Pueblos colgados del cielo

Saint Jean Pied de Port y Saint Étienne de Baïgorry, cuna ancestral en los Pirineos

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27 de septiembre de 2017 a las 05:00

En los Pirineos franceses, no lejos de la frontera con España, hay un bello pueblo llamado Saint Jean Pied de Port (San Juan al Pie del Puerto). Tiene un río de aguas frías, el Nive o Errobi, que baja de las montañas, un puente de arco romano, una fortificación reconstruida, un cementerio viejo y otro nuevo, y 1.500 pobladores.

Saint Jean Pied de Port podría ser uno más entre los hermosísimos pueblos europeos. Pero no para mí. Desde allí, y desde un pueblo contiguo, Saint Étienne de Baïgorry, a fines del siglo XIX partieron los ancestros de mi madre y de mi padre rumbo a América del Sur.

Las viviendas rurales son siempre grandes, blancas, con techos de teja y puertas y postigos rojos sang du bœuf (sangre de buey).

Viendo semejante belleza, uno se pregunta cuán mal debieron estar las cosas en el siglo XIX para que una buena parte de sus hijos lo dejaran todo y navegara hasta 10.000 kilómetros hacia una tierra desconocida en el fin del mundo.

Harto de esta suerte

Durante el siglo XIX y principios del XX, Europa expulsó decenas de millones de personas. Los vascos, como tantos otros pobladores de Europa –desde rusos a irlandeses, pasando por judíos del Báltico, suecos o paisanos de Italia– huían de la falta de oportunidades y la discriminación, cuando no del hambre liso y llano. Hallaron paz, alimento y una nueva patria en las colonias o ex colonias de América, África del Sur y Oceanía. Ese gigantesco éxodo alivió partes de las tensiones europeas y expandió su cultura hasta los confines.

En un museo de Bilbao se exhiben unas coplas populares que lo dicen todo:

  • Me marcho a América por voluntad propia
  • con la esperanza de vivir mejor que aquí.
  • Es que estoy tan harto de esta suerte...
  • Adiós padre y madre, que viváis bien.
  • Ya tengo un hijo allá en América
  • que partió hace seis años;
  • si acaso te encuentras con él,
  • dile que aún el padre vive.
  • Tomo café dos veces al día;
  • paseo a caballo cuando me place;
  • no me falta comida ni bebida, ni qué decir salud.
  • Padre, ¡si todo eso fuera en Donostia!

La emigración vasca se dirigió a América Latina, en especial al cono sur, aunque también llegó hasta California y Alaska.

Los vascos en Uruguay y Argentina

Pastores de los valles pirenaicos y de Vizcaya comenzaron a emigrar al Río de la Plata entre 1820 y 1830. También había picapedreros, herreros y pescadores.

Varios miles de vascos llegaron a Montevideo durante la Guerra Grande; aunque el flujo fue particularmente fuerte entre el fin de ese conflicto, en 1851, y el Militarismo (1876-1890).

Tanto el gobierno uruguayo como empresas privadas pusieron en práctica programas para atraer inmigrantes europeos y radicarlos en la tierra. Los vascos, con fama de duros y rectos, pronto fueron propietarios de ganados y tierras en las interminables y desiertas llanuras del Río de la Plata. Se estima que casi el 10% de la población uruguaya contemporánea tiene ancestros vascos.

Aldea y paisaje rural del País Vasco
 Aldea y paisaje rural del País Vasco
Aldea y paisaje rural del País Vasco

Las provincias vascas del lado francés de los Pirineos quedaron casi despobladas por la emigración. Los vascones desertaban en masa del ejército de Francia, que no sentían como su patria, dejaban su pedazo de tierra a los hermanos mayores, según las reglas del mayorazgo, y se embarcaban en Bordeaux, Bilbao o San Sebastián (Donostia).

En Laia Chocolaterie, en la rue de l'Église de Saint Étienne de Baïgorry, cuentan que todos los pobladores de la cercana región de Aldudes, una ladera de piedra cerca de la cima de los Pirineos, emigraron a América antes del 900. Primero se marcharon dos o tres, los pioneros y exploradores, y luego llamaron a los demás.

Bernadette y Michel Arreguy, quienes aún conservan la casa solariega construida en 1840, saben historias de los parientes emigrados a América en los tiempos de infortunio.

El Camino de Santiago francés

Como indica su nombre, San Juan está al pie del puerto: un paso de montaña. No debe confundirse con el antiguo pueblo de pescadores Saint Jean de Luz, ahora un hermoso balneario sobre el mar Cantábrico, a 60 kilómetros al noroeste.

En Saint Jean Pied de Port, al pie de un paso en los Pirineos, nace el camino de Santiago francés, la ruta que tantos peregrinos han recorrido durante siglos, como la recorrieron ejércitos y contrabandistas.

La frontera con España se cruza por Arneguy, a ocho kilómetros, rumbo a Roncesvalles y Pamplona. En Roncesvalles, en el siglo VIII, los vascones emboscaron al ejército de Carlomagno, lo que se narró siglos después en el poema épico Chanson de Roland.

Los peregrinos contemporáneos –una numerosa banda de creyentes, místicos, aventureros, curiosos y deportistas– recorren a pie o en bicicleta unos 800 kilómetros a través de los Pirineos, Navarra, La Rioja, Burgos, Palencia, León, Burgos y La Coruña, antes de llegar a Santiago de Compostela, donde los católicos veneran reliquias del apóstol Santiago el Mayor.

Las personas de buena voluntad que atienden la oficina Amies du Chemin de Saint Jacques, en la rue de la Citadelle, cuentan que el número de peregrinos creció mucho luego que en 2010 se conociera la película The Way (El Camino), de Emilio Estévez y Martin Sheen.

Una tarde de primavera Saint Jean hierve de peregrinos de todas las naciones europeas, jóvenes y viejos, con sus mochilas, cayados y promesas de aventuras. El sol brilla, el terreno luce muy verde y el sendero empinado es un desafío.

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