26 de octubre 2023 - 13:36hs

Por Martin Wolf

Tres de mis columnas recientes cuestionaban si el rápido aumento del producto interno bruto (PIB) relativo y del PIB per cápita de China estaba llegando a su fin, como muchos creen (o esperan). La primera argumentaba que China tenía potencial para crecer rápidamente porque seguía siendo muy pobre: según el Fondo Monetario Internacional (FMI), el PIB per cápita de China era sólo el 76 del mundo en 2022. La segunda columna consideraba el mayor problema económico interno: el exceso crónico de ahorro absorbido en un insostenible auge inmobiliario alimentado por la deuda que está llegando a su fin. La tercera analizaba las limitaciones impuestas por la decreciente población. La conclusión fue que se trataba de dificultades graves, pero manejables.

Esto nos deja con la mayor limitación de todas: la política. En el exterior, China tiene que sortear la creciente hostilidad de EEUU y de sus aliados. En el frente interno, debe gestionar el cambio hacia una economía más equilibrada y mantener la relación entre el Estado comunista y la economía capitalista. Estos retos son los más difíciles a los que se enfrenta el gigante emergente. Si no logra superarlos, en el peor de los casos podría acabar en conflicto con las democracias de altos ingresos y, en el mejor de los casos, ser otro país atrapado en la "trampa del ingreso mediano".

Es difícil evaluar el impacto del deterioro del entorno exterior con respecto a limitar el crecimiento. Esto se debe, entre otras cosas, a que no sabemos cuánto más puede empeorar. También se debe a que parte de lo que podría suceder no es el resultado de ninguna decisión de política específica por parte de EEUU o de otros Gobiernos, sino más bien de una ansiedad más general en las empresas extranjeras con respecto a los diversos riesgos que podría conllevar la exposición a China.

Las medidas de política comercial introducidas bajo Donald Trump, y continuadas bajo Joe Biden, no han tenido un efecto significativo en el comercio global de China. En 2022, China registró importantes superávits comerciales con todas las grandes regiones económicas, incluyendo América del Norte. Su relación entre comercio y PIB ha disminuido, pero sigue siendo elevada para una economía tan grande. Su participación en las exportaciones mundiales ha dejado de aumentar. Pero sigue siendo muy superior a la de la Unión Europea (UE) — excluyendo el comercio interior — o a la de EEUU. La falta de ingresos de exportación no le impedirá a China comprar lo que necesita.

La mayoría de los proveedores también estarán encantados de venderle. La excepción obvia se debe a las restricciones estadounidenses a las exportaciones de semiconductores y a la capacidad de fabricarlos. Según Tilly Zhang, del grupo de investigación financiera Gavekal, "La industria china de semiconductores está aceptando una desagradable realidad: en este momento, las sanciones coordinadas de EEUU y de sus aliados han bloqueado efectivamente su camino hacia la fabricación de chips avanzados". Pero, en términos más generales, sugiere Thomas Gatley, también de Gavekal, el "principal impacto de la guerra comercial y tecnológica, y de sus aranceles y controles asociados, no ha sido reducir la dependencia estadounidense de los productos chinos, sino hacer más intrincadas y opacas las cadenas de suministro".

La gran pregunta entonces es si las restricciones a la tecnología resultarán ser una limitación vinculante para el rendimiento de la economía. Yo no lo sé, pero soy escéptico. Los chinos son muy innovadores y emprendedores. La gran cuestión es si permitirán que estas cualidades florezcan. ¿Es posible que el "comunismo capitalista" sobreviva políticamente y prospere económicamente, o lo destrozarán lo que los marxistas podrían llamar sus "contradicciones"? De hecho, ¿lo están destrozando actualmente, bajo el gobierno de Xi Jinping?

Deng Xiaoping fue un genio pragmático (e implacable). Él permitió que la economía china se volviera abierta, dinámica y extraordinariamente libre. Deng no ansiaba el control cotidiano y se complacía en delegar el poder a personas competentes. Pero, como no podía haber restricciones a la discreción del partido-Estado, obtener los resultados deseados dependía de los acuerdos entre funcionarios y empresas. Esto condujo a una gran corrupción. Xi nos lo ha dicho. Los indicadores de gobernanza del Banco Mundial demuestran que él tenía razón. China es corrupta según los estándares de las democracias de altos ingresos.

Xi tampoco delega. Él más bien está consolidando su poder en el partido y el poder del partido en el país. Mientras tanto (y como corresponde), los objetivos y las limitaciones se han vuelto más complejos. Es imposible centrarse únicamente en el crecimiento. La seguridad nacional, el medio ambiente y la desigualdad también importan, por nombrar algunos asuntos. Todo esto hace que legislar sea mucho más difícil. Y, no menos importante, es que también hay choques repentinos, particularmente Covid, donde una exitosa política de supresión duró demasiado tiempo.

Esto último, sugiere Adam Posen, del Instituto Peterson para la Economía Internacional (PIIE, por sus siglas en inglés), puso fin al contrato social de China de "sin política no hay problema", en el que la economía funcionaba libremente siempre que la gente se mantuviera al margen de la política. Hoy, sin embargo, la política es menos predecible y más intrusiva. Pero esto no se debe únicamente a los caprichos de Xi. El problema es mucho más profundo. A fin de cuentas, el matrimonio del partido con una economía de mercado corre el riesgo de socavar tanto su legitimidad como su control. El deseo de Xi de restaurar ambos inevitablemente socava el gran logro de Deng, el cual es el dinamismo económico de China. Todo esto se ha vuelto aún más problemático, ahora que el entorno exterior plantea tantos retos y la economía está tan necesitada de reequilibrio y reforma.

Las mayores interrogantes sobre el futuro económico de China son, entonces, de índole política. ¿Cómo evolucionará su relación con EEUU y con su propia gobernanza? Una gran interrogante interna es si existe la voluntad y la capacidad para hacer que la economía deje de depender de la inversión excesiva y despilfarradora y se incline hacia un mayor consumo y una mejor inversión. La interrogante aún mayor es si China ha superado el punto en el que la relación entre el Partido Comunista de China (PCCh) y el capitalismo funciona. Si no es así, ¿cuál acabará en la cima? Si, como parece probable, es el partido centralizado bajo la dirección de un solo hombre, ¿puede prosperar la economía de mercado?

Temas:

Financial Times

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