20 de agosto de 2020 11:15 hs

Por Andrew Hill
Financial Times

He estado pensando mucho en Bob. Él era un desarrollador de software estadounidense que trabajaba desde casa para una compañía importante. En 2013, se descubrió que Bob había estado externalizando su propio trabajo a China. Él enviaba una parte de su salario a una firma consultora china para que hiciera su trabajo y así él poder navegar por Reddit, comerciar en eBay, actualizar Facebook y ver videos de gatos, según una entrada de blog escrita por Andrew Valentine de Verizon, quien investigó el caso.

La astuta solución de Bob al enigma del equilibrio entre el trabajo y la vida personal ha estado en mi mente debido a la inquietante sugerencia de que, si trabajas de forma remota, tu empleador pudiera con el tiempo darse cuenta de que tú eres claramente reemplazable por otra persona que haga tu tarea más económicamente al otro lado del mundo. Fuera de la vista, fuera de la mente, trabajo inexistente.

Una encuesta de AlphaWise para Morgan Stanley el mes pasado mostró que solo un poco más de un tercio del personal de oficina del Reino Unido había regresado a su habitual lugar de trabajo, en comparación con el 83% en Francia y con el 76% en Italia. En una encuesta más reciente de YouGov realizada entre adultos británicos, solo el 13% firmemente creía que los trabajadores que podían hacer su trabajo desde casa deberían regresar a la oficina.
Helena Morrissey, activista y exgestora de fondos, la semana pasada despotricó en el periódico Daily Mail en contra de la “persistente atmósfera de miedo exagerado” que cree que está detrás de esas cifras. También hizo mención del espectro de la externalización. “Aquellos que opten por no regresar a la oficina por miedo o por indiferencia puede que reciban una desagradable sorpresa”, escribió.

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Yo no estoy de acuerdo con la implicación de que el personal es la burda suma de sus habilidades comercializables ni con la sugerencia más amplia de que los trabajadores tienen el deber económico de regresar a sus oficinas.

Pero el punto expresado por Helena contiene una verdad fundamental.

En la fase incierta antes de que se encuentren vacunas y terapias fiables en contra de covid-19, las compañías tendrán que utilizar a los trabajadores más flexiblemente.
Es posible que necesiten externalizar el trabajo para lidiar con cualquier recuperación de la demanda, o para compensar una recesión prolongada. Y las compañías ya tienen las herramientas para hacerlo.

No es que las usen siempre. Incluso en Silicon Valley, los cazatalentos solían pedirles a los candidatos a empleos de programación que escribieran código en pizarrones durante las entrevistas cara a cara.

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Ellos tendían a contratar a personas que vivieran dentro de un radio de unos 30 kilómetros de sus oficinas de California, según Vivek Ravisankar, el cofundador de HackerRank. Él ha comentado que las compañías ahora finalmente se están preguntando “¿por qué no podemos abrir nuestras aplicaciones a cualquiera en el mundo?”. Ravisankar diría eso.

HackerRank, una plataforma para facilitar la evaluación y la contratación remotas, realizó 100 mil entrevistas en nombre de sus clientes durante un período de 30 días a principios de este verano.

Nicholas Bloom de la Universidad de Stanford, quien ha examinado la productividad de los trabajadores remotos (y me recordó el curioso caso del hombre que se ‘externalizó’ a sí mismo), también prevé un futuro laboral híbrido.
Las compañías utilizarán la externalización como un componente de una combinación de estrategias para protegerse contra la volatilidad. Los ejecutivos que se encuentran más arriba en la jerarquía de una oficina tradicional podrían verse amenazados, ha sugerido él. La investigación realizada por Bloom antes de la pandemia ha mostrado que las mayores ganancias en productividad se producen cuando el personal tiene la opción de dónde y cómo trabajar, por lo que la respuesta correcta a la pregunta de YouGov acerca de si los trabajadores deberían regresar a sus lugares de trabajo es la que dio el 36% de los encuestados: debería ser decisión de los trabajadores.

Aun así, simplemente estar en la oficina donde tu gerente pueda verte ofrece poca protección en contra de la externalización de tu trabajo.
Coaccionar o asustar a las personas para que regresen a las oficinas está destinado a ser contraproducente, provocando un nocivo ambiente de presentismo.
Después de que Marissa Mayer, la entonces directora ejecutiva de Yahoo, les ordenó a los empleados que regresaran a la ‘nave nodriza’ de la compañía tecnológica en el año 2013, el profético gurú del trabajo flexible, Charles Handy, me comentó que las compañías deberían “persuadir al personal para que regrese, no ordenárselo”.
Sin embargo, en tiempos cada vez más difíciles, el personal tendrá que tener un buen desempeño y producir — ya sea desde una sala de estar húmeda o desde un cubículo con aire acondicionado y a prueba de covid — y tendrá que estar bien gestionado.

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Como explicó Mayer en una entrevista con la revista MIT Technology Review el año pasado: “Yo no estaba tratando de hacer una gran declaración política acerca de la forma en que la gente quiere trabajar en el futuro. Yo solo estaba tratando de decir, mira, si vamos a intentar transformar esta compañía, algo así como entre el 10% y el 20% de la gente está un poco desconectada de lo que estamos haciendo”.
Confiar en que las personas trabajen bien desde casa es una habilidad que los gerentes ahora deben aprender.

Verificar que no estén “desconectadas” es otra. Y es más difícil de lo que piensas.

Cuando los investigadores de Verizon analizaron la situación de Bob, ellos examinaron su historial: “Su código era limpio, bien escrito y entregado a tiempo”, observaron.
“Trimestre tras trimestre, su revisión de desempeño lo describía como el mejor desarrollador del edificio”. Excepto que él no estaba en el edificio y ni siquiera era el desarrollador que estaba escribiendo el código.

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