1 de junio de 2019 5:01 hs

El gran combate de todo hombre es no parecer idiota”, dice el protagonista de la última novela de Kureishi. 

El miedo al ridículo, la falta de ideas o el oportunismo, y la ansiedad por ganar popularidad en la carrera hacia las elecciones internas, cuya fase propagandística formal se inició ayer, hace que la calidad del debate baje hasta el mínimo común denominador. Solo unos pocos candidatos están diciendo cosas de cierta significación y respeto. 

Será una travesía larga y exasperante, con algunos oasis de verdor, porque siempre los hay.

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Las elecciones internas o primarias de los partidos políticos se realizan desde abril de 1999, después que se volvieran obligatorias con la reforma constitucional de 1996. La participación ha decaído gradualmente desde entonces, del 54% al 37% de los habilitados, pues el voto es voluntario.

Las elecciones entre los blancos suelen ser competitivas. También obtienen una votación alta en las primarias, que luego decae –en términos relativos– en las elecciones nacionales, ya con voto obligatorio, en las que suele triunfar el caballo del comisario: antes el Partido Colorado, y ahora el Frente Amplio. Es un fenómeno casi constante desde 1982, las elecciones internas celebradas en dictadura, que arrojó un triunfo general de la oposición al régimen.

Ha habido grandes duelos en otros partidos. El 28 de mayo de 1989, en elecciones internas voluntarias, pues aún no eran obligadas, Jorge Batlle ganó la candidatura principal del Partido Colorado a Enrique Tarigo, quien contaba con la bendición del entonces presidente Julio María Sanguinetti. Y otra vez, contra toda esperanza, en abril de 1999 Batlle derrotó en las internas a Luis Hierro López. Por fin ganó la Presidencia de la República en su quinto intento, en el balotaje de noviembre de ese año.

También la izquierda ha tenido competencias de gran significación. En 1998 los órganos del Frente Amplio aceptaron a regañadientes que su candidato presidencial fuera resuelto en elecciones internas, según las reglas de la reforma de 1996, y no por su Congreso, como hasta entonces. El 25 de abril de 1999 Tabaré Vázquez vapuleó al desafiante Danilo Astori (82% a 18%). Una década más tarde, el 28 de junio de 2009, también José Mujica derrotó a Astori (50% a 38%).

El candidato presidencial de cada partido es quien obtiene el 50% más uno de los votos en las primarias, o el 40% con diez puntos porcentuales de ventaja sobre el segundo. Si la diferencia es menor, el candidato único del partido debe ser elegido por la convención nacional, un órgano de 500 miembros que se integra en forma proporcional en las mismas elecciones internas.

En teoría, al menos, una coalición entre perdedores puede dejar sin candidatura a quien gana sin llegar al 50% de los sufragios. 

Pero, tras el horizonte de las internas del 30 de junio, asoma una batalla más fiera por el gobierno nacional. La primera vuelta será el 27 de octubre, de la que surgirá el Parlamento, y una previsible segunda vuelta (balotaje) se hará el 24 de noviembre.

Las encuestas de intención de voto muestran al Frente Amplio debilitado, y un alto porcentaje de indecisos (o de quienes dicen que votarán en blanco y anulados), de alrededor del 16%, que la oposición no termina de captar. Parece además que los partidos menores serán significativos, incluido el del general Guido Manini Ríos (Cabildo Abierto), quien tiene entre los militares activos o retirados una amplia base objetiva de electores.

Hace cinco años, con una economía boyante y pleno empleo, el Frente Amplio marcaba en las encuestas mucho más arriba que ahora. 

Si las elecciones se celebraran hoy, la oposición se impondría al oficialismo, con el Partido Nacional a la cabeza, aunque estaría obligado a confirmar esa superioridad en un balotaje.

Pero aún falta toda una campaña: cruzar un vasto desierto de cinco a seis meses, un viaje en el que se pueden suceder aciertos y errores trascendentes, y choques externos imprevisibles.

Las encuestas parecen sufrir serias distorsiones. Por ejemplo, demasiada gente dice que votará en las próximas elecciones internas.
Por otra parte, la izquierda gobernante desde 2005 incluye un segmento “silencioso”, que no gusta manifestarse. Es una gran paradoja histórica que la izquierda ahora también contenga una suerte de “voto vergonzante”, como antes los conservadores: un grupo sustancial de gente que no se siente cómoda con su condición de oficialista, y de defender asuntos que no marchan bien. 

 

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