En primer lugar, ya previamente al covid-19, los sistemas educativos se enfrentaban al tamaño desafío de prepararse para abordar cambios disruptivos societales, esto es, complejos, inciertos, multidimensionales y de velocidad exponencial que impactan significativamente en la educación. Se advertía que esencialmente no se trataba de introducir cambios en los márgenes que el sistema educativo lo permitiría, en calidad de intervenciones aisladas, sino de posicionar una agenda de transformaciones educativas integrales, progresivas y sostenibles.
En efecto, la pandemia acelera la toma de conciencia sobre la perentoriedad de una agenda transformacional y en particular, coloca al sistema educativo de cara a asumir responsabilidad en sus disfuncionalidades. Algunas de ellas refieren por ejemplo a la disfuncionalidad curricular, esto es, cuando el sistema educativo implementa propuestas educativas sin promover que el alumno puede tomar decisiones sobre las áreas de aprendizajes, disciplinas y temas que le interesa estudiar o bien sin recoger evidencia y considerar cómo los alumnos se sienten frente a lo que se les propone - lo que se conoce como el currículo vivenciado por los mismos.
En segundo lugar, el limitado entendimiento y escasa visibilidad del alumno en su condición irreductible e insoslayable de persona que conforma una totalidad englobando valores, actitudes, identidades, afiliaciones, sueños, aprehensiones, expectativas y necesidades. Si las personas se pierden, por ejemplo, en disciplinas, contenidos, evaluaciones, espacios y tiempos de instrucción, se genera una hiato emocional y cognitivo entre los alumnos y el sistema educativo. Un claro ejemplo en este sentido radica en que uno de los focos principales de la discusión durante la pandemia refiere a garantizar o recuperar la presencialidad y de manera tangencial, se hace referencia a la persona alumno y a sus sentimientos. Se corre el riesgo de suponer que la recuperación de la presencialidad implica ipso facto reconectar con la persona alumno.
Una de las maneras posibles de conectar con la persona alumno es posicionar el aprendizaje socio-emocional como tema transversal a toda propuesta educativa. Por un lado, reconocer que las emociones y las cogniciones se retroalimentan de manera permanente en los alumnos e impactan en las oportunidades, los procesos y los resultados de los aprendizajes. Mientras que, por otro lado, reparar en el hecho que las relaciones entre educadores y alumnos tienen un sustrato socio-emocional y que, de manera permanente, nutren sus valoraciones, representaciones, actitudes y conductas.
En tercer lugar, en educación se congenia que cada alumno es un ser único con el hecho que todos los alumnos recorren procesos más o menos similares en sus aprendizajes. Por un lado, esto implica, tal cual señala la UNESCO (2018), que una genuina inclusión implica el reconocimiento que todos los alumnos son especiales, y no tan solo algunos que se categorizan como con necesidades especiales. Asimismo, esto implica asumir que la singularidad de cada alumno se encuadra y cobra sentido en contextos y circunstancias de vida que inciden significativamente en su desarrollo y bienestar.
Por otro lado, se trata de tener bien en cuenta el corpus de conocimiento de las ciencias de la educación, de la psicología cognitiva, de las neurociencias de los aprendizajes y de la inteligencia artificial de cómo son los procesos de enseñanza y de aprendizaje para alumnos y educadores. En efecto, la relevancia de analizar detenidamente cómo se desarrollan los aprendizajes y de qué manera el conocimiento sobre sus características puede contribuir a apuntalarlos en las diferentes áreas de aprendizajes y disciplinas.
Como señala el destacado neurocientífico Stanislas Dehane (2018), las ciencias cognitivas han permitido identificar los cuatro pilares de los aprendizajes: (i) la atención y la intensificación de la información sobre lo que se concentra el alumno; (ii) su involucramiento activo que puede entenderse como curiosidad y que incita al cerebro a evaluar nuevas hipótesis con soltura; (iii) la devolución de información por el educador trabajando sobre los errores como oportunidades para contrastar las elaboraciones de los alumnos con la realidad, y posteriormente afinarlas; y (iv) la consolidación de los saberes que automatiza y fluidifica lo que se ha aprendido, principalmente a través del sueño.
Entender qué procesos están asociados a cada uno de estos factores es fundamental. Por ejemplo, una de las claves de consolidación de saberes es la repetición, para lo cual es esencial trabajar la memorización en las clases como una estrategia de enseñanza y de aprendizaje complementaria de otras. Se trata de fortalecer la memoria comprensiva, que tal cual señala el prestigioso especialista en Educación, César Coll (2020), implica “que cuando uno aprende algo, lo comprende, lo relaciona con cosas que ya sabe y es capas de utilizarlo”. Asimismo, es necesario recordar que el hipocampo cerebral – órgano implicado en la memorización – está fuertemente activo durante el sueño (Dehaene, 2018).
