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29 de enero 2018 - 5:00hs

Se acostó con el estómago vacío. Llegó a pedir yerba para tomar unos mates porque no tenía plata para comprar. Vivió con $ 500 por semana. Comió cuando los dirigentes le arrimaron algún paquete de fideos. Es canchero y sereno. Dice que no duerme. Descansa. Pero, pese a todas las dificultades, jamás abandonó a Cerro. "Mi familia no sabía nada que yo pasaba así. Me pasaba todo el día acá, pero al cuadro no lo dejaba tirado", dice y se queda en silencio mirando al horizonte la inmensidad del Tróccoli.

Y luego de la pausa acota: "Pahhh, yo las pasé... Las pasé de verdad acá. A veces me quedo dos meses solo. Cuando no hay fútbol no viene nadie. ¿Qué hago con el estadio? Pero yo no lo dejo tirado. Esos meses no se cobra pero quédate tranquilo que si ahí tenés 30 cuchillos, 30 cucharas y 30 tenedores, quédate tranquilo que esos van a estar siempre. Soy así".

El robo

Uno de los hechos que más recuerda Walter como sereno fue la madrugada que le robaron toda la ropa y el plantel salió a buscar lo robado. "Resulta que en la semana hubo un temporal muy grande y yo me quedé sin alarma dos días. No paraba de llover. Caía agua como loco, no se veía el estadio, la ruta no se veía, acá donde vivo no veía nada. Yo estaba aislado. Encerrado acá arriba. Tenía miedo y bajaba continuamente (a la utilería). Ese día bajé a la una de la mañana me acuerdo. Fui con el perro hasta la palmera. En eso que voy caminando pasa una camioneta despacito. Era de la policía, de la 24. Y les digo soy de acá. Andaban en la calle porque estaba brava la cosa", comenzó diciendo Walter.
Y sigue con el cuento: "Tranquilo subo, entro al perro, preparo el mate y vos sabes que, como a las 3 de la mañana, bajo otra vez y veo una cosa a la distancia, algo grande, afuera del vestuario. Cuando llego la puerta estaba abierta, destrozada. No hicieron ni ruido. Entraron por el vestuario, rompieron la roja donde está el Toto (utilero) y desvalijaron todo".

Walter reconoce que: "El que mandó a hacer eso sabía que no había alarma. Era un botija que iba al portón de la utilería, era de acá de la cuadra y con el Toto le decíamos a los jugadores: 'No le den nada no lo acostumbren porque está mirando todo este botija'. Pero lo vestían y le daban de todo. Entonces fue, batió por varios lados y ahí vino el robo. A las 9 de la mañana vinieron los jugadores y se encontraron sin nada. Hablaron con el técnico y le dijeron: 'No entrenamos, vamos a buscar las cosas'. ¡Y salieron a buscar! La cosa era ahí atrás del estadio (barrio El Tobogán), entraron con coches con todo. Los de Cerro Norte se enteraron y los acompañaron. Agarraron a uno ahí del cogote y empezaron a hacerlo hablar y aflojó. Empezaron a encontrar todo, canastos, pelotas y trayeron las cosas. Al que batió, los jugadores lo trajeron de arrastro para acá. Lo pusieron ahí afuera y lo querían atar a la columna". Toto agregó que después fueron al barrio Cadorna. "Apareció un guacho con los championes de Pablo Caballero y cuando los vio a los jugadores se tiró al Pantanoso".

Ese hombre desgarbado y silencioso, que hasta parece parco en el trato, que anda de un lado al otro en el Tróccoli lleva 20 años en el club. Es uno de los tantos héroes anónimos que habitan en los clubes. Su misión: trabajar.

El viaje al corazón del fútbol de Referí entra en las entrañas de Cerro. Ahí donde Walter Hernández, el "Viejo" para los que tienen confianza, pasó de atender la utilería a ser canchero, encargado de mantenimiento, y hasta sereno, una actividad que lo llevó a alejarse de su familia y vivir en el estadio. Su historia es un canto al amor incondicional por un club.

