Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

Parasite y Jojo Rabbit

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16 de febrero de 2020 a las 05:00

Parasite

Estimado Leslie: 

Hasta hace no muchos días hubiera coincidido casi plenamente con la sentencia al final de su carta: “el mal es una opción”.  No es que ahora discrepe lisa y llanamente con ella, pero después de ver Parasite, galardonada como mejor película en la última entrega de los premios Oscar, me quedé pensando acerca de si es realmente cierto que siempre tenemos esa opción.

Cuando hablo del bien y el mal (al menos aquí y ahora) me refiero a aquello que, a través de sus efectos, potencia la sensación de bienestar o malestar en el ser humano y su entorno. En este sentido, me remito en la concepción de Baruch Spinoza, para quien el bien es lo que suscita alegría, definida como “el paso del hombre de una perfección menor a una mayor”. El mal, por otra parte, es lo que genera la tristeza propia de la declinación en el grado de dicha o perfección. Así, no se trata de ideales o mandatos impuestos que debemos atender y acatar, sino de la posibilidad de decidir y actuar en función de lo que favorece, ya sea el bienestar o el malestar en uno mismo y en los demás.  El bien y el mal, apunta Spinoza, suceden en nosotros y no en las cosas.

El título de la película resulta, por sí mismo, bastante perturbador. Parásito es todo organismo que sobrevive a expensas de otro ser vivo, de especie distinta, causándole un perjuicio o enfermedad. En Parasite, las especies se encuentran encarnadas en dos familias seulenses (pero que bien podrían ser de cualquier otra metrópoli contemporánea) escindidas por una brecha socioeconómica inquietantemente aguzada. Por un lado, los Kim, que viven en un pequeño semisótano inundable de un barrio marginal de la capital surcoreana, plagado de insectos (y sin wifi). Y por otro, los Parker, en cuya luminosa mansión, emplazada sobre una colina de Seúl, se van infiltrando uno a uno los Kim, a través de un ingenioso complot para ocupar diferentes puestos laborales (tutor, maestra, chofer y ama de llaves).

 El film representa en forma magistral la compleja y profunda grieta que se interpone entre las diferentes clases sociales, cuyos miembros se distinguen más por su olor y desigualdad en oportunidades que por su talento o capacidad para desenvolverse con ingenio en las diversas coyunturas vitales. Por esto, si bien al principio puede parecer que los parásitos son los Kim, la certeza cede el paso a la duda a medida que transcurre la trama. Porque la película nos hace ver (o al menos ese fue mi caso) que, paradójicamente, el muro que separa a ricos y pobres se construye gracias a su atribulada dependencia recíproca. Y entonces, discurre la sensación de que la autonomía es una fábula, porque en Parasite nadie es libre: los Kim necesitan del dinero de los Parker para salir de la sombría estrechez su semisótano, y los Parker dependen de los Kim para educar a sus hijos, cocinar, conducir y hacer una fiesta de cumpleaños. Al final, todos son parásitos.

¿Será que nuestra naturaleza gregaria nos condena al parasitismo, donde somos al mismo tiempo huéspedes y parásitos de otros? ¿Será que es verdad, como dijo Hobbes, que “el hombre es el lobo del hombre”, y que no hay Leviathan lo suficientemente temible y poderoso para forzarnos a reprimir nuestros impulsos destructivos? ¿Será, en fin, que no podemos evitar hacer -y hacernos- el mal, porque nuestra vida -ya sea la que elegimos o la que nos toca- depende en gran medida de la sangre que chupamos a otros?

Parasite me hizo pensar sobre lo difícil que es, ¡tantas veces!, separar el bien del mal. Porque todos los personajes me generaron, en distintos momentos de la película, tanto desagrado como simpatía. Pude ver el mal, pero también el bien en cada uno de ellos y, así, comprender la raison d´être de sus actuaciones, aunque no necesariamente compartirlas. Como la escena de Jojo Rabbit que menciona en su carta: en el siniestro saludo se jugaba la vida de algunos de los ahí presentes. Y, entonces, podemos comprender por qué en ese preciso momento, en esa circunstancia determinada, debían proferir (¿acaso tenían, de verdad, otra opción?) un patético Heil, Hitler!

Pero no hay que resignarse. Porque aun cuando las circunstancias puedan “forzarnos”-ocasionalmente- a la pesadumbre de la decadencia, We´ll always have Paris. Y el bien, sí, siempre será una opción.