Asimismo, el renombrado especialista en educación, Fernando Reimers (2020), sintetiza algunas de las preguntas centrales sobre el aprendizaje que se extraen de resultados de investigación a escala mundial. Por ejemplo, ¿cómo los estudiantes comprenden nuevas ideas?; ¿cómo los estudiantes aprenden y retienen información nueva?; ¿cómo los estudiantes resuelven problemas?; ¿cómo el aprendizaje se transfiere a nuevas situaciones adentro o fuera de la clase?; ¿cómo motivar a los alumnos a aprender; ¿cuáles son malentendidos fundamentales sobre cómo los alumnos piensan y aprenden?
En cuarto lugar, crecientemente se enfatiza la necesidad de entender y apuntalar la diversidad de los alumnos en sus expectativas y necesidades lo cual viene a ser la contrapartida de una educación personalizada a medida. Sin atender la diversidad, no se logra identificar y apuntalar el potencial de aprendizaje de cada alumno. Precisamente dicho potencial se canaliza, por ejemplo, tal cual señaló largo tiempo atrás, el prestigioso experto en educación, Howard Gardner (1983), a través del desarrollo de diversas inteligencias – lingüística, lógico-matemática, espacial, cinestésico-corporal, musical, naturalista, intrapersonal e interpersonal.
Esto implicaría contar con propuestas educativas que promuevan un conjunto variado de experiencias de aprendizaje, vinculadas a múltiples áreas de saber, para que cada alumno pueda tener oportunidades y espacios para explorar y experimentar respuestas que respondan a sus intereses. Asimismo, la exposición a diversidad de aprendizajes, sin catalogarlas en “duros” o en “blandos”, o en “fundamentales o “accesorios”, está más a tono con los tipos de desafíos que enfrentan los alumnos al tener que conectar diferentes piezas de conocimiento para desempeñarse competentemente en diversos órdenes de la vida.
En quinto lugar, la visión y la formación sobre el alumno, que se forja desde el sistema educativo, tiene que necesariamente incorporar sus vivencias pandémicas, así como las de educadores, madres, padres y comunidades. Ciertamente la pandemia cala hondo en el bienestar del alumno de formas que no necesariamente van en una misma dirección. Los aspectos más negativos han sido por lo demás señalados desde una mirada de conjunto a la persona alumno. Por ejemplo, un informe recientemente publicado por la Sanidad Pública de Francia señala que entre las edades de 12 a 17, se observa, en relación a una línea de base pre-pandemia, un aumento del 30% en relación a plantearse la posibilidad de suicidarse y un 43% respecto a episodios depresivos (Delorme, 2021).
Globalmente, la pandemia nos lleva a una necesaria y diríamos saludable, reconfiguración de los roles de alumnos, educadores, familias y comunidades mancomunados en aras de garantizar el involucramiento activo del alumno y la continuidad de sus procesos de aprendizaje. Ya sea porque madres y padres se comprometen más con la educación de sus hijos y asumen de alguna manera roles variados y dinámicos de apoyo a los aprendizajes, o bien ya sea porque los educadores y los alumnos se conocen más incorporando sus identidades virtuales lo cual puede incidir en un mayor acercamiento inter-generacional.
Ciertamente aprendizajes que se entienden como fundamentales no se han iniciado, o bien se han discontinuado, o bien no se han completado, pero no se puede suponer que todo se ha “perdido” durante la pandemia. Esto implicaría dejar de lado o congeladas en el tiempo las voluntades y las competencias de los alumnos en orden a desarrollar una serie de anticuerpos sociales, emocionales y cognitivos ante posibles futuras pandemias o crisis que son activos que van a perdurar a presente y a futuro. Resulta lógico suponer, y de hecho se verifica, que los alumnos desarrollan una serie de conocimientos y competencias durante la pandemia – por ejemplo, una mayor autonomía de pensamiento y de acción, así como de capacidad de aprendizaje independiente – y a la vez, experimentan renovadas formas de comunicarse y de entenderse, así como de cimentar confianza con sus familias, pares y educadores.
En resumidas cuentas, los sistemas educativos pueden tomar el camino de abrirse a consideraciones mas respetuosas y afinadas del alumno como persona y como aprendiz tomando debida nota y reflexionando sobre lo que sucede durante la pandemia.
Quedarse en las categorías de pensamiento y en los instrumentos de análisis pre pandémicos, que ya de por si evidenciaban enormes dificultades en empatizar con los alumnos, sería un grave error. Las decisiones que se tomen hoy sobre la transformación o no de la educación, y su efectivo alcance, van a marcar la vida de las nuevas generaciones. No lo dejemos de perder de vista como sociedad.