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Pueblos de piedra y memorias de diamantes

Pequeñas joyas en el interior del Estado de Bahía (II)

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20 de septiembre de 2017 a las 05:00

El pueblito de Igatú, en las profundidades del Estado de Bahía, permite entrever la dura vida de los garimpeiros, hombres rústicos que desde mediados del siglo XIX explotaron los diamantes en el nordeste de Brasil.

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Mucugê vestida para Sâo Joao

Igatú o Igatu ("río bueno" en lengua tupí) está metido en las sierras de la Chapada Diamantina, que puede traducirse libremente como "meseta del diamante", una enorme comarca agreste, con una superficie que equivale casi a la cuarta parte del territorio uruguayo. Incluye un parque natural muy extenso, tanto como tres veces la superficie del departamento de Montevideo, rodeado por una constelación de poblaciones pintorescas.

La edad del diamante

La Chapada Diamantina dista casi 500 kilómetros de Salvador, la capital del Estado de Bahía: más de seis horas en automóvil y 10 en ómnibus de línea. Se accede por buenas carreteras que transcurren desde la mata atlántica, relativamente verde, hasta la caatinga enmarañada: enormes extensiones de arbustos leñosos y plantas trepadoras sobre una tierra seca y amarilla (sertão). El territorio semi-árido de buena parte del interior bahiano recibe pocas lluvias y de distribución irregular.

La búsqueda de diamantes en Brasil ya era intensa en la época colonial, a inicios del siglo XVIII, en zonas como Minas Gerais, Goiás o Mato Grosso.

En 1844 se hallaron diamantes en las sierras de la Chapada Diamantina, en el centro de Bahía, lo que provocó un gran éxodo de buscadores de fortuna hacia esa región casi deshabitada.

Los diamantes más valiosos se destinan a joyería y los de menor valor se utilizan para endurecer las piezas de corte y pulido, desde discos o brocas hasta bisturíes.

El auge del diamante en Bahía, como el del caucho en la Amazonia, hizo florecer algunas ciudades extravagantes, con ricos rústicos que deseaban imitar los modos de París, y pobres apenas sostenidos por la esperanza.

51-Igatú para turistas
Igatú para turistas
Igatú para turistas

La joya de la Chapada fue Lençois, una ciudad célebre por su opulencia. Y luego estaban los pueblos pobres, habitados por mineros, muchas veces esclavos, y sus familias. (Brasil fue el último Estado en abolir la esclavitud: en 1888).

El auge de la extracción del diamante brasileño se registró a inicios del 900, cuando la construcción del canal de Panamá, que demandaba gran cantidad de herramientas para cortar piedras.

La extracción de diamantes en Sudáfrica, y más tarde, en la década de 1950, el inicio de la producción de diamantes sintéticos o artificiales, en base a alta presión y alta temperatura, provocaron una caída del precio de las piedras bahianas y la abrupta decadencia de sus minas.

Una aldea de piedra

El pueblo de Igatú, también conocido como Xique-Xique de Igatu, o Ciudad de Piedra, se asentó en las laderas de las sierras de la Chapada Diamantina. Está mimetizado entre las serranías, al final de una calzada larga y sinuosa.

Sus casas originales, hoy en ruinas, tenían paredes de la piedra del lugar sin argamasa y techos de hojas vegetales. Cada vivienda incluía un pequeño terreno demarcado por cercos de piedras, similares a los que se ven en los campos uruguayos sobre la cuchilla de Haedo o la cuchilla Grande. Los moradores cocinaban en un fogón de piedras y dormían sobre tarimas sin colchón.

Los pueblos de garimpeiros se vaciaron a partir de la década de 1940.

Igatú, que llegó a contar 9.000 pobladores, en la década de 1970 apenas tenía un centenar. Fue un fantasma temeroso de sí mismo. Las viejas casas de piedra y sus corrales comenzaron a derrumbarse.

En los últimos años, una parte de Igatú resucitó gracias al turismo, a los deportes de serranías y al misticismo ecologista. Sus 409 habitantes de hoy ocupan casitas apretadas, revocadas y pintadas, con techo de tejas, puertas y ventanas pequeñas y primorosas cortinas exteriores en días festivos.

A fines de junio Igatú refulge, cubierto de banderines de colores, para celebrar la fiesta de Sâo Joao, cuando los bahianos se instalan en los pueblos del interior para pasear, beber y bailar forró, un género popular de aire campesino que se basa en el acordeón y las letras amorosas o costumbristas.

Una de las capitales agrícolas

La ciudad de Mucugê, que debe su nombre a una planta del lugar y está a unos 23 kilómetros de Igatú, es mucho más grande, de más fácil acceso y tiene un empaque más formal. Contiene una amplia oferta de servicios públicos y privados, desde reparticiones estatales y banco hasta una respetable variedad de iglesias, acorde a la interminable religiosidad del pueblo brasileño. El cementerio bizantino, con sus tumbas blanquísimas en la ladera de un cerro que semejan pequeñas iglesias, es uno de los orgullos de los lugareños, tanto como para que se lo ilumine fantasmagóricamente por la noche.

Mucugê, que tiene unos 5.000 pobladores, es bonita y aseada. Su arquitectura de aire antiguo y portugués recuerda a la Colonia del Sacramento.

Sus calles de piedra bruta, cubiertas por los banderines de Sâo Joao, están bordeadas de casas prolijas, pintadas de colores vivos, con cortinas exteriores que las hacen parecer juguetes. La bordea el río Paraguaçu, todo un lujo en un sitio pedregoso y más bien estéril.

El clima es moderado a fresco gracias a la altura, que ronda los 1.000 metros sobre el nivel del mar. En invierno la temperatura oscila entre 22 y 23 grados al mediodía, y baja hasta los 14 o 15 grados por la noche.

La ciudad recibe cada vez más turistas que aprecian su sencillez y amabilidad, se hospedan en posadas y exploran los senderos (trilhas) de las sierras, que esconden algunos ríos de vértigo y bellas cascadas (cachoeiras).

La región es relativamente próspera, pues vive de las enormes plantaciones agrícolas que se hallan más hacia el oeste, como quien va hacia Tocantins o Brasilia, que producen mares de soja, mandioca, maíz, frijoles. De los diamantes de la Chapada solo quedan ruinas, cuentos y supersticiones.

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