29 de octubre de 2014 13:57 hs

Uno de los mejores pasajes del Ulises del escritor irlandés James Joyce es aquel en que Leopold Bloom llega a la redacción del diario, describe de forma realista a los personajes que moran allí dentro, y luego hace la conversión metafórica a la caverna del dios griego Eolo, desde donde salen los vientos que acarician o abaten la tierra, dependiendo de su humor.

Las redacciones son cavernas. Auténticas. Adentro viven seres huraños o simpáticos, alegres o malhumorados, que antes encorvados sobre las ruidosas máquinas de escribir y hoy pulsando susurrantes teclados, intentan contar buenas historias de la mejor manera, de acuerdo a su talento.

Y lo que surge de esas redacciones bien pueden ser brisitas de verano o temporales que dejan en falso al poder reinante, que denuncian corrupción o malas acciones, que desenmascaran manejos ilegales, que ponen contra las cuerdas a quienes se saltean las normas de convivencia de una sociedad. La intrascendencia, la frivolidad, la pasión y el drama, todo está reunido en las noticias que se moldean dentro de una redacción. Los méritos y los muchos errores que también cometen los periodistas.

La reciente muerte del periodista y editor Ben Bradlee, insignia del diario estadounidense Washington Post, es una buena ocasión para recordar algunos de sus rasgos que lo convirtieron en una leyenda.

Su diario se transformó en un emblema con la cobertura del escándalo del caso Watergate. Si bien Ben Bradlee no fue el periodista que cubrió los detalles del espionaje por parte de agentes mandados por el círculo personal del presidente Richard Nixon para penetrar en los cuarteles del Partido Demócrata, sí fue el editor que orientó luego la investigación.

Bradlee fue, en todo caso, el primer filtro que negó siquiera la posibilidad de un artículo cuando la noticia llegó a la redacción del Washington Post. Fue el cronista de policiales del diario, un tal Al Lewis, quien accedió a través de policías amigos a un cuaderno de uno de los cubanos detenidos por entrar de forma ilegal en el edificio Watergate de Washington y descubrió que uno de los nombres que aparecía en ese cuaderno era el de Howard Hunt, asistente de círculo íntimo de Nixon y exagente de la CIA, en cuyo cargo estuvo entre otras misiones, establecido varios años en Montevideo. Junto al nombre de Hunt aparecía un teléfono… uno de los varios teléfonos internos de la Casa Blanca. Lewis le pasó este dato a un periodista político del diario, Carl Bernstein.

Bradlee rechazó varias veces la historia del Watergate por considerarla inconsistente. Pero a medida que la dupla de periodistas (a Bernstein se le sumó Bob Woodward, que Bradlee, famoso por su léxico informal y coloquial, sintetizaba en “Woodstein”) comenzó a profundizar, el editor tomó dimensión de que estaba con algo grande entre sus manos. Algo tan pesado y poderoso que culminó con la renuncia del presidente de Estados Unidos.
Para el mundo del periodismo, la caída de Nixon es el máximo trofeo del que se puede vanagloriar alguien que crea en el poder de una investigación independiente haciendo mella en un poder público corrupto. Si bien no fue el único gobernante que mereció esa decisión, sí fue el más notorio que dio un paso al costado producto del trabajo bien realizado por parte de periodistas.

La vida de Bradlee estuvo llena de grandes experiencias, que resumió en su autobiografía A good life, publicada en 1995, cuando ya corrían cuatro años de su retiro como responsable máximo del Post.

Pero en esos años entre 1971 y la renuncia de Nixon en agosto de 1974, Bradlee, que se había mostrado condescendiente con el poder por su amistad con John F. Kennedy, demostró lo que hay que tener para ponerle rumbo a una historia que culminó con el hombre más poderoso del planeta por los suelos. El viento desencadenado por Bradlee sopló tanto en Washington que barrió al poder de turno.

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