29 de junio de 2012 19:23 hs

Gracias a la bonanza económica latinoamericana (donde las entradas para los conciertos son absurdamente caras) y la debacle económica del primer mundo, Buenos Aires se ha convertido, sin ser Londres o Berlín, en una plaza musical que nada tiene que envidiar a cualquier ciudad europea.

Es en este contexto que el público compra cualquier concierto extranjero, al igual que allá, sin detenerse a preguntarse si es bueno o malo. Lo importante es consumir lo que venga del norte: lo que está de moda, lo viejo, todo. Consumir. Pero entre tantos shows y conciertos mediocres (pero eso sí, internacionales) algo bueno tenía que llegar; una banda joven en su mejor momento: The Horrors.

Estos jóvenes ingleses toman el legado de la cultura rock que nació con The Beatles pero evitan repetirse, intentando (y logrando) tres discos muy diferentes. Sin haber cumplido los 25 años reafirman uno de los legados más importantes del pop: el de vivir el presente, de cara al futuro sin dejar de mirar al pasado. En fin: que sin ser vanguardistas suenan actuales, frescos, encantadores. The Horrors trae la música de los ochenta con buen gusto y actitud; y no se parecen a nadie. Se podrían nombrar infinidad de bandas como referencia pero sería injusto pues no se parecen a ninguna: son realmente personales.

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En la Trastienda de Buenos Aires el público muy joven no masivo (unas 800 personas) nos muestra otro síntoma de ésta época: una banda pop tan buena en el pasado hubiera llenado estadios pero ahora tocan para un nicho, para uno de los cientos de pequeños nichos globalizados. Las nuevas formas de circulación y difusión de bienes culturales está generando pequeñas audiencias no masivas difuminadas a lo largo de todo el globo. Quizá el aliciente sea un futuro sin mega eventos de estadios; una generación de pequeños artistas y artesanos que nos traen su música en una dimensión humana, agradable para la percepción, disfrutable en su intimidad.

The Horrors es una de las bandas más infladas por la prensa en todo el mundo y es agradable, por una vez, confirmar que el globo no se pincha. Tienen actitud, hambre e inocencia; son buenos de verdad. Sin ser virtuosos hacen su trabajo con entrega, con una sonrisa surcando sus rostros, incluso con algo de arrogancia, con la presencia física del placer en sus cuerpos. Jóvenes concientes de su estado de felicidad, de saber que están haciendo lo que les gusta hacer: tocar música. El tiempo dirá si seguirán en la línea innovadora disco a disco como han hecho con mayor o menor suerte artistas como Björk o Radiohead o si caerán en la trampa de la fama y el aburguesamiento de estrellas como U2 o Coldplay. Hoy por hoy suenan excitantes: el futuro ya llegó.

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