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Joe Biden y Nicolás Maduro, presidentes de Estados Unidos y Venezuela

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Por qué Caracas se volvió una ciudad clave para Washington

Las elecciones presidenciales en la república Bolivariana de 2024 con presencia opositora tienen una mesa de diálogo en Ciudad de México y la petrolera Chevron vuelve a operar en los yacimientos venezolanos con autorización de Washington mientras Caracas será la sede de negociaciones entre el presidente Petro y el ELN.

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11 de enero de 2023 a las 07:54

Un buen termómetro para saber hacia dónde va Venezuela es la inflación. El alza de precios en 2021 según el Índice de Precios al Consumidor (IPC) fue de 684%. En 2022, el mismo organismo oficial dio un 305,7%. Menos de la mitad. Probablemente, esa sea la noticia más importante para el gobierno de Nicolás Maduro quien, además, comenzó el año con algunas noticias que muestran el giro de sus políticas y el acercamiento de dos naciones que fueron claves para el aislamiento internacional que sufrió y todavía sufre el gobierno Bolivariano.

Apenas asumió en la Casa Blanca, Joe Biden encomendó al secretario de Estado de la Casa Blanca, Anthony Blinken que avanzara en el diálogo con el equipo de Maduro. Hubo visitas oficiales. Quizás la más importante fue con el presidente de la Asamblea Nacional, el veterano dirigente chavista Jorge Rodríguez.

El reconocimiento explícito a Rodríguez por parte de la Casa Blanca tuvo mucho que ver con la reciente quita de reconocimiento a Juan Guaidó, “presidente encargado” de Venezuela. Ese cargo se debía a que, en 2019, la oposición le había ganado las elecciones legislativas al chavismo. Sin embargo, un año después, el oficialismo decidió volver a los comicios legislativos sin el apoyo opositor. El resultado del abstencionismo no evitó que Maduro impusiera a sus candidatos y que Jorge Rodríguez, desde el 5 de enero de 2021, asumiera de modo brumoso el lugar que tenía Guaidó por mandato legislativo hasta el 5 de enero de 2023.

El hecho es que tanto los Estados Unidos como la Unión Europea esperaron al 5 de enero de este año para dar por finalizado el reconocimiento de “presidente encargado”. Habían pasado muchas cosas además del desmadre institucional de Venezuela. Una, sin duda, y sin anestesia, fue la invasión de Rusia a Ucrania. Otra, que Washington decidió que la petrolera Chevron, que operó años con la estatal PDVSA (Petróleos de Venezuela SA), volviera a mover la maquinaria para extraer y refinar crudo.

Las reservas comprobadas de petróleo y gas venezolano están entre las más altas, pero sin equipamiento, con restricciones y sanciones de los Estados Unidos y la Unión Europea, se cayeron. Aunque las peleas de Hugo Chávez con Washington hayan sido fuertes, quien fuera el líder del movimiento bolivariano siempre cuidó que su principal comprador, los Estados Unidos, no mezclara nada con el crudo de sus yacimientos. Aunque parezca contradictorio, así es la política, un juego de intereses y de visiones geopolíticas.

La visión de Donald Trump fue muy sencilla: Maduro es un dictador, hay que aislarlo. Además, decía sin vueltas el ex presidente, el aliado era el presidente de Colombia Iván Duque y les daría una mano. De hecho, la dio. Y hasta formó parte de un intento muy precario de golpe de Estado que fracasó. Pero, sobre todo, a Duque lo relevó Gustavo Petro, quien restableció relaciones diplomáticas con Caracas. El resultado: tienen en marcha proyectos de integración energética y abrieron las fronteras entre ambos países.

Las sanciones de los Estados Unidos a Venezuela comenzaron con Barack Obama en 2014. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca hizo que escalaran. En abril de 2019, la Casa Blanca sancionó a más de 150 empresas, embarcaciones y personas, además de revocar las visas de 718 individuos asociados al gobierno de Maduro. Congelaron cuentas de personas y empresas, prohibieron transacciones, confiscaron bienes, embargaron armas y prohibieron viajes. Cuánto tuvo que ver esto con la crisis social, migratoria e inflacionaria de Venezuela es un análisis difícil. Pero, sin dudas, pesó. Cuánto se hace la distraída la Casa Blanca en este nuevo contexto donde avanzan las relaciones entre ambos países, también pesa.

Lo cierto es que en 2024, oficialismo y oposición van a concurrir a comicios presidenciales y de renovación de autoridades regionales y legislativas. Para eso, se reúnen líderes chavistas con opositores desde fines de 2022 en Ciudad de México con participación de observadores noruegos. Al mismo tiempo, tanto Washington como Caracas hablan de algún encuentro entre Biden y Maduro, pero antes deberían reestablecer embajadores en sus respectivas sedes diplomáticas. Las relaciones se rompieron totalmente cuando Guaidó fue reconocido como “presidente encargado” a principios de 2019.

Maduro debería mostrar otra política internacional si quiere distender las relaciones con Washington. Ni Irán ni, sobre todo, Rusia, aliados estrechos del gobierno bolivariano, son aceptados por la Casa Blanca.

A principios de año, Maduro dijo en declaraciones televisivas que estaba “totalmente” preparado para normalizar las relaciones con la Casa Blanca. Pero no hubo reciprocidad. Anthony Blinken mueve las piezas tanto con el oficialismo como con la oposición venezolana y Biden no dio muestras de terminar con las sanciones, cosa difícil en el marco de una guerra que tiene al principal socio de la OTAN, los Estados Unidos, como aliado de Ucrania y a Caracas apoyando a Vladimir Putin.

Uno de los más prestigiosos diplomáticos de Washington, el halcón Henry Kissinger, que vivió todas las turbulencias, dice en sus memorias que en una negociación se puede entregar un salame entero o también se lo puede cortar en fetas. Nada indica que Blinken, que algo aprendió del veterano jefe del Departamento de Estado, quiera dejar de cortar feta por feta.

Un punto que se anotó Maduro es que las negociaciones del gobierno colombiano con el escurridizo ELN y otras cuatro formaciones armadas, con más vínculos con el narco que historia de luchas guerrilleras, haya pasado de Ciudad de México a Caracas. Hay un dato clave: el oeste venezolano es una de las retaguardias más importantes del ELN. Si Maduro se compromete con la búsqueda de esa pacificación deberá mostrarle al mundo que colaborará activamente con el desarme del ELN. Para Gustavo Petro sería un gran alivio. Y para Biden, una muestra para que el jefe de su diplomacia corte alguna feta más de salame.

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