Desmitificar las actividades de inteligencia es el primer paso para esclarecer su importancia en el escenario de seguridad actual. Históricamente, la inteligencia ha sido reducida a actividades de dudosa legalidad a cargo de personajes oscuros. Esta crónica hollywoodense acerca de la profesión ayudó a instalar en el imaginario colectivo una percepción negativa de la actividad.
Dichas representaciones se remiten al período de confrontación Este-Oeste (Guerra Fría) en el que los servicios de inteligencia fueron utilizados como un mecanismo para la persecución y represión de “disidentes”, ya fueran éstos del bloque soviético o del norteamericano. No obstante, aún en la actualidad, continúan registrándose diversos sucesos que alimentan la desaprobación de esta actividad (en las últimas décadas, las redes de espionaje mundial, por nombrar un ejemplo, han sido noticia recurrente).
De esta forma, los servicios de inteligencia se han visto obstaculizados por una doble crisis de confianza. Por un lado, quienes dudan de su compromiso con la democracia se alarman ante cualquier posibilidad que implique su uso, incluso en situaciones insostenibles desde el punto de vista de la seguridad o la defensa. Por otro, quienes dudan de su efectividad a la hora de enfrentar las mal llamadas “nuevas amenazas” (desde el crimen organizado al terrorismo internacional) bregan por un retorno del viejo modelo de seguridad, donde las fronteras entre lo interno y lo externo desaparecen, y el control es visualizado como un impedimento a la efectividad más que como una garantía y un derecho ciudadano.
¿Qué implica realmente la inteligencia? ¿Cómo se desarrolla esta milenaria actividad en pleno siglo XXI? ¿Cuál es su importancia en el escenario de seguridad actual?
La inteligencia ha sido definida por una multiplicidad de autores y puede ser vista desde diferentes disciplinas. Debido al alcance y a la diversidad de actividades que comprende en la actualidad, no existe un acuerdo comprensible en el ámbito académico. Ya sea definida en función de sus ejecutores –quién la hace– como un proceso –cómo se hace– o a partir de su significado –qué es–, no existe una definición univoca.
En mi tesis de Maestría he sugerido agrupar las principales concepciones en dos grandes bloques: las definiciones “clásicas” y las“modernas”. Mientras las primeras abordan el fenómeno desde un prisma “estatista”, es decir, las actividades de inteligencia son consideradas un monopolio estatal, las segundas realizan un abordaje integral, incluyendo las actividades y los actores de las distintas entidades de inteligencia no estatal y sus interacciones con el Estado.
Dentro de la concepción clásica, una de las definiciones que ha logrado los mayores niveles de acuerdo en la disciplina sostiene–grosso modo– que la inteligencia es una actividad relativa a la obtención, procesamiento y diseminación de información relevante para la seguridad interna y externa del Estado. Según la taxonomía desarrollada hace más de 70 años por el historiador norteamericano Sherman Kent, en su multicitado libro Inteligencia Estratégica para la Política Mundial Americana (1951), la inteligencia puede ser abordada desde una triple acepción: como una organización o conjunto de organizaciones (quién hace); como un proceso, conocido como “ciclo de la inteligencia” (cómo se hace); y como un producto, transformado posteriormente en conocimiento (qué es).
Desde hace ya un tiempo, un amplio conjunto de autores ha comenzado a desafiar las nociones tradicionales de lainteligencia. En la actualidad, cada vez es más frecuente hallar trabajos que advierten sobre la importancia de la inteligencia “corporativa” y “paraestatal” en la nueva gobernanza del sector. Mientras algunos autores se han concentrado en el estudio de la llamada “inteligencia comercial”, de uso extendido entre las empresas, otros han hecho lo propio con la “inteligencia insurgente”, asociada a distintos actores armados no estatales.
Otro grupo de especialistas se ha concentrado en el estudio de actores que “coproducen” inteligencia con las agencias gubernamentales. Según este sector, ya sea debido a las innovaciones tecnológicas o a la presencia de un entorno de amenazas más incierto, el Estado es cada vez más dependiente de la sociedad civil en la producción de inteligencia. Este fenómeno de cooperación, ha sido bautizado en la literatura especializada con el nombre de “comunidad ampliada de inteligencia”.
El enfoque de “coproducción” implica que organizaciones gubernamentales ajenas a las actividades de inteligencia, ONGs, think tanks, empresas y hasta ciudadanos particulares estén llamados o sean responsables de recopilar información y compartir conocimientos con los servicios de inteligencia en temas que van desde el terrorismo hasta el crimen organizado.
La literatura especializada ha sido enfática al señalar que esta “nueva relación” entre el Estado y los múltiples actores de la sociedad civil no se caracteriza simplemente por la cooperación y el beneficio mutuo. Por el contrario, el Estado depende de estos nuevos actores y de su disposición a informar y cooperar con las agencias. Debido a que actualmente la mayor parte de la infraestructura de las TIC –redes, dispositivos y servicios– es desarrollada y operada por privados, las decisiones de seguridad corporativa son potencialmente importantes para el funcionamiento y la seguridad de la sociedad. El ejemplo más claro de esta relación, se ha visto reflejado en la proliferación de alianzas público-privadas en materia de ciberseguridad.
En definitiva, los importantes volúmenes de información que circulan libremente; la facilidad y el bajo costo al que se puede obtener “tecnología de espionaje”; la proliferación de compañías que negocian con información privada; además de la migración de la mayor parte de las actividades de comunicación a internet, forman parte de un nuevo escenario en el que las actividades de inteligencia se han “desmonopolizado”.
A pesar de las limitaciones y los desafíos, la inteligencia nunca ha desempeñado un papel tan prominente como lo hace hoy. El nuevo escenario de seguridad, evasivo e incierto, pone de manifiesto la necesidad imperante de una inteligencia que proporcione una base sólida para la toma de decisiones en el ámbito de la seguridad y la defensa. Las actividades preventivas (para identificar las amenazas y los factores que dan lugar y potencian las mismas), de investigación (para generar herramientas de prevención, tras la comisión de una acción) y de asesoramiento (para proponer medidas de seguridad), que proporcionan los servicios de inteligencia, resultan imprescindibles.
*Nicolás Álvarez es politólogo, diplomado en seguridad internacional e inteligencia estratégica.