7 de abril 2015 - 18:39hs

Si hay algo peor que estar en un campo de refugiados de guerra, es que ese lugar esté cercado y no se permita el ingreso de ningún tipo de suministros. Pero aún puede suceder algo más terrible, y es que comiencen los bombardeos. Eso sucede ahora mismo en Yarmuk, un campo de refugiados que en su origen fue habitado por palestinos en Siria que es atacado desde 2012 por fuerzas leales al presidente Bachar al Asad, y para el cual el Consejo de Seguridad de la ONU exigió el acceso humanitario de manera urgente para evitar más muertes por falta de atención.

Yarmuk es solo un ejemplo de tantos otros casos que elevan la cifra de sitiados a más de 640.000, y que saltó esta semana a los titulares cuando se conoció que los extremistas del Estado Islámico comenzaron a bombardearlo, en el marco de su campaña por instaurar un califato en zonas de Irak y Siria. Ayer la ONU hizo un nuevo llamado para que se permita a los actores humanitarios ingresar a la zona y asistir a los civiles. Esto agrega más drama a una crisis que ya existe en la zona desde hace cinco años.

Al comienzo del conflicto sirio, en marzo de 2011, más de un millón de personas se refugiaron en ese campo administrado por la ONU. De esa población, cerca de 160.000 eran de origen palestino.

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Los bombardeos de los leales a Al Asad y de sus detractores cayeron también sobre esta zona y muchos comenzaron su éxodo. En diciembre de 2012 el régimen comenzó a penetrar en el campamento y lo sitió de forma definitiva a mediados de 2013, cuando prohibió toda entrada o salida de personas, alimentos o suministros, y comenzó a controlar con francotiradores. Unas 18.000 personas, especialmente mayores o con limitaciones físicas, no lograron escapar y siguen allí encerrados y a merced de los bombardeos, que ahora provienen de otros bandos pero afectan lo mismo.

El sitio ya deja consecuencias a la vista. En febrero de 2015 la organización Amnistía Internacional denunciaba un “castigo colectivo a la población civil” en Yarmuk y acusó al mandatario de usar “la desnutrición de los civiles como un arma de guerra”. Esa organización documentó 194 muertes por desnutrición, falta de atención médica o heridas provocadas por francotiradores, entre junio de 2013 y enero de 2015.

La Sociedad Médica Siria Americana (SAMS, por sus siglas en inglés) también documentó la situación del enclave en base a sus médicos en el terreno. En el informe “Muerte lenta – la vida y la muerte en las comunidades sirias sitiadas” indica que el último cirujano que había en Yarmuk, Ahmad Nawaf al-Hassan, falleció en un bombardeo del gobierno en junio de 2013. La atención médica de los refugiados es precaria y el estudio se detiene en la falta de atención ginecológica que reciben las embarazadas (al punto de que pautan cesáreas porque si esperan al parto es probable que no puedan ser atendidas en ese instante) y en la escasa atención a la salud mental, precisamente en una zona donde hay mayor vulnerabilidad.

Entre las principales complicaciones a la salud de los sitiados están la desnutrición –con sus consecuentes enfermedades– y los males derivados por la ingesta de agua no potable, como la hepatitis, salmonella, gastroenteritis o la fiebre tifoidea. El agua de pozo no es buena y la agricultura no siempre garantiza el alimento, menos aún en los períodos de invierno.

Según informó ayer ante el Consejo de Seguridad de la ONU el comisionado general de la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, Pierre Krähenbühl, los habitantes de Yarmuk reciben unas 400 calorías diarias. La Organización Mundial de la Salud recomienda una dieta diaria de un mínimo de 2.000 calorías para los adultos.

Los oportunistas explotan a los civiles y en el mercado negro llegan a vender alimentos a un precio 15 veces superior al habitual, denunció la SAMS. Amnistía lo puso en números: a fines de 2013 un kilo de arroz costaba unos US$ 100 en Yarmuk. “Yo como lo que pueda agarrar. Hago una comida cada 30 horas. O tenemos que ir a las pequeñas zonas verdes que están vigiladas por francotiradores para buscar hierbas o nos agrupamos de a varios para comprar un kilo de arroz y cocinarlo, pero no podemos hacer esto todos los días porque es muy caro”, relató un locatario a Amnistía en febrero de 2014.

Otras consecuencias del bloqueo son la falta de combustible y por lo tanto de transporte, con la consiguiente acumulación de basura y enfermedades. Lo mismo sucede con la electricidad, que escasea y no se puede compensar con los generadores que funcionan con un combustible impagable. Algunos inventaron sistemas de generación eléctrica con dínamos de bicicletas.

Víctimas de sus líderes

Tal vez uno de los peores aportes del informe de la organización que tiene miembros en todo el terreno es que provee números más altos que los de la ONU. Según indicó Naciones Unidas en febrero de 2014, en Siria hay unas 212.000 personas que viven sitiadas en 11 comunidades. Pero la SAMS alega que otras 38 poblaciones no fueron alcanzadas por el reporte de la agencia global y documenta que los habitantes en zonas bloqueadas son más de 640.200. Por eso la asociación recomienda al organismo un cambio en sus métodos de obtención de información.

Según los cálculos de la SAMS, el gobierno es el responsable de los sitios que apresan al 95% de los que están retenidos. Facciones contrarias a Al Asad controlan al restante 5%.
La legislación internacional estipula varias garantías que se deben dar a los civiles, como la seguridad, el alimento, la vivienda, la atención médica o la libertad de movimientos.

Asimismo, la ley penal internacional considera inadmisibles los delitos de ejecuciones extrajudiciales, asesinatos a civiles, desapariciones forzadas o torturas. Por todas estas causas el gobierno sirio podría en un futuro enfrentar juicios internacionales.

“No hay madera, quemamos muebles y ropa para calentarnos. La gente quemó sus camas, sillas, juegos de comedor”

Ra’eda
Residente de Yarmuk, a la ONU

“Lo peor es cuando mis hijos se despiertan y me piden pan y leche y no tengo, apenas puedo darles un rabanito”

Mahd
Residente de Yarmuk, a la ONU

“A las siete de la mañana camino un kilómetro para buscar agua. Eso me lleva cinco horas, pero solo hay agua cada cinco días”

Aziz
Residente de Yarmuk, a la ONU

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