La paz pende de un hilo. El mundo vive su hora más menguada desde la Segunda Guerra Mundial. Después de semanas de negarlo, el gobierno ruso de Vladimir Putin lanzó un ataque total sobre Ucrania que ha disparado las alarmas y provocado la condena de casi todas las capitales de Occidente.
El líder ruso engañó a todo el mundo. Hasta ayer, no solo lo negaba, sino que tanto él como su canciller, Sergei Lavrov, y otros jerarcas del Kremlin calificaban de “histeria” las versiones de prensa que apuntaban a una posible invasión de Ucrania.
Además, ninguneó por completo al presidente de Francia, Emmanuel Macron, al canciller de Alemania, Olaf Scholz, y a todos los líderes que lo visitaron durante este trance en Moscú –incluidos Alberto Fernández y Jair Bolsonaro– y que ahora condenan a coro su acto de barbarie.
No es para menos. En estos momentos, las cadenas internacionales transmiten las imágenes de los bombardeos, y no solo sobre objetivos militares, como ha asegurado el gobierno ruso, sino también civiles (se han mostrado edificios de vivienda derrumbados); la gente en Kiev corriendo para guarecerse en las estaciones del metro y en refugios antiaéreos; y miles de familias huyendo hacia Polonia, con niños, con ancianos… ¿Qué necesidad había de toda esta bestialidad?
Ahora el mundo condena a Putin. Ahora les ha dado la razón a sus enemigos. Y hasta ha puesto a su país, y a sí mismo, en una situación muy comprometida. De esto solo puede haber tres salidas: o se queda en Ucrania, tal vez hasta lograr instalar en Kiev un gobierno adicto; o se anexiona solo las provincias separatistas del Donbás; o se tiene que batir en una retirada humillante si es que no resiste la presión internacional. Todas son malas para él y para Rusia, incluida la primera.
En cualquier caso, el motivo ulterior de esta agresión no lo conocemos del todo. No creo que la idea de Putin sea la ocupación total de Ucrania. Más bien su intención parece ser debilitar al gobierno de Volodimir Zelenski a fin de propiciar el ascenso de algún líder prorruso. El cambio de régimen en Ucrania ha sido un deseo de Putin desde que en 2014 perdió a su aliado más preciado en Kiev, el derrocado gobierno de Viktor Yanukovich.
La cuestión es cómo lograría eso; y, sobre todo, quién sería ese líder. En este momento no hay ningún político de esas características en Ucrania que pueda recibir el apoyo de la ciudadanía. Así que si Putin logra imponer a alguien, sería solo mediante una ocupación. Y eso después del 2014 es sencillamente insostenible. De modo que lo más probable que veamos de ahora en más entre Moscú y Washington en Ucrania sea algo muy parecido a eso que los teóricos de la geopolítica llaman “Chicken game” (el juego del gallina), y que usted habrá visto tantas veces en las películas de Hollywood cuando dos autos se enfrentan a toda velocidad en direcciones opuestas y, si ninguno de los dos cede, puede pasar lo peor. En la Teoría de Juegos, eso puede resultar inofensivo. En geopolítica, puede acabar en un holocausto nuclear.
Así las cosas, asistimos a un momento histórico sumamente peligroso; y por lo que estamos viendo de Putin, lo peor no se puede descartar.
En rigor, los próximos pasos de ambos parecen difícil de anticipar. De momento, la represalia por parte de Washington y sus aliados europeos será solo de carácter económico. Eso es lo que dijo el presidente Joe Biden en la conferencia de prensa del jueves, donde se reafirmó en su promesa de que no enviará tropas de Estados Unidos a Ucrania.
Las sanciones impuestas a Moscú son extremadamente severas, pero no llegaron a desconectar a Rusia del sistema financiero internacional, conocido como SWIFT, como muchos pedían y anticipaban. Además de que el régimen de Putin tiene muchísimo dinero. En los últimos diez años ha amasado cantidades astronómicas de divisas, y está sentado sobre 630 mil millones de dólares en reservas.
De todos modos, la economía del país se verá seriamente afectada. Y los bancos y las grandes empresas rusas van a sufrir, con sus miles de millones de dólares en activos en el exterior congelados, sobre todo en el Reino Unido, y el resto de la batería de sanciones que, según Biden, en su conjunto son mucho peor que un desenchufe del SWIFT.
La otra incógnita es cómo va a responder China si la agresión rusa se prolonga en el tiempo y estas escenas desgarradoras de los ucranianos se empiezan a repetir en los noticieros del prime time y a viralizar en las redes. Hasta ahora la reacción de Beijing ha sido cauta, limitándose a hacer “un llamado a ambas partes a ejercer la moderación y evitar que la situación se salga de control”. Un revés que también se debe anotar al error estratégico de Washington de antagonizar a ambas potencias a la vez, propiciando así que se junten en su contra. En 2014 China condenó en términos inequívocos la anexión de Crimea por parte de Rusia, y hasta la fecha no la reconoce como legítima. Pero ahora, no iba a ir en contra de su flamante aliado.
En cuanto a la India, Biden fue interrogado al respecto durante la conferencia de prensa y dijo que todavía estaba en consultas con el gobierno de Narendra Modi. “No lo hemos resuelto todavía”, contestó saliendo del paso; lo que habla a las claras de una negativa en Delhi a enemistarse con Moscú. Otro punto en contra de la diplomacia de Estados Unidos. Aunque con el misil que Putin se acaba de disparar en los pies, todas son buenas ahora para Washington. Solo esperemos que el ruso no se los siga lanzando a los ucranianos.