6 de julio de 2011 16:43 hs


“Donde me permitan dejar las cosas, allá voy”. Pocas frases sintetizan tanto la visión de las personas en situación de calle consultadas por El Observador, como la elegida por Catalicio Cardozo, un hombre de 65 años que desde hace 10 vive en la calle.

La coherencia de sus palabras, las expresiones que elige, su modo educado y la disponibilidad con la que habla realmente sorprenden, si se tiene en cuenta, el abandono en el que estuvo sumergido en esta última década.

Este martes lo vino a buscar una camioneta del Ministerio de Desarrollo Social (Mides), pero no quiso subirse. Hacerlo significaba desprenderse de sus pertenencias que incluyen un viejo colchón, varias bolsas de ropa que recientemente le regalaron y algunos utensilios para cocinar. A todas ellas las mantiene guardadas celosamente debajo del Puente Sarmiento donde se gana la vida cuidando coches.

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“Si realmente tuviera la necesidad de ir a un refugio lo haría, pero mientras pueda aguantar prefiero quedarme cuidando mis cosas”, contó.
Para él, es una falla que los refugios solo estén abiertos durante el invierno. “Quienes estamos en la calle necesitamos un techo todos los días del año y no solo durante el frío”, comentó.

Sobre la Rambla República Argentina y Carlos Morales, el frío hará oír otra voz. Es la de Sergio, un hombre que hace siete años que vive en la calle. A las 12.30 horas está en plena actividad lavando las ventanillas de los autos que paran en la esquina. A pesar del frío paralizante que sopla a su alrededor, el hombre tiene humor suficiente para realizar graciosos movimientos corporales que lo hacen ver como un showman.

“No me vinieron a buscar pero tampoco iría”, declara efusivamente. A su costado están todas sus pertenencias: una gran mochila de acampante, una botella de agua, el balde y las herramientas para limpiar. En esa esquina, consigue ganar $150 por día y sabe que a la noche lo espera algún rincón en los edificios que miran a la rambla.

Por este motivo, al igual que Cardozo, no estaría dispuesto a ir a un refugio del Mides “por más frío que haya”. Alguna vez ya los probó, y descubrió que al día siguiente les faltaban sus pertenencias. “Además la calle te vuelve un hombre solitario. El hecho de que funcionen de ocho a ocho, te limita todo. Yo necesito trabajar hasta más tarde”, argumentó. Pero su resistencia a los refugios no es absoluta. De hecho, contó que estaría dispuesto a pagar $50 por día, si algún lugar le permitiera tener un casillero para guardar los objetos de su propiedad.

Quizás por opiniones similares a las de Sergio y Catalicio, para muchos vecinos la medida del Mides se reflejó poco y nada en el contexto montevideano.

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