El análisis económico de coyuntura convencional funciona bastante bien con Brasil, pero no así con Argentina. El problema es que para avizorar el futuro primero es necesario comprender el presente. Un factor esencial es entender el cristinismo, esto es, cuáles son los criterios de acción política que rigen las decisiones de Cristina Elisabet Fernández de Kirchner y de aquellos que la acompañan en el gobierno.
Cristinismo no es kirchnerismo
Al igual que su esposa, Néstor Kirchner centralizaba el poder, pero a diferencia de ella, era él el verdadero ministro de economía. Su programa era sencillo: superávit fiscal y dólar alto.
El pragmatismo de Kirchner nada tiene que ver con el voluntarismo de Cristina. Kirchner tenía claro que lo que importaba eran los resultados, Cristina cree que sus interminables discursos pueden sustituir a la realidad.
Desde el punto de vista político Kirchner procuró lograr el apoyo de grupos dentro y fuera del peronismo. Se alió con el sindicalista Moyano, con los piqueteros de Luis D’Elía y con el grupo Clarín. Tanto Kirchner como Cristina siempre han necesitado alguien a quien atacar, pero mientras que para Néstor era una forma de cohesionar filas frente a un enemigo común, para Cristina es la forma de distraer a la gente de sus fracasos.
Cristina ha roto todas las alianzas que su marido había forjado, distanciándose no solo del sector agropecuario (los de los “yuyos”), sino también del sector industrial y del sindicalismo. Los resultados están a la vista. Mientras que Argentina creció al 8% anual durante el gobierno de Kirchner, pasó a crecer al 4% en el primer período de Fernández, y al 2% en caída desde su reelección. El superávit se transformó en déficit, así como también se fue el dólar alto. A pesar de que la deuda externa es apenas el 42% del PBI, Argentina está en serio riesgo de caer en default de deuda soberana como consecuencia del juicio que los fondos buitres han promovido en Nueva York. La deuda argentina con vencimiento en 2017 saltó a una tasa del 20%, tasa cuatro veces mayor al costo promedio contra default de cualquier otro país emergente.
Cristinismo no es peronismo
La principal agrupación de apoyo a Cristina es “La Cámpora”, fundada por su hijo Máximo Kirchner en el año 2006. Toma su nombre de Héctor José Cámpora, el fiel dentista personal de Perón que llegó a ser presidente, con Perón exiliado, bajo el lema “Cámpora al gobierno, Perón al poder”. Al retorno de Perón, Cámpora renuncia para que su líder volviera a ser presidente. Cámpora era muy próximo a la izquierda peronista, y durante su breve mandato aplicó una política nacionalista, estatista y distribucionista. Fue luego expulsado del partido por sus ideas revolucionarias y por haber liberado a los presos políticos de izquierda. El peronismