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El fin de la emergencia sanitaria

Opinión > HECHO DE LA SEMANA

Tenemos el diario del lunes: nunca más al modo pandemia

Con el diario del lunes sabemos que las medidas contra el covid tomadas en marzo de 2020 fueron como usar un misil para matar una plaga de insectos de jardín

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08 de abril de 2022 a las 12:43

Sería injusto medir con el diario del lunes lo que se hizo desde 13 de marzo de 2020 en Uruguay y el mundo. No se puede evaluar sin aquel contexto: un virus nuevo, imágenes escalofriantes que venían del exterior, la solución de la cuarentena obligatoria, que aplicó sin dudar el totalitario gobierno chino, pero que sorprendentemente siguieron los países europeos alrededor de esa fecha. Había hospitales colapsados, había imágenes (provenientes de la dictadura de Pekín) de muertos que caían redondos en la calle. Todo alimentó un cierre general del mundo como nunca pasó en la historia.

Dos años después, y con la decisión del gobierno esta semana de levantar la emergencia sanitaria, es obligación tomar nota sobre todos los costos que dejó la emergencia de covid-19. Tenemos el diario del lunes: sabemos todo lo que nunca debemos volver a hacer, porque hizo mucho más daño que el que quería evitar.

Es indudable que desde el punto de vista sanitario costó muy caro: 7.500 muertos y otros miles que sobrevivieron pero quedan con secuelas. El virus es real, hizo daño y lo seguirá haciendo. Mientras no hubo vacunas, algunas restricciones puntuales fueron una estrategia lógica.

Pero en aquel marzo de las imágenes escalofriantes se rompió un balance delicado que aún no se reparó del todo: el del costo-beneficio de las medidas extremas. Dos años después, la caricatura de las cuarentenas chinas lo dejan patéticamente claro: en Shanghai se muere gente porque no la dejan tratarse en los hospitales, en los que se atienden exclusivamente casos de covid. Pero no se puede mirar hacia el costado, y es tarde para indignarse: aún nuestras sociedades liberal-democráticas hicieron un daño comparable durante este tiempo.

El mundo, durante muchos meses, se volvió covid céntrico. Las políticas de emergencia tomaron el covid como único norte, en una profecía autocumplida: los cierres generaron crisis, y la crisis obligó a los gobiernos a dedicar casi todas sus energías a combatir los coletazos económicos y sociales de la forma de combatir la pandemia. 

La salud mental quedó en un segundo plano mientras los gobiernos se enfocaban en el aislamiento social. En varios países aumentaron los casos de suicidios y autolesiones, aunque muchos discuten si el aumento es por el covid-19. Decenas de miles dejaron de tratarse de enfermedades como el cáncer, por miedo al virus.

Pero si hubo un gran perdedor fueron los niños, acusados de ser los vectores principales de transmisión, pese a que la evidencia era harto discutible. En todo el mundo se quedaron sin clase durante meses. Como siempre, los que lo pagaron más caro fueron los más pobres: los que no se podían conectar a internet o no tenían redes de contención para el aprendizaje en casa. Y una vez que el mundo volvió a la normalidad, siguieron cargando en buena parte del mundo con la obligación de un tapabocas. Las huellas están claras: daño a la socialización, aprendizaje más lento en el mejor de los casos, abandono escolar en los peores. En Uruguay volvieron más pronto que nadie, y el uso de los tapabocas fue variable, pero recién este martes se eliminaron las distorsivas cuarentenas. Y hasta esta semana las maestras seguían obligadas a usar tapabocas aunque fueran una barrera al aprendizaje de lenguaje de los más pequeños.

Los infectólogos coparon la escena. Eran necesarios, claro, pero por momentos fueron la única voz escuchada, mientras mirábamos hacia el costado cuando otros sectores de la ciencia advertían los daños colaterales que se estaban amontonando. Y lo digo en primera persona: en aquellos primeros meses de 2020 seguía cada cifra de covid, y hasta me caía simpático ese concepto de covid cero. Era un nuevo Maracanazo de Uruguay. No sabíamos, o no queríamos ver, que una población virgen de anticuerpos, antes de las vacunas, era extremadamente vulnerable, como terminó pasando en marzo y abril de 2021.

Con el diario del lunes sabemos que las medidas tomadas en marzo de 2020 fueron como matar una plaga de insectos de jardín con un misil. Olvidamos cientos de años de evidencia en el tratamiento de enfermedades infecciosas, centrada en la protección de los vulnerables, y barrimos al pasar con todo. Nuevamente, Uruguay fue de los más liberales en ese sentido, pero aún así tomó medidas de un alcance tal que los efectos secundarios se siguen sintiendo.

Hace casi 10 meses que tenemos un porcentaje de población vacunada que, sumada a los que ya atravesaron la enfermedad, significan un muro de contención invaluable para evitar el temido colapso sanitario. Eso fue el norte durante muchos meses, lo que permitiría concluir ya por junio de 2021 que era extremadamente improbable que las camas de CTI no alcanzaran si había una nueva ola. Pero luego el objetivo se corrió, fogoneado por los defensores del covid cero que defendían seguir restringiendo hasta que desapareciera el virus, aunque casi todos estuviéramos vacunados. Recién después de la ola de Omicron, cuando los contagios subieron de forma inédita pero los muertos e internados lo hicieron mucho menos, se dieron por vencidos: no se puede erradicar el virus, y hay que saber convivir con él. 

Señor, señora, que quede claro: si está vacunado (ni que hablar si tiene dosis de refuerzo) es extremadamente poco probable que el covid lo mate o lo derive a un hospital. Si está vacunado y ya lo atravesó, más aún, aunque pueda reinfectarse. Si tiene factores de riesgo puede ser lógico cuidarse un poco más, pero todas las probabilidades están de su lado. Algunos estudios advierten sobre el long covid, pero faltan ejemplos en masa que comprueben lo que los estudios sugieren. Otros estudios argumentan que en países altamente vacunados, la mortalidad covid ya es menor que la de la gripe. Hay unas células maravillosas, las T, que tienen memoria para defendernos, y que han sido ninguneadas en todo este tiempo. Eso es todo lo que no dicen los que insisten en forma obsesiva con seguir imponiéndole a todos el “hay que seguirse cuidando”. 

No solo es cuestión de hacer una autopsia de las medidas. Quizás haya nuevas variantes, y hasta ocurra lo muy poco probable: que aumenten su letalidad o que evadan a las vacunas (aunque nunca lo harán totalmente). Incluso quizás haya una nueva pandemia. Pero aún así, la emergencia sanitaria nos enseña que no podemos volver a esas medidas que barran con todo. Ni siquiera deberíamos volver a medidas universales. Hay que hacer lo que se hizo siempre: proteger a los vulnerables y dejar la libertad que cada uno se cuide y cuide a los suyos como entienda mejor.

Es hora de leer el diario del lunes. La libertad individual, aún en los países con políticas covid más liberales como Uruguay, pagó un precio demasiado caro.

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