10 de enero de 2014 21:04 hs

Según el libro, el primer filme censurado de la historia del cine fue The Mary Irwin Kiss (Estados Unidos, 1896) dirigido por William Heize y producido por Thomas Alva Edison, dato que además de revelar una faceta poco conocida del inventor estadounidense, pone en evidencia que el séptimo arte fue ya desde sus inicios visto como un peligro para las sanas costumbres.

Más de 100 años después, el cine es todavía mirado con lupa por nuevos adalides de la seguridad pública. No son pocos los países donde aún funcionan maquiavélicos procedimientos de censura (sobre todo en Oriente), que en algunos casos pueden significar la no exhibición del film y en otros la encarcelación de un determinado director o productor, si la obra no convence a las autoridades competentes o el autor no accede a cortar los fotogramas que se le indican.

En Occidente, y especialmente en Estados Unidos, los métodos represivos de antaño (Código Hays, varias ligas de moral pública, las listas negras del senador McCarty) quedaron atrás, dando paso a una suerte de autocensura sin culpables. Porque en una sociedad escaneada sin límites como la americana, toda obra que ve la luz es, en cierta medida, un tiro calculado y medido.

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Pero todavía existen censuras formales en Occidente. Un ejemplo es la estigmatización de aquellas películas donde los protagonistas fuman tabaco. Tampoco es un secreto que una película que habla en contra de las fuerzas armadas estadounidenses tendrá difícil acceso a materiales bélicos para su filmación, debiendo arrendarlos a privados, a un costo mucho mayor del que consigue una película “amiga”. O que las cintas que hablan mal de los soldados y los generales no serán vistas en los cuarteles por las tropas subalternas.

A diferencia de Homero Alsina Thevenet, que centró su atención en los excesos represivos practicados en Estados Unidos, Manuel Martínez Carril opta por analizar la censura en Uruguay entre 1950 y 1985, ya que el autor considera que desde esa fecha no existe censura sobre lo que se proyecta en el país.

Además de entretenido para todo amante del cine, el libro es una precisa radiografía de una sociedad que así como pasó de escuchar a Palito Ortega a escuchar The Beatles, debió ajustar su sensibilidad para dar el salto de las películas de Armando Bó con Isabel “La Coca” Sarli, a las algo más complejas pero también eróticas historias de Ingmar Bergman.

De la lectura del libro se desprende que entre 1950 y 1975, la censura fue básicamente moral, centrada en esos filmes que de alguna manera transgredían una nunca bien explicada línea que dividía lo sano de lo inmoral. El sexo era el gran enemigo. Mientras que durante el período que duró la dictadura uruguaya, la censura era más que nada ideológica, aunque quedaran vestigios de la anterior.

La lista de películas que detalla Martínez Carril va desde Un verano con Mónica a Último tango en París, de La Patagonia rebelde a La guerra ha terminado, de El imperio de los sentidos a The Wall pasando por El silencio, y explica en cada caso qué ocurrió con su exhibición (o no) en Uruguay. El libro también está salpicado de buenas anécdotas, como la que cuenta cómo la Policía, a pedido de la intendencia, retiraba al hombro de un cine los 40 kilos de cinta durante la proyección en Montevideo de 491, de Vilgot Sjöman. O las transcripciones de varias polémicas que tuvieron a destacadas personalidades del país discutiendo el asunto de la censura. Historia, arte, moral y política, todo junto en un libro disfrutable y ameno. l

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