21 de junio de 2011 15:11 hs

Año 2014: Uruguay mira al mundo y abre el paracaídas. La recuperación de Estados Unidos se afirma. Las sucesivas rondas de estímulos monetarios dieron resultado. La economía comenzó a despegar, el desempleo revirtió su tendencia descendente y el mercado inmobiliario rebotó contra el fondo con vitalidad.

Pero tal como reflejaba la curva de rendimientos de los bonos estadounidenses, la inundación de dólares disparó la inflación y la FED subió la tasa. Mientras los mercados accionarios evidencian ímpetu taurino, el precio de los bonos emitidos cae a favor de las nuevas emisiones con rendimientos más altos. Los metales preciosos que fueron la reserva de valor se derrumban y el dólar va otra vez por la revancha, claro que más arrugado por la última crisis.

El precio de las materias primas pierde pie como consecuencia de la revalorización del billete verde. Para los emergentes se acaba el champagne y el baile arriba de las mesa.
En Europa, mientras tanto, el euro termina de salvar una prueba de vida y la Unión Europea logra encauzar la crisis de la deuda generada por Grecia y otros países periféricos del continente.

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China está sufriendo el estallido de su burbuja inmobiliaria. Los bancos (estatales, claro), sufren. El gigante asiático cambió el modelo y en vez de apostar a las exportaciones, el modelo está afincado en el consumo interno. En ese escenario mundial imaginario –no se trata de predicción alguna–, más optimista que el trazado por el equipo económico uruguayo, Uruguay vuelve a un crecimiento anual de 4%, superior a su media histórica de casi 3%, coincidente con las proyecciones oficiales a nivel local.

La caída de los precios de las materias primas, aunque acompañadas de una mejora del tipo de cambio, tienen impacto negativo en las exportaciones. La caída de actividad encuentra a un Uruguay con salarios altos, siempre rígidos a la baja, y ello favorece el crecimiento moderado del desempleo. Luego de volar con tasas de crecimiento asiáticas (8,5% en 2010) otra vez pisamos tierra.

¿Y que quedó de aquellos buenos y disfrutables años? ¿Se construyeron carreteras y puertos? ¿Funciona el ferrocarril? ¿La bonanza financió una educación de primera? ¿Las empresas agropecuarias que cambiaron la matriz productiva se quedaron? Hay mucho polvo, no están claras las respuestas.

Pero eso sí, entre la bruma se alcanza a ver el plasma.

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