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Perfumes egipcios y sudor griego: lo que nunca te contaron sobre la historia del olor y el olfato

El libro Odorama, del periodista argentino Federico Kukso, es un viaje fascinante a las raíces de los aromas del mundo y un llamado a volver a oler en un mundo cada vez más desodorizado

Los cinco sentidos (1637) Jan Miense Molenaer

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24 de agosto de 2020 a las 05:02

En el mundo antiguo las narices eran una fiesta. En el Egipto faraónico el incienso dominaba cada plano, el divino y el terrenal; en la Grecia de Aristóteles, Platón y Aristófanes, la inmundicia del Ágora se mezclaba con una dieta mediterránea y el sudor de los olímpicos; el Imperio romano hedía de una manera legendaria, y sitios como el Coliseo romano tenían tanta predominancia olfativa que, dicen los historiadores, se colaba en las narinas a kilómetros de distancia; el Palacio de Versalles de Luis XIV, en tanto, fue la cuna de algunos de los primeros perfumes, mientras que la Edad Media, oscura como pocas, fue el seno de un olor tan trascendental como terrible: el de la muerte y el miedo, que llegaban cabalgando en la peste negra.

De Occidente a Oriente, del Neolítico hasta nuestros días, la historia de la humanidad es la historia del olor. Reprimidos, alabados, conquistados, perseguidos, transformados, considerados señales de los dioses o efluvios de los demonios, los olores han estado siempre encadenados a las costumbres de ayer y hoy. De acá y de allá. Por eso, hablar de la historia del olor también es hablar la historia de la higiene, de las enfermedades, de la religión, de la comida, del placer. El olfato es un sentido riquísimo, y su importancia atraviesa todas las líneas de tiempo. Sorprende reflexionar hasta qué punto su desarrollo fue fundamental para el tipo de vida que tenemos hoy: muchas de las cosas que nos son corrientes no estarían en nuestras manos de no haber sido por alguien que, varios cientos de años atrás, “olió”.

Las rosas de Heliogábalo 1888 - Lawrence Alma-Tadema

Pero en esta historia multicultural y olorosa hay un quiebre. En algún momento, entre pestilencias asimiladas y aromas codiciados, el proceso de supresión del olor apareció y cambió las reglas para siempre. Sí, no lo hizo de un día para el otro, pero su resultado fue contundente. A medida que el mundo civilizado se adentró en las capas más escabrosas de los siglos xvii y xviii, la desodorización tomó por asalto a la raza humana y modificó la esencia del sentido más visceral de todos. De repente, “oler” significaba “oler mal”, y la propia palabra adquirió connotaciones negativas. El universo aromático se redujo drásticamente, nuestra capacidad olfativa también y el resultado es que hoy buscamos esconder todos nuestros efluvios a diario. Se instaló con fuerza paquidérmica la cultura del no-olor.

Pero, de nuevo, esto no siempre fue así: por varios siglos el mundo vivió por y para sus olores, y algunos de ellos, como las nuevas rutas de las especias en los siglos xv y xvi o la búsqueda desesperada de una cura contra la peste, abrieron nuevos mundos físicos y de conocimiento a distintas civilizaciones. De hecho, fueron los que terminaron de impulsar, entre otras cosas el descubrimiento de nuevos mundos, nuevos continentes, que conectaron a las civilizaciones “perdidas” y terminaron por decidir, para mal, el destino de unas cuantas.

Es por eso que la historia de los aromas y su relación con el mundo y la humanidad es fascinante. Y fascinante es, también, un libro que hace algunas semanas llegó a librerías uruguayas. Se titula Odorama, lo firma el argentino Federico Kukso y busca contar, justamente, la historia cultural del olor.

Hombre que se cubre la boca con un pañuelo, caminando por una calle de Londres llena de humo. 1862. - Wellcome library.

El currículum de su autor es encomiable. Kukso es periodista especializado en ciencia, tiene estudios en la Universidad de Harvard y el MIT, forma parte de la junta directiva del WorldFederation Sciencie Journalism y ha publicado en Le Monde, Undark, Scientific American, El País de Madrid y La Nación. Pero, sobre todo, Kukso tiene una capacidad que, en este libro, resulta de especial importancia: un talento increíble para unificar en su texto la ciencia más dura, la historia universal, los testimonios de los expertos y un relato que página a página se vuelve más y más adictivo. En ese sentido, Odorama es un libro para viajar, pero también para recitar: muchos son los pasajes que despiertan la necesidad en el lector de contarlos a viva voz a la primera persona que pase por al lado. “Queramos o no, cada vez que respiramos estamos comulgando con la historia y con el cosmos. Nuestra conexión con el pasado no es solo intelectual y emocional, sobre todo es física”. Esta es una de las frases que utiliza Kukso en uno de los primeros capítulos del libro para hacer referencia al hecho de que todos los átomos que existen en el aire ya fueron respirados en algún momento de la historia por otro ser vivo. Bien podría ser, además, la carta de presentación para el tema que Odorama hace suyo.