"Yo llegué en 1998 cuando el presidente era Pocho (Nelson) Abal y me dijo que me precisaban para trabajar en el Estadio. Yo me había quedado sin trabajo en una empresa donde trabajé 20 años y el hombre me dijo que me precisaba. Vine para dar una mano y acá estoy", comenzó diciendo Walter en diálogo con Referí.

Estuvo tres años trabajando en la utilería hasta que se empezaron a quedar sin serenos en el Tróccoli.
Cierto día lo llaman a la sede y le plantean el problema. "'Walter no encontramos gente, ya no sabemos a quién poner", le dijo el presidente de entonces, Miguel Sejas. "Los aguanto 10 días hasta que encuentren una persona".

Los días se consumieron y el intendente le dijo que no encontraban a nadie. "Entonces le dije, vamos a hacer una cosa, yo voy a hablar con mi familia. Fui y les dije: 'Miren, me dicen que no hay nadie en el estadio quieren que yo me encargue de todo y quedarme a vivir allá'. Mi señora y mis hijos me dijeron: 'Vos hacé lo que quieras, si te parece que está bien hacelo, pero tenés que asegurarnos que te pongan alarma'".

Desde ese día la vida de Walter cambió para siempre. Dejó su casa y pasó a vivir en el Tróccoli.
No tiene hora. "Yo no soy de dormir, te descanso. De repente me tiro media hora y ya está. De noche no duermo. Me acostumbré. Estoy acá adentro, tranquilo. Miro la televisión y te escucho todos los programas deportivos. Todos. Duermo un ratito y ya estoy ahí. No puedo dormir. Ya me acostumbré. Es como comer, yo no almuerzo. Ceno de noche. A veces el plantel hace asados y me llaman y les digo que no voy a comer. Ya saben que me guardan para después. Y así es mi historia", cuenta Walter.
Dice que es común que cuando termine la actividad quede abandonado en el Tróccoli. "A veces me quedo dos meses solo acá. Por ejemplo se termina el campeonato y a los dos meses hay elecciones, entonces vas a hablar y te dicen: 'No, nosotros nos vamos'. ¿Y qué hago con el estadio? Pero yo no soy de dejar nada tirado", comentó.

"¿Cómo vivo? Y algunos me pasan unos mangos. Había un muchacho que era el gerente y se dedicaba a cobrar las tarjetas de socios. Salía los sábados a hacer la recorrida y me decía, cuando me den plata vengo y te alcanzo. Y así era. Me tiraba unos mangos para comer. Unos 500 pesos por semana. Pero yo tengo una manera, entonces con esos 500 pesos que me daban pasaba por casa y se los dejaba a mi señora. ¿Con qué vivía yo? Y de repente el presidente me alcanzaba unos fideos, otro dirigente otra cosa y me las arreglaba. Mi familia no sabía nada que yo pasaba así. Me pasaba todo el día acá, pero a Cerro no lo dejaba tirado", comentó Walter.

"Uh... Cuántas veces me faltó para comprar yerba, pero siempre tenía a alguien que me arrimaba".
Walter admite que: "Varias veces me acosté con la panza vacía. Ellos mismos te dicen 'Walter, no sé cómo aguanta'. Los hinchas saben cómo es mi historia".

Walter reconoce que tiene una particular forma de ser. "Yo soy de hablar poco y soy de estar poco. No me gusta. No sé, es mi forma. Algunos pensarán: 'Aquel es un asqueroso', pero no, yo soy así".
Reconoce que con los años se fue haciendo hincha del club. "Pero no lo demuestro. Yo veo un gol y no lo grito, lo proceso adentro. Siempre me siento allí (dice desde la platea señalando un escalón pegado a la baranda que da a la explanada y el portón de ingreso a la cancha), porque si un dirigente necesita algo ya saben que estoy ahí. Pero yo veo muy poco el partido, lo vivo para mí. Es mi forma de ser. Los quiero a todos a morir, pero mi personalidad es así".

El hombre dice que el día que se emocionó fue en el ascenso de 1998. "Entré a la cancha y me crucé con el Culaca, un crack, y nos dimos un abrazo que no saben lo que fue, me emocioné. Ese día lloré".


Recuerdo para el papá del Loco Contreras

Walter no olvida a su excompañero Baltasar Contreras, el papá del Loco que fue golero del club. "Trabajó como 40 años acá. El hijo, el Loco, nació en la tribuna (Brasil) porque ahí hay una pieza y él vivía ahí. Después se retiró y con los años lo llevaron para el Complejo Da Cunha. Y yo me quedé solo acá. Un día vino a hablar conmigo y me dijo que quería volver al Tróccoli. Vivía a media cuadra de acá. Hablé con el intendente y me dijo: 'La decisión es tuya'. Bueno lo senté y le dije: 'Contreras esto es así, así y así'. Nos llevábamos bien. Hace dos meses falleció el hombre. Estuvo seis meses sin trabajar por una enfermedad. Yo iba a verlo y me decía: 'Quiero ir al Tróccoli'. No, no, allá no va a ir. Yo le decía: 'Usted se hace los análisis y si le dan bien se viene conmigo a tomar unos mates'. Pero no dio...".

Acevedo y el pasto largo

"Contra Liverpool se cortó el pasto un martes y al otro día viene Eduardo Acevedo y me dice 'Walter no vayas a cortar más el pasto'. Estaba altito. Y le digo: '¿El domingo sabés como va a estar esto?' 'Dejalo así, la responsabilidad es mía', me dijo. Estaba por los tobillos el pasto. Un colaborador de Liverpool vio la cancha y me dice: '¡Pah, qué alto está esto!'. 'Tengo una orden', le dije. Ganamos. ¡Se fueron con una bronca!".

La avivada de Ferrín

"Fénix alquila el Tróccoli contra Nacional. Dirigía Ferrín entonces le dije: 'Hable con el plantel a ver si le pego un riego o no a la cancha'. Me llama y me dicen: 'Los jugadores piden que no la moje'. Muy bien. El día del partido estoy en la pista y viene Lembo y me dice, 'Walter, ¿vas a pegar un riego?' Y le respondo: 'Perdoname pero no puedo hacerlo'. Después eran un pororó diciendo que el canchero no había querido mojar la cancha".

Prudente lo volvía loco

La historia la contó Toto, el particular utilero de Cerro. “Pregúntale a Hugo por Líber Prudente”, comentó entre risas Toto. Y enseguida acotó: “Lo volvía loco. Resulta que cada vez que venía al Tróccoli lo llamaba y Hugo se fastidiaba. Lo hacía volver a marcar el punto penal otra vez. ¿Qué pasaba? El Flaco Prudente tenía el paso más largo que Hugo entonces contaba los pasos cuando venía y le pedía que marcara otra vez el punto penal”.

Vivir en el Tróccoli

La foto muestra el lugar donde vive Walter en el Tróccoli. Arriba de la platea, donde antes estaba la confitería, Walter se acondicionó el lugar. El hombre de 67 años vive las 24 horas del día para Cerro. Es encargado de todo el mantenimiento del Tróccoli: corta el pasto, arregla la cancha, acondiciona los baños, y además, es sereno. Dice que no duerme. Se tira de a ratos. “Esta mesa es mi lugar habitual”, dice mientras se ceba un mate. Una de las pocas condiciones que pidió para vivir en el Estadio fue que no le faltara el gas en la garrafa, además de alarma “porque si me tocan una puerta ya sé que pasa algo”. Al fondo de la imagen se ve el mostrador en una cocina improvisada y el televisor que sirve como compañero, además de una radio que escucha todo el día sin perderse ningún programa deportivo.

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