18 de agosto 2019 - 5:00hs

Negación, furia, negociación, depresión y aceptación: en una semana inolvidable Mauricio Macri pasó por todas las etapas clásicas de quienes acaban de sufrir una pérdida irreparable.

Su reacción inicial a la catastrófica derrota en las elecciones primarias fue un estado de shock: en la noche del domingo se lo vio atónito, groggy, sin comprender que lo que estaba ocurriendo fuera real. No era para menos, si se considera que las encuestas marcaban que, en el peor de los casos perdería por cinco puntos y hasta hubo consultoras que lo daban ganador -y que ya esta semana echaron a sus directivos-.

Luego, en el fatídico lunes de la conferencia de prensa, culpó al kirchnerismo por la devaluación y el pánico en los mercados. Una declaración que todo el mundo interpretó como una acusación para el 47% que había votado a Alberto Fernández y no a él.

Se lo vio tan alterado y descentrado que los propios funcionarios y empresarios amigos dejaron ver su preocupación. El temor era que, en ese estado anímico, el gobierno pudiera tomar decisiones que aceleraran la crisis.

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Porque lo que quedaba en evidencia era que Macri, después de haber perdido la elección, no se resignaba a perder también la batalla cultural por la interpretación de quién había generado la estampida en los mercados.

Mientras todos le pedían que se resignara a la derrota y que buscara junto con Alberto Fernández una transición pacífica, Macri redoblaba la apuesta, con el peligroso convencimiento de que tal vez la propia escapada del dólar podía ser su arma ganadora, porque oficiaría como recordatorio esa clase media enojada sobre a qué se exponía si finalmente el kirchnerismo retomaba el poder.

Lo peor era que, en la vereda de enfrente, también había una sensación de comodidad con la crisis financiera. Es un clásico de la política argentina: los gobiernos más afortunados son aquellos que reciben el “trabajo sucio” hecho por el predecesor y encuentran un margen para anunciar ayudas de emergencia.

Alberto Fernández lo sabe mejor que nadie porque le tocó vivir esa situación en 2003, como jefe de gabinete de Néstor Kirchner: asumió con un dólar super alto, una deuda en default y altas tarifas de servicios públicos. De esa forma, pudo fogonear un alto crecimiento de la economía –por el efecto reactivador del dólar alto- al tiempo que congelaba tarifas. Y podía argumentar que ni el default ni la devaluación habían sido su culpa. En definitiva, un combo ganador, como demuestra el hecho de que Kirchner dejó la presidencia con altísimos niveles de aprobación popular.

El hecho de que los dos candidatos -uno de ellos el propio presidente- creyeran que el desplome de los mercados podía ser positivo para sus respectivas estrategias implicaba un riesgo gigante, cuando todavía faltan cuatro meses para el cambio de mando.

A esa altura, Argentina había vuelto a las primeras planas de los principales diarios del mundo, y no por buenos motivos. El Financial Times hablaba sobre un ciclo concluido y editorializaba en tono muy crítico sobre el discurso del presidente. Afirmaba que su estado de ánimo era más peligros que la perspectiva de un regreso del peronismo.

Con un riesgo país que se había duplicado hasta orillar los 1.900 puntos, Argentina había pasado a Zambia y se ubicaba segundo detrás de Venezuela en el ranking de los países con mayores probabilidades de incumplir el pago de su deuda.

Mientras tanto, en su columna, el premio Nobel de Economía Paul Krugman se refería a la Argentina de Macri como un ejemplo perfecto del fracaso de las políticas ortodoxas.

Con las armas del enemigo

Fue en ese punto que Macri abandonó el estadio de la furia para pasar al de la negociación. Su círculo íntimo lo convenció de que enojarse con los votantes era un error que transgredía el manual del político en campaña, y que debía pedir perdón.

Fue así que emitió un mensaje televisado en el que se disculpó, alegando falta de sueño y tristeza por la derrota electoral. Pero de inmediato demostró que había pasado otra vez al modo de político en campaña.