Cada uno encontrará, en las páginas del libro, su episodio histórico-oloroso favorito. Es asombroso conocer, por ejemplo, la relación que los antiguos egipcios establecían entre sus dioses, el inframundo y los aromas de su imperio desértico. “El olor rey era el incienso, el aroma de la presencia divina. (…) El perfume fue un elemento sagrado antes que cosmético. Como los obeliscos, los aromas y los perfumes unían a los faraones con los dioses, la tierra con el cielo”. También es extraño conocer las costumbres de los griegos, que hicieron del comercio del “olor” algo económicamente redituable: el sudor mezclado con aceite de los atletas olímpicos se recogía en frascos luego de las competencias y se vendía para tratar inflamaciones; también existió un gremio –el koprologoi– que se dedicaba a recolectar la cantidad desbordante de heces y orina humana que había en las calles de Atenas y las vendía como fertilizante.

El alma de la rosa, 1903 - John William Waterhouse

De esas historias Odorama tiene decenas, pero el interés de esta historia odorífera no radica solo en esas curiosidades. Son especialmente sugerentes los momentos en los que Kukso se asoma al precipicio de la historia y establece conexiones sobre la manera en la que se pensó y se piensa el olor y el olfato para hablar de nuestras propias sociedades. “Cada vez más empoderada, la visión fue arbitrariamente asociada con los hombres: exploradores, científicos, políticos e industriales descubrían y dominaban el mundo a través de su mirada penetrante. El olfato, en cambio, pasó a ser marginado como el sentido de la intuición y el sentimiento, de la seducción, todas cualidades que fueron identificadas con las mujeres. Se trataba de mapas, microscopios y dinero por un lado, y popurrí, polvos aromáticos y perfume por el otro”.

Más hondo es el momento en que la conexión es entre el olor y la moral. Allí la discriminación, el racismo y el odio se hacen carne en los aromas, y los discursos los explotan a más no poder. Un ejemplo es el del nazismo y su determinación a catalogar el “olor del judío” como algo asociado a lo indeseable, a la corrupción física y moral.

Y entre los olores del cuerpo humano, las diferencias biológicas entre los sexos, las peculiaridades de esa ventosidad tan simpática y popular llamada pedo y las historias, enormes y tremebundas, de la desodorización de ciudades apestosas, como Roma, París y Londres, Odorama se mete en terreno actual: los experimentos olfativos actuales, el olor de la enfermedad, la eminencia de un mundo desodorizado, las diferencias olfativas entre pueblos remotos, los aromas que nos esperan en otros planetas, otras galaxias.

“La era digital es la cumbre del proceso de silenciamiento olfativo. Acariciamos teclas y pantallas, nos atragantamos con imágenes, nos empachamos con sonidos lejanos. Pero a los olores del mundo los anulamos”, dice Kukso sobre el final y, de alguna manera, resume el cometido de este libro: recuperar el olfato, volver a oler. Pensar una época en la que las narices recibían información como una antena parabólica y recuperar una manera de experimentar el mundo que, quizá, estemos hipotecando para siempre. Volver, de alguna manera, a hacer de los olores una celebración.

Entrevista con el autor

“Estamos cada vez más lejos del olor real del olor”

Federico Kukso

¿Cuándo tomó conciencia por primera vez de la importancia del olor y el olfato?
A los 16 años leí El perfume de Patrick Süskind y años después, volviendo a él, recordé como el escritor alemán había logrado poner en palabras algo que es muy difícil de hacer, que es describir los olores. Eso marcó mi trabajo como periodista. También sucede que vengo de familia de médicos; mi papa es otorrinolaringólogo y mi mamá obstetra. Así que la biblioteca de mi casa estaba dividida entre narices y vaginas. Lo que terminó de decidirme a escribir el libro fue que en 2015 gané una beca para investigar en Harvard y el MIT, y una de las primeras cosas que empecé a percibir fueron olores que no estaban tan presentes en Buenos Aires, como la canela. Eso me hizo hacerme la pregunta sobre el olor, y el libro es eso, una gran pregunta: la búsqueda de la profundidad del olor. Cada persona tiene una historia personal con un olor, que puede ser familiar, que despierta ciertas emociones, y entendí que allí había una historia para contar que no había sido relatada de determinada manera. Porque el olor siempre ha sido un personaje secundario; quise tomarlo como protagonista.
¿El libro funciona, entonces, como un intento por recuperar el valor perdido del olor?
Sí. Cuando uno habla del olor, por un lado está la percepción, si es rico o feo, algo casi binario. Por otra parte, cuando uno dice “hay olor”, también tiene una carga occidental de negación. Pero con este libro descubrí que existe una gran diversidad olfativa: la manera en la que olemos no es la misma en todo el mundo, ni en todas las épocas, ni en todas las personas. Las mujeres tienen, por ejemplo, una capacidad olfativa mayor que los hombres; las mujeres embarazadas todavía más. Nuestra capacidad olfativa, además, decrece con el tiempo. Y con respecto al cuerpo, su olor cambia permanentemente. Esa diversidad es lo que más me interesó. Quiero que los lectores hagan un trabajo introspectivo y piensen en los olores que les recuerdan a su infancia, cuáles marcan su biografía y su ciudad. Porque es interesante pensar que quizás estos olores que sentimos en el siglo xxi, dentro de 200 años no existan más. Pensemos en un historiador que esté estudiando esta región dentro de varios siglos y no pueda figurarse el olor a mate. Tiene, de alguna manera, la historia incompleta. 
Es interesante, además, los usos morales y políticos a los que la humanidad ha adjudicado al olor.
El olor tiene un montón de dimensiones. Hay una dimensión social, histórica, psicológica, política y moral. Hay prejuicios olfativos que nos atraviesan a todos, y es algo en lo que ni siquiera nos paramos a pensar. Es algo, además, que ha sido constante en la historia. En el discurso nazi, por ejemplo, la expresión olor a judío aparece para separar. Porque cuando uno dice que alguien huele, establece una otredad, y con eso se legitima la opresión, la negación, la exterminación. En Brasil, Paraguay, Uruguay y el norte de Argentina se utilizó la palabra catinga para designar el olor del afrodescendiente de manera despectiva. Y hoy a esto lo podemos ver con el olor del inmigrante, del refugiado, del pobre. Históricamente –sobre todo a partir del siglo xix, que es cuando se empieza a clasificar a las personas por sus olores– la carga moral del olor aparece. Y por eso es importante desnaturalizar esos discursos. No son características inherentes a las personas, son características que se les asignan. Son construcciones culturales, cosas que nos meten en la cabeza. Hay estudios que marcan que los niños pequeños no tienen la capacidad de decir que un olor es feo, es algo cultural que se educa. Claro, hay olores que como seres biológicos hemos determinado que son feos, como el olor a vómito, a muerte, a excremento, a humo, porque de ello depende nuestra supervivencia. Pero hay muchos olores, como el de la transpiración, que culturalmente han sido negados o criminalizados. En ese sentido, el olor del cuerpo es el gran tabú occidental y se ha armado toda una industria para taparlo.

Problema íntimo. Publicidad de desodorante vaginal. Revista Gente. Septiembre, 1972.

De todas las historias, ¿cuál terminó resonando más al finalizar la escritura?
El encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma es muy interesante. Primero, porque siempre tendemos a pensar la historia a partir de nuestro presente, y cuando uno habla de pueblos originarios o del pasado, uno los mide con la vara del presente y piensa en “esos bárbaros, esos sucios, esos atrasados”. Y hay momentos que la historia te muestra que no es así. Acá, por ejemplo, demuestra que los mexicas tenían una cultura higiénica muy presente. Y ese encuentro es, en nuestra historia, lo más cercano que podemos tener a lo que sería encontrarnos con una civilización extraterrestre. Los mexicas eran un imperio de más de un millón de habitantes que, de repente, queda frente a frente a estas montañas que se movían, que eran los barcos, y a las caras pálidas. Ellos los creyeron dioses, pero la ilusión se empieza a romper rápidamente cuando se dan cuenta de que los europeos apestaban.
Después de analizar la historia del olor, su presente y los experimentos de cara al futuro, ¿qué horizonte olfativo nos espera? ¿Un mundo desodorizado completamente, como se propone en algunas distopías?
Los estudios del olor y el olfato todavía son muy novedosos e incompletos, sobre todo porque la ciencia nunca les prestó demasiada atención. De todas formas, cuando decimos que vamos hacia una desodorización, no decimos que no vayan a existir más los olores. Pero en estos momentos vivimos un proceso muy fuerte de sustitución. Cada vez estamos más en contacto con sustancias sintéticas: antitranspirantes, perfumes, desodorantes ambientales. Estamos cada vez más lejos del olor real del olor. La pandemia, además, creo que va a terminar acelerándolo. Para empezar, porque hay una mayor fobia a los gérmenes. Pero quizá el coronavirus termine generando un mayor interés en el olfato, por eso de que perderlo es uno de los síntomas. Hoy en Argentina, con una situación muy diferente a la uruguaya, estamos teniendo nostalgia de los olores. Estamos extrañando el olor de los restaurantes, de los familiares.
Internet, además, no tiene olor.
Claro. Vivimos en una sociedad extremadamente visual y táctil, y todos sabemos el valor que tienen los olores en nuestra manera de relacionarnos socialmente. El olor es una de las fronteras que la tecnología no ha logrado superar. Por eso hay que tener mayor conciencia de los olores, hay que aprender a oler más. Con el libro, espero que las personas se cuestionen y desnaturalicen lo que damos por sentado, porque para eso sirve la historia. Si supiéramos que Montevideo, Buenos Aires y otras ciudades hace 150 años apestaban insoportablemente, de alguna manera valoraríamos más el presente.
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