En 2011 la presidenta de Unesco, Irina Bokova, resolvió junto al gran pianista de jazz Herbie Hancock declarar la fecha del 30 de abril como Día Internacional del Jazz. Su intención era aprovechar la potencialidad de este género musical con respecto a otros fenómenos humanos que se producen cuando se ejecuta.
Para Unesco, el jazz rompe barreras y crea oportunidades de mutuo entendimiento. Es un vector de libertad de expresión y un símbolo de unidad en la diversidad. Promueve la creatividad artística y la inspiración a través de la improvisación, estimula el diálogo intercultural y, en muchos casos, es un factor de ascenso social desde la pobreza hacia el trabajo, entre muchas otras situaciones.
Por todas estas causas, el mundo musical celebra hoy un género que tuvo sus raíces en el llamado melting pot de los Estados Unidos. En otras palabras, cuando se fundieron los ritmos africanos que traían los esclavos de las plantaciones sureñas con los ritmos e instrumentos europeos que ya estaban presentes entre los inmigrantes occidentales.
Como todos los géneros esencialmente populares, el jazz surge desde la periferia, desde la calle y reuniones informales y nocturnas, donde negros y blancos unían sus destinos bajo las lunas del río Misisipi. Luego de que se volviera estándar en Estados Unidos, la moda del jazz cruzó el Atlántico y en la década de 1920 desembarcó en el París de los años locos. Luego la tendencia musical se hizo mundial y el resto es historia.
De la mano de los nombres grandes del género, el jazz se volvió clásico y a la vez revolucionario, porque si hay un elemento que constituye su ADN más puro es el cambio constante y el trasvaso de las normas.
Los ritmos de Gismonti
Era previsible que en algún momento el jazz se acercara a los territorios de otros ritmos tan dispares como el tango y los géneros caribeños. Justamente es en Brasil donde el jazz vive uno de sus procesos de fusión más profundos y productivos. Ritmos de la música popular norteña, como la bossa nova, el choro o la samba, se mezclaron en las composiciones y ejecuciones de varios músicos que ayudaron a conformar un nuevo panorama y un abanico de nuevos géneros.
Qué mejor forma de festejar este Día Internacional del Jazz en Montevideo que con la presencia de Egberto Gismonti, uno de los principales estandartes de esa corriente que abrevó tanto en el jazz como en múltiples ritmos de su país, desde Heitor Villa-Lobos a João Gilberto, hasta para conformar una obra dilatada y virtuosa de cinco décadas de existencia distribuida en unos 60 discos.
Surgido de la misma matriz de donde nació Hermeto Pascoal, Gismonti representa una voz musical bastante original en su país, donde experimentó con instrumentos y formas de vida. Por ejemplo, viajó a lo más profundo de la Amazonia para conocer de primera mano algunos ritmos aborígenes.
Basta repasar su biografía para que se cumplan, uno a uno, los cometidos que promueve la Unesco. Si algo hizo el brasileño a lo largo de su carrera fue romper barreras: las de la bossa, que mutaron y se volvieron laxas para otras tonalidades. También innovó con los instrumentos, que crecieron en las manos de Gismonti, ya fueran piano, guitarra de seis, ocho o diez cuerdas, como si su talento aumentara sin límites.
Y dio otra lucha importante en lo comercial. Con discos experimentales y con canciones largas y meditadas, el compositor nacido cerca de Río de Janeiro en 1947 vendió mucho, impuso su estilo y fue premiado, porque la crítica se inclinó ante sus virtudes.
Gismonti se presenta esta noche desde la hora 19.30 en el escenario mayor del Teatro Solís (entradas entre $ 900 y $ 1.550), en show producido por Jazz Tour. Para el mundo del jazz y de la música toda, es la mejor copa que puede levantarse. Salud.