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5 de noviembre 2019 - 15:09hs

Pasó una semana de las elecciones. Los partidos que van al balotaje hicieron sus primeras movidas y la Corte Electoral está a un paso de terminar el escrutinio final para que queden firmes quiénes son los 129 legisladores electos. Con todas esas herramientas estamos en condiciones de pasar en limpio las cosas que ya sabemos de cómo será el próximo gobierno. 

Lo que falta, que no es para nada menor, es quién gana el balotaje y se queda con el control del Poder Ejecutivo. Pero el Parlamento electo dice muchas cosas sobre lo que pasará.

 

Serán años turbulentos o de gran inmovilismo político

Venimos de un quinquenio con un gran inmovilismo gubernamental. La paradoja es que ese escenario se dio pese a tener a un partido de gobierno con mayoría parlamentaria. El bloqueo no fue político, sino por falta de voluntad del presidente luego de una fuerte conflictividad tras unos primeros meses en los que sí hubo intenciones de realizar transformaciones, sobre todo en el ámbito educativo.

Con la nueva administración, sea del signo que sea, lo que parece claro es que hay intenciones –y necesidad– de hacer cosas y aprobar cambios. Pero la composición política del Parlamento que dejó las elecciones de la semana pasada –sin mayoría para ningún partido– abre el terreno para que se vengan años de mucha tensión. Ese es el escenario más probable.

La alternativa es un inmovilismo político, pero no por una intención deliberada sino por falta de acuerdos.

Por tanto una primera conclusión es que las elecciones del domingo 27 obligan a que el sistema político y sindical uruguayo demuestre que está maduro para enfrentar los desafíos que tendrá por delante. De lo contrario serán épocas muy complicadas para el país.

Qué aprobará el Parlamento y qué no

La hoja de ruta que la oposición está a punto de cerrar en estas horas –a la que sin dudas le falta bajar a tierra muchas ideas que allí están solo a modo de punteo– se va a ir transformando en leyes desde marzo del año que viene. Eso es un hecho y no depende del resultado del balotaje. 

Lo que se está jugando estos días mientras blancos, colorados, cabildantes negocian –junto con el Partido Independiente y el Partido de la Gente– no es solo importante en caso que Lacalle Pou gane el balotaje. Si logran cerrar un acuerdo programático como el que se vislumbra, eso marcará la agenda legislativa de los próximos cinco años. Porque esos tres partidos juntos tienen una mayoría para aprobar leyes.

Y las elecciones de la semana pasada también nos dan otra respuesta: las leyes que seguro no saldrán. Si tomamos el programa del FA aprobado en diciembre del año pasado, hay varias cosas que ya sabemos que están descartadas.

Solo punteo aquí algunos ejemplos de frases del programa del FA que seguro no se aprobarán en el Parlamento:

  • Continuar aumentando gradualmente la participación de los impuestos a la renta y a la riqueza respecto de los impuestos al consumo.
  • Realizar cambios al IRPF categoría 1, en el sentido de aumentar el aporte tributario que realiza el capital.
  • Disponer de parte de las reservas internacionales en la línea de contribuir con el desarrollo del país productivo.
  • Implementar un impuesto a las herencias elevadas, exonerando del gravamen a los hogares de los estratos bajos y medios.
  • Ley General de la Economía Social y Solidaria que declare sus principios, entidades y formas, su organización y fundamentalmente la promoción a través de las compras públicas, permitiendo una mayor equidad a partir de la acción del Estado en la distribución de bienes.
  • Fortalecer al Fondes volcando los recursos económicos comprometidos en su ley de creación.

Esos son solo ejemplos del capítulo impositivo. Pero hay muchísimas ideas del programa del FA que, procure la alianza con el partido que sea, no tendrá los votos para aprobarlos.

Entre un gobierno a puro veto y otro negociando cada micropaso

Si uno lo mira así, no hay dudas de que el Frente Amplio es el que la tiene más complicada para gobernar en caso de ganar el balotaje. No tendrá votos propios para aprobar su programa, es muy probable que el Parlamento le apruebe leyes contrarias a lo que pretenden y en ese caso el presidente Daniel Martínez debería usar el veto presidencial de manera habitual.

La última vez que se usó esa herramienta por temas de fondo en Uruguay fue durante la primera administración de Tabaré Vázquez. El 12 de noviembre de 2008 el presidente observó algunos de los artículos de la ley del aborto. Luego Vázquez hizo observaciones pero sobre aspectos formales o errores de redacción de algunas normas jurídicas, como por ejemplo a la ley de partidos políticos en 2009. Mujica, en el siguiente período, se comprometió a no vetar ninguna iniciativa parlamentaria.

En caso de que gane Martínez, con la composición del Parlamento que quedó instrumentada, deberá revivir la herramienta del veto.

Esa no es una situación nueva en el país.

Camilo Dos Santos

Julio María Sanguinetti –durante su primer mandato– y Luis Alberto Lacalle lo usaron 24 veces cada uno. El líder del Foro Batllista lo utilizó cinco veces en el segundo mandato; y Jorge Batlle, 11.

Según un estudio del Instituto de Ciencias Políticas, la mayoría de los vetos se aplicaron al final de los períodos de gobierno, cuando caían los acuerdos de coalición, se acercaban las elecciones y los diferentes partidos buscaban sus perfilismos.

En el año final de la administración Lacalle, los blancos no contaron con mayoría parlamentaria y el presidente se vio en la necesidad de aplicar el veto a 15 leyes, de los cuales ocho fueron levantados.

El Parlamento puede levantar un veto presidencial, pero para ello se requiere una mayoría especial que blancos, colorados y cabildantes no tendrán. Por tanto Martínez tendría, en caso de ganar, una minoría parlamentaria que le permitiría sostener sus vetos.

Ese escenario es muy cercano al de la parálisis. Con un Poder Ejecutivo jugado a gobernar con decretos, con la limitación que ello tiene. Pero el FA argumenta que hay otro camino: lograr acuerdos puntuales, ley a ley. Además pretende, en caso de ganar el balotaje, un acuerdo con Ciudadanos de Ernesto Talvi. Con los votos que tendrá en el Parlamento el sector del excandidato colorado le alcanza al FA para llegar a 16 senadores y 50 diputados, siempre que el escrutinio departamental que termina en estas horas confirme los 42 diputados del FA, dado que tiene dos en riesgo.

Pero ese escenario también es complejo de imaginar. ¿Talvi estará dispuesto a romper al Partido Colorado? Formar un acuerdo de mediano plazo entre Ciudadanos y el FA es inviable desde el punto de vista político si el economista quiere ser candidato por los colorados en el próximo período. Necesita al PC unido y no quebrarlo con un pacto que el ala liderada por Sanguinetti no acompañaría. Podrá sí votar algunas leyes puntuales, pero difícilmente un acuerdo más amplio.

Si Martínez deberá gobernar con el veto abajo del brazo en caso de ganar, Lacalle Pou lo hará acordando cada milímetro y además con un matafuego en la mano.

Tal como declaró la semana pasada en varios medios, la ciudadanía no le dio a su partido más que el liderazgo del bloque opositor. Pero para que ese bloque se mueva en determinadas direcciones deberá acordar cada paso.

Leonardo Pereyra me recordaba el otro día cómo Sanguinetti consideraba, durante su segunda administración, al líder blanco Alberto Volonté como una especie de “primer ministro”. Cada declaración pública o cada movimiento político que daba lo conversaba con él. Allí radicó la estabilidad de la coalición más fuerte que mostró Uruguay desde la restauración democrática.

En caso de ganar, Lacalle Pou deberá hacer lo mismo, aunque con una complejidad adicional: no tendrá que hablar y acordar cada uno de esos pasos con un solo socio, sino con al menos dos, Talvi y Guido Manini Ríos. Y ellos dos, a la vez, tienen diferencias ideológicas importantes.

Deberá también tener un bomberito en la mano para atender la conflictividad sindical. El viernes la vicepresidenta Lucía Topolansky dijo algo polémico en entrevista con la agencia rusa Sputnik: "El primer año de gobierno de una coalición de derecha generará una enorme movilización social; me parece muy dudoso que esa coalición pueda resistir, eso va a generar mucha inestabilidad en Uruguay, en un momento en que la región está inestable (...) ante estos riesgos, vamos a salir a recorrer todo el país para poder explicarle a la gente con claridad estas cosas”.

Dejando de lado –si es que se puede– la gravedad de la amenaza de Topolansky, una parte de lo que dice es verdad. Con o sin manija del FA, el movimiento sindical le hará la vida imposible a Lacalle y su coalición en caso de ganar. Y ese también será un desafío gigante para el próximo gobierno.

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