Y allí ocurrió la sorpresa mayor: en aras de ganarse la aprobación de la ciudadanía, no dudó en destruir su propio discurso de austeridad y responsabilidad fiscal, para adoptar un plan que bien podía haber hecho un gobierno peronista. De hecho, muchas medidas fueron casi calcadas de las que en otros momentos había tomado Cristina Kirchner.

Subas salariales, alivio en el odiado impuesto a las ganancias, aumentos en los planes de asistencia social, perdón impositivo para las pequeñas empresas atrasadas en sus obligaciones, suspensiones temporarias de aportes a la seguridad social, congelamiento en las cuotas de créditos hipotecarios indexados, congelamiento en el precio de las naftas, exención total del IVA en artículos de la canasta básica… El combo de las medidas “peronistas” completo.

La prueba de ello es que dejó sin argumento a la oposición, que se vio en la disyuntiva de criticar al presidente -asumiendo el rol antipático de oponerse a medidas de alivio económico- o apoyarlo, con lo cual entrarían en su juego de reconciliarlo con el electorado. La tapa del diario Página 12, principal vocero del kirchnerismo, caracterizó a Macri como el Che Guevara, reconociendo que las medidas que había adoptado eran las mismas que él antes había criticado a Cristina Kirchner, y lo criticaba porque las medidas sólo duran hasta fin de año.

Pero Macri ni siquiera se molestó en disimular el evidente objetivo electoralista de su paquete de medidas. Después de una reunión con la plana mayor de su gobierno, en la cual abundaron las arengas de tono futbolero en el sentido de que el partido se podía dar vuelta en el segundo tiempo, no quedaron dudas sobre cuáles serían las prioridades.

Y fue así que pasó a un segundo plano la cuidada relación con los empresarios. Por caso, el congelamiento en el precio de la nafta le costará a la industria petrolera una pérdida de US$ 250 millones mensuales. Y ante las críticas Macri amenazó con aplicar la ley de abastecimiento, la misma que había usado el kirchnerismo durante una pelea con Shell y que el propio macrismo en la oposición acusaba inconstitucional.

En su nuevo giro populista, Macri llegó a considerar una suba en las retenciones a las exportaciones de soja, una histórica bandera del kirchnerismo.

La paradoja de Alberto

Pero, sobre todo, la gran víctima del macrismo en pie de guerra fue el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Por supuesto que la escapada del dólar dejó sin efecto la banda de flotación cambiaria que el Banco Central se había comprometido a defender. Pero eso fue lo de menos: lo grave es que quedó en evidencia que el compromiso del “déficit fiscal cero” tampoco se cumplirá.

De hecho, la exención total del IVA a los alimentos va en sentido absolutamente opuesto al recomendado por el FMI cuando vio que la recaudación impositiva evolucionaba por debajo de la inflación.

No debe ser un momento fácil para los funcionarios del Fondo, que en setiembre deben aprobar un desembolso de  US$  5.400 millones, más otro de US$ 1.200 en diciembre y, ya con el cambio de gobierno concretado, un saldo de US$ 5.900 millones del acuerdo stand by.

En su última visita a Argentina, los funcionarios se reunieron con Alberto Fernández, quien los trató de irresponsables por haberle prestado a Macri un dinero que se usó “para financiar la fuga de capitales y contener al dólar artificialmente bajo”.

Lo más irónico de esta situación es que el principal “aliado” para el plan de recuperación de Macri es el propio Alberto Fernández. Primero, porque la charla telefónica entre ambos y las declaraciones del candidato opositor en el sentido de que no quiere un default de la deuda hicieron que el dólar frenara su escalada.

Pero, sobre todo, porque la principal fuente de financiamiento para el paquete de medidas de emergencia -40 mil millones de pesos, inicialmente- lo aporta la propia devaluación: con un dólar más alto hay mayores ingresos fiscales  provenientes de la exportación, mientras que el pico inflacionario de las próximas semanas aportarán un mayor ingreso por el IVA.

Es decir, el miedo de los mercados al kirchnerismo provocó la devaluación con la que Macri tendrá recursos para hacer un paquete de medidas de tono inconfundiblemente peronista. La argentinidad, al palo.

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