Es fácil desdeñar a los manifestantes que están causando estragos en Tailandia y considerarlos anarquistas mal informados.
Quizás usted piense que no entienden las maravillas de la globalización. Si siquiera tuvieran más reverencia por el esplendor del capitalismo. Si siquiera la democracia verdadera pudiera obrar su magia en la octava economía de Asia.
Si siquiera una de estas suposiciones diera en el clavo de la crisis en Tailandia. El problema es el “culto al PIB”. Tanto la obsesión con los elevados niveles de crecimiento como la incapacidad de utilizarlos para reducir la brecha entre los ricos y los pobres se viven en las calles de Tailandia. La gente está enojada, y con razón.
Constituye un riesgo mucho mayor del que los gobiernos y los inversores perciben, y podría perdurar en Asia por mucho tiempo. La región no utilizó los buenos años de principios del siglo XXI para propagar los beneficios de un crecimiento de entre el 6 y el 8 por ciento. Ahora la crisis financiera mundial, las tensiones políticas y el descontento generalizado se están conjugando.
Esta peligrosa dinámica ha aparecido en esta columna antes, y las dificultades de Tailandia demuestran por qué merece más atención.
Las protestas reflejan en esencia una lucha entre los pobres rurales y los ricos urbanos. El primer grupo se lamenta de la expulsión en 2006 del primer ministro Thaksin Shinawatra, porque pensaba que mejoraría su situación económica. El segundo grupo apoyó el golpe que derrocó al multimillonario que para ellos envilecía la democracia tailandesa.
“Thaksinomía”
La verdad está en un punto medio. La “Thaksinomía” sí llevó la generosidad del gobierno a las comunidades rurales. Thaksin centralizó el poder y retiró la supervisión gubernamental de las cuentas. Los ricos urbanos afirman que su familia y sus asociados fueron los que más se beneficiaron durante su mandato de 2001 a 2006.
La desconexión entre la clase pudiente y las masas desposeídas también está presente en Indonesia, Malasia y Filipinas, así como en China e India. Y aumentará conforme las consecuencias de la crisis del crédito se propaguen por Asia.
Con frecuencia se dice que en un mundo inmerso en una recesión y anegado de activos tóxicos, Asia es la región que está menos mal. Eso sólo será verdad si Estados Unidos, Japón y Europa se recuperan en 2009 y crecen en 2010. Asia, cuya economía depende de las exportaciones, sólo puede vivir sin crecimiento en Estados Unidos por el mismo tiempo que puede vivir sin consecuencias socioeconómicas.
La crisis de Tailandia es compleja, e involucra muchos factores: dificultades económicas, tensiones entre clases sociales y el papel del rey Bhumibol Adulyadej. También hay un poderoso “establishment” enfrentado contra un ángulo “antiestablishment”.
Vieja elite
Los partidarios de Thaksin consideran al primer ministro Abhisit Vejjajiva, nacido en el Reino Unido y educado en Oxford, el rostro del “establishment”. Entre los tailandeses existe la percepción de que la política está cada vez más controlada por una vieja elite. Esa es la razón por la que los manifestantes arremeten tanto contra Abhisit como contra el “establishment” político.
Abhisit se mantiene firme, se rehúsa a dejar el poder incluso después de un fin de semana decididamente humillante. Los manifestantes hicieron necesario cancelar la cumbre de la Asociación de Países del Sureste Asiático. Costó a la región una inusual oportunidad de cooperar de cara a la crisis mundial. Y a Abhisit le costó todavía más.
La facilidad con la que los manifestantes abrumaron a las fuerzas de seguridad en la sede de la conferencia, que debió haber sido fácil de proteger, dejó en ridículo al Gobierno de Abhisit. Los líderes asiáticos que huyeron en helicóptero y barco no lo olvidarán pronto. Tampoco lo harán los inversores internacionales que presenciaron el caos en CNN.
Fitch Ratings se unió a Moody’s Investors Service y Standard & Poor’s en decir que podría bajar la calificación a la deuda de Tailandia en moneda extranjera. La inestabilidad está afectando los ingresos del gobierno y alentando la huída de capitales en el peor momento posible. Fitch y S&P dan a Tailandia una calificación de BBB+, un nivel similar al de Moody’s.
Riesgo de disturbios
Ayer los manifestantes tailandeses pusieron fin a su sitio de las oficinas del gobierno en Bangkok. El riesgo de que haya más tensiones está afectando los mercados en un momento en que la economía confronta su primera contracción anual en 11 años. El vital sector turístico de Tailandia espera recibir 14 millones de visitantes este año. Buena suerte con eso.
Tailandia ha tenido cuatro primeros ministros en un año. Imagínense si Abhisit, en el poder desde diciembre, dimitiera. ¿Cómo podrían estar seguros los inversores de que su reemplazo no correrá la misma suerte que sus predecesores? Tailandia está atrapada en un círculo vicioso en el que es probable que ningún líder tenga la suficiente legitimidad para dirigir el país de 66 millones de habitantes.
Hace cuatro años, Tailandia era una historia de éxito económico. Los líderes de Indonesia y Filipinas estaban estudiando la thaksinomía para sus propias poblaciones. Ya no es así.
Ricos contra pobres
Un problema es la debilidad de las instituciones. Una mayor independencia en el poder judicial, el banco central, los medios de comunicación y grupos de supervisión más libres para combatir la corrupción ayudarían a Tailandia. Además existe un problema aún mayor: los elevados niveles de crecimiento no han enriquecido a suficientes tailandeses consistentemente en los últimos diez años.
Las fuertes alzas en el producto interno bruto acaparan los titulares y animan a los inversores. Sin embargo, con demasiada frecuencia se utilizan para ocultar la pobreza y amplían la división entre ricos y pobres. La experiencia reciente de Tailandia sugiere que esas dificultades están saliendo a la superficie como nunca antes.
Esto debería servir de advertencia a gobiernos en Asia y también a los inversores. Una cosa es propagar el evangelio de un PIB rápido; otra muy distinta es que cumpla lo que promete. Es tiempo de que Asia practique lo que predica.