Jojo Rabbit

Estimada Magdalena:

¿Ha tenido la oportunidad de ver Jojo Rabbit, el film de Taika Waititi? Una película en la tradición de La Vita è Bella de Roberto Benigni y, por supuesto, del Gran Dictador de Chaplin. Creo que las afinidades entre las tres obras son bastante obvias, pero eso tiene de maravilloso el arte que nunca nos cansamos de que nos cuenten mil veces la misma historia. Comedias dramáticas, narraciones al filo de muchos géneros, que mezclan sonrisas y lágrimas, como se mezclan tantas veces en nuestros corazones.

La proximidad de su estreno con la conmemoración, el 27 de enero, de los 75 años de la liberación de los campos de exterminio de Auschwitz-Birkenau, me hizo pensar en las coincidencias poéticas a las que usted y Paul Auster son tan afectos.

Yo salí del cine maravillado. Y la mayoría de las veces que esto me sucede, no sé por qué me sucede. Pero esta vez creo que sí lo supe. Creo que la película atacó cierto pesimismo fundamental que los años, o más bien la repetición de errores a lo largo de los años, han ido acumulando en el humus de mi mente.

La Historia está preñada de historias que necesitan ser contadas. No por un prurito de obsesión documental. Sino por su poder sanador y su gran carga de esperanza. Las grandes historias -como Jojo Rabbit- son el gran contrargumento a ese peso muerto que la reiteración del mal se empeña en endosarnos. Contra cierto nihilismo al uso, nos aseguran que no todo es una mierda. Porque, en algún lugar de la realidad (o de la ficción) se ha hecho cierto lo que una vez dijo el gran poeta que tanto le gusta a nuestra traductora:

Ha sido, ocurrió, es verdad.

Fue en un día, fue una fecha

que le marca el tiempo al tiempo.

Fue en un lugar que yo veo.

Pero el deslumbramiento ante la presencia de un bien finalmente victorioso, no es sólo un acto poético vacío, sino que conlleva una enseñanza y una advertencia. En la oscuridad del cine, me quedé pensando que, como se dice al comienzo de Peter Pan, eso que ya pasó, puede volver a pasar.

¿A qué eso se refiere?

Poco antes de la liberación de Auschwitz-Birkenau, sus responsables lo habían despejado, obligando a unos 60 mil prisioneros a marchar, en el frío del invierno, en una funesta excursión en la que muchísimos murieron. Cuando los soldados de la 322ª División de Infantería del Ejército Rojo -veteranos de años de guerra, con una leyenda negra no del todo injusta a sus espaldas de saqueos y violaciones- se toparon con el campo, conocieron el horror dentro del horror: 6 mil esqueletos vivos, muchos de los cuales se encontraban en un estado terminal tal que ni la atención médica, ni la comida sería bastante para librarlos de la muerte.

En Jojo Rabbit, hay una escena en donde la Gestapo entra en una casa para registrarla. No daré detalles que arruinen la película. Sólo diré que hay entonces una reiteración de Heil Hitler! sucesivos entre los distintos personajes. La escena explota y manifiesta la comicidad, el patetismo y la tristeza de ver a un conjunto de seres humanos saludándose entre sí (como si fuera lo más normal), evocando el nombre de un psicópata, más bien un monstruo, al que la propaganda y el miedo han divinizado.

Eso sucedió en el corazón de un continente que, a mediados del siglo XX, se consideraba a sí mismo la cuna de la civilización. De hecho, varios de los funcionarios que diseñaron la así llamada Solución Final podían exhibir doctorados de prestigiosas universidades alemanas.

El Holocausto no fue la obra de un grupo de primitivos que salían borrachos de un discoteca con ganas de pegarle al primero que se les cruzara en el camino. Los nazis no fueron un grupo distraído que se hizo perverso al tomar, en 1933, una poción maldita cuyo efecto se disipó milagrosamente en abril de 1945. El dramatismo de esa página de la historia consiste en que millones y millones de personas -como usted y yo, Magdalena-, eligieron el mal. O dicho en términos filosóficos: que el mal es una opción. No una opción que se nos impone extrínsecamente, como por accidente, sino algo que elegimos. Como si lo único que hubiéramos estado esperando toda la vida fuera poder levantar el brazo como un resorte, e intercambiar con algún otro idiota de nuestra misma especie un ruidoso Heil, Hitler!

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