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Seguimos sin ver el bosque

La posibilidad de una victoria opositora depende de su capacidad de organizar una concertación nacional

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24 de noviembre de 2017 a las 18:14

Hay días en que pienso que el conglomerado partidario al que llamamos "oposición" no pierde su tiempo leyendo diarios.

Imagine vivir en el Reino Unido y que un día se publicara la noticia de que la empresa británica Alas UK, creada por un gobierno de la época con el público propósito de quebrar por inviabilidad notoria, lo hiciera formalmente recién cinco años después, arrojando una pérdida para el fisco de 25 millones de dólares, deudas impagas por 22 millones, y un patrimonio de apenas 450.000. ¿Cuánto tiempo sobreviviría tal administración, antes de caer bajo una moción de censura? Estaríamos hablando de horas.

Aquí no. No solamente recibimos la noticia con resignación indostánica, sino que pocos días después se nos hace la injuria de anunciar, (eso sí: en tono triunfalista) que Pluna Ente Autónomo, el organismo que no vuela ni una cometa desde 2012 ... ¡deja de existir este año!

Repare en la enormidad: el gobierno que fracasa en todo lo que emprende ha logrado fracasar hasta en escapar de sus fracasos por lo que hoy le vaticino que, de aquí a cinco años más, Ud. leerá con la misma resignación que eso que se nos dice que dejará de existir encontrará alguna forma de existencia larvada que se financiará con sus impuestos y la mala calidad de los servicios que recibe.

Y no solo es asunto de vuelos. Es asunto de imprentas en Nueva Helvecia, textiles en Paysandú o Colonia, curtiembres en Florida, cerámicos en Canelones, vidrios, guantes de goma, transformadores, cooperativas de transporte: "velas prendidas" y premeditadas bombas de tiempo instaladas por el frenteamplismo en todos los pliegues de la economía con el solo propósito de engañar incautos electorales al ritmo de casi US$ 70 millonesque, una vez más, provocarían escándalo en países serios (mencionar Ancap me llevaría aquí a escribir un libro).

Para nuestro mal, este desquicio es irreversible. Por ello ya estamos resignados a que las tarifas públicas sean impuestos no consentidos que el régimen frenteamplista seguirá exprimiendo este fin de año y meses después, con el solo fin de mitigar el déficit fiscal que, asegura, quiere llevar a 2.5% del PBI, cuando todos sabemos que no lo hará, por la sencilla razón de que está en su etiología no hacerlo. ¿O no está preparando el mamarracho de proponer la creación de un nuevo ministerio en 2018?
En tal contexto es que anónimos "analistas" del grupo Itaú habrían proyectado un triunfo electoral frenteamplista en 2019. No sé quienes sean esos gurúes pero, sorprendentemente, parecen bien orientados: no hay razón alguna por la cual el Frente Amplio no deba obtener un cuarto mandato.
Observe lo que ocurrió la pasada semana. El senador nacionalista Javier García sorprendió a sus mismos correligionarios reivindicando el mecanismo del Partido de la Concertación que, en 2015, pretendiera ser el instrumento mediante el cual blancos y colorados comparecieran juntos a fin de disputar la Intendencia de Montevideo y terminara por ser la semilla del grupo político que encabeza Edgardo Novick.

En horas, la propuesta generó una rispidez al interior del Partido Nacional, todavía no vinculada siquiera al fondo de la idea sino a su oportunidad y propósito. Tal parece que deberemos despejar primero la incógnita sobre qué fue lo que moviera a García a tomar esta iniciativa, antes de hablar de la iniciativa misma ... que, en todo caso, hace relación a la elección municipal de 2020, y nada tiene que ver con la nacional de 2019.

Novick, en tanto, pese a ser la criatura de esta desconcertante concertación, ya nos advierte esta semana que su grupo político es cada vez "más opositor", al tiempo que ¡cada vez "más alejado de los partidos tradicionales"! enredándose además en una distinción entre "extrema izquierda" y "extrema derecha" que, para ser francos, le sienta muy mal al candidato cuyo discurso ha evitado hasta hoy toda referencia ideológica, y se limita a pedirnos el acto de fe de confiar en él y sus aún desconocidos equipos porque de lo que se trataría al cabo es de "gestionar" mejor el monstruo estatal sobre el que no parece percibir que ya nadie tiene control alguno.

Y podríamos seguir: independientes que cultivan el pundonor en el manejo de la cosa pública, colorados que, a falta de mejor ocupación, buscan camorra con el arzobispo de Montevideo o ensayan la idea de que son, en realidad, frenteamplistas más buenos. Nadie, en suma, que se esté ocupando por construir el urgente muro de protección al ciudadano cuyas libertades, trabajo y prosperidad siguen esfumándose entre mentiras y espejismos petroleros o celulósicos conjurados en carpas presidenciales.
Faltan 24 meses para los próximos comicios nacionales.

La dirigencia política de la llamada "oposición" sabe muy bien lo que hasta los observadores de Itaú saben, y por ello también saben que la posibilidad de un relevo en la administración depende de su capacidad de organizar no después de este verano sino ya mismo, una real concertación nacional basada en un programa alternativo veraz y esperanzador.

Solo que no están ni cerca de ello. Siguen felicitándose en reuniones cerradas, reivindicando mitos tribales que conspiran contra el supremo propósito: no entienden que cada juramento "wilsonista", cada añoranza "batllista", aleja la posibilidad de que se les sumen batllistas o wilsonistas en la tarea de construir otro porvenir, superador de palabras y nombres que ya no dicen nada. Construyen sus santuarios de cintillo, y pretenden que los financie la limosna de los agnósticos.

Y, claro, todos temen la contundente verdad de un programa alternativo. Porque todos ellos saben que de la amortiguada catástrofe frenteamplista el país no saldrá sin enfrentar ineludibles senderos.
¿Cuáles? Apertura comercial agresiva. Un programa de clausura de agencias y programas estatales, o privatización en los muy pocos casos que ella sea viable. Programas de reducción de la plantilla estatal. Simplificación tributaria y recorte de impuestos que prive a la fiera de su alimento. Detener la bomba del endeudamiento público. Flexibilización laboral que incluya desmontar el co-gobierno sindical. Créame: hasta en la intimidad de sus guaridas, los colectivistas también saben que sin estos remedios el camino del país será sostenidamente descendente.

Hace pocos días el columnista Francisco Faig formulaba una pertinente pregunta retórica: "¿Los blancos quieren ganar?". Me atrevo a redoblar su apuesta: los blancos no pueden, y tal vez no deban, ganar.
Es que la inmensidad del desafío de la alternativa, las circunstancias de imperiosidad moral y ética que encierra la tarea de poner fin al ciclo frenteamplista, la hondura patriótica de la apuesta colectiva, hace que quien deba triunfar sea el restablecimiento de la virtud y el decoro públicos en los que aún creen ciudadanos de toda raíz política.

Esta "admirable alarma" es la que exige un liderazgo digno de su talla y urgencia, e inevitablemente desbordante de los viejos lemas.
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