muera. Y ahora miro que estoy en este momento hablando contigo, y es claro que no hubiera pasado si no hubiera ganado el premio. Entonces es un atajo también rapidísimo, un túnel de gusano que conecta galaxias.

Y genera un alcance enorme en librerías.

Eso además es una emoción enorme. No sé en qué momento podré dimensionarlo totalmente. Un escritor escribe encerrado en su casa ajeno a todo el movimiento. Y de pronto ser expuesto a lo que puede generar tu obra.... Es algo que no pasa por tu cabeza cuando de verdad estás comprometido con tus tripas y las teclas ante tus dedos. Por eso digo que todavía esto es muy confuso para mí.

Ese "comprometerse con las tripas y las teclas" me suena a ingresar en una especie de estado de escritura, quizás inconsciente, donde todo lo demás desaparece. Una suerte de trance.

Lo que algunos jazzeros llaman the zone.

¿Cómo es para vos entrar allí?

Tengo la fortuna de que puedo entrar en ese estado de aislamiento y trance de manera rápida. Una vez que en mi cabeza estoy describiendo el personaje y las acciones es como si me aislara inmediatamente de todo. Y podrían, no sé, estar disparando en la calle y yo no me enteraría. Es muy extraño, ¿no? Porque esa parte del proceso sí es hasta inconsciente. Y la parte inmediatamente anterior totalmente consciente. Es decir, cuando escribo una novela, antes de sentarme a hacerlo ya la he planificado exactamente ese territorio del juego y cómo los personajes van a interrelacionarse entre ellos, y obviamente cómo va a terminar la historia de cada uno. Al final, digamos que armar el esqueleto es muy racional, pero llenarlo de músculo, sangre, piel y aliento es muy intuitivo. Es una especie de trance que no logro entender, honestamente. Se parece a improvisar en el jazz y a estar en "la zona". Por eso es tan importante la corrección también, para luego nivelar y pulir detalles que quizá no viste dentro de ese ímpetu.

¿Cómo aparece Cien cuyes? ¿Cuándo aparece y por qué aparece?

Se materializó un día que lavaba platos en mi casa. Lavaba platos ante una vista hermosa del océano Pacífico, y me enteré de que me iban a construir un edificio y me iban a quitar esa vista. Para lidiar con eso eché mano a la escritura, y para consolarme también creé un personaje, una anciana desvalida, inmovilizada, cuyo único contacto con el mundo era esa ventana. Como diciéndome "podría haberte ocurrido algo peor". Y creo que trasladar esa preocupación a ese personaje me hizo ver que en realidad la construcción de ese edificio era para mí una metáfora de la pérdida de facultades, de placeres, finalmente de la pérdida de la juventud, si quieres. Fue como darme cuenta de que en la vida de ahora en adelante lo que iba a tener eran más restas que sumas, desde un punto de vista físico. Así que empecé a interesarme por personajes ancianos. La pandemia además acrecentó ese interés en los ancianos solitarios, pero no fue hasta que murió mi suegro, un viejo genial que tuvo una muerte digna... En realidad fue hasta que se me ocurrió el personaje de Eufrasia como elemento unificador de las historias que no tuve finalmente el argumento de la novela cerrado.

La muerte atraviesa la novela, pero en ningún momento se siente como un abordaje oscuro, dramático o tremendista. Quizás todo lo contrario. ¿Refiere a una mirada propia? ¿Es una exploración estilística? ¿Una expresión de deseo de poder vivir la idea del final de esa manera?

En mis novelas tiendo a dejar hacia el final un atisbo de esperanza, por más que haya habido conflictos complicados que tienen que atravesar los personajes, siempre dejo una luz encendida. Y en esta novela es donde más encendida está, quizá por contraste con el tema. Yo he usado la palabra luminosa para mencionarla, quería que esta novela terminara siéndola y creo que lo es. No sé a qué se deba, de repente a que soy un optimista sin remedio. Ahora estoy leyendo una biografía de Joaquín Sorolla, que es quizá mi pintor favorito. Sus pinturas son pura luz y a mí siempre me han llamado la atención. Quizá tenga que ver con eso, que intuitivamente estoy buscando la luz a través de mi literatura, o la iluminación en todo caso. Por otro lado, esta creo que es la primera novela en la que todos mis personajes me caen bien y quiero que les pasen cosas buenas. Obviamente sufren y les pasan cosas malas también, pero finalmente obtienen una recompensa.

La historia se mueve entre las ideas colindantes de la muerte digna y la eutanasia. ¿Qué pasa en Perú con esos temas?

En Perú todavía no se está discutiendo eso. Ni siquiera se habla de la muerte como proceso natural, sino más que nada como espectáculo, como parte de crímenes, de sensacionalismo, de amarillismo. Ya me gustaría que esté hablando de la muerte digna de manera orgánica nuestros representantes. Estamos muy lejos.

Es un tema además que gana terreno en sociedades que son cada vez más longevas. En Uruguay, por ejemplo, el debate está instalado.

Hay países donde hay mayor división entre la religión y el estado laico y eso se da. Y la culpa judeocristiana no está tan presente en las decisiones públicas que nos afectan a todos. Cuando lo trasladas a otra esfera te das cuenta de que es algo irracional. Si todos estamos en una fiesta y alguien quiere irse de esa fiesta, ¿lo encadenarías para que no se vaya? No, lo dejarías ir, pues. Lo mismo pasa con gente que es anciana, gente que está sufriendo o que puede estar sufriendo, gente que tiene todo el derecho de decidir "hasta aquí llegó mi cuerpo".

¿Cómo es el vínculo entre tu literatura y Lima?

Hace un tiempo tomé la decisión de escribir sobre el lugar que mejor conozco, que mejor puedo describir y cuya habla mejor puedo representar. Y esa ciudad es Lima. Fuera del Perú, la Lima literaria que se conoce es la de hace 60 años, la que retrataban Mario Vargas Llosa y Juan Ramón Ribeyro. Pero esa Lima tenía menos de 2 millones de habitantes, en comparación con la de más de 10 millones de hoy, que sufrió una migración explosiva, que es infinitamente más rica culturalmente, más conflictiva también. Tanto Lima como otras capitales de Latinoamérica son vetas interminables que representan el conflicto del cual se nutre toda la literatura. 

¿Por qué el cine tiene un lugar tan preponderante en tu escritura?

He tenido una formación literaria desde pequeño, pero no puedo negar que soy de una generación que ha consumido mucho cine, series, música que se emite en las radios. En otras palabras, junto a la educación clásica de los libros he tenido una educación sentimental ligada a la cultura popular. Y si bien de joven, para impresionar, entre comillas, y ser considerado un escritor serio, entre comillas, amenguaba esa influencia, con los años y desde que no tengo por qué impresionar a nadie abrazo con más naturalidad esa influencia y siento que mis novelas salen más auténticas, más frescas y que mucha gente conecta con ellas por eso mismo. Creo que no hay peor defecto en un escritor de ficción que la voluntad de querer impresionar a alguien. Cuando se trata de mover emociones, mientras más calculas peor te sale el ejercicio. 

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Cien cuyes Gustavo Rodríguez literatura libros Perú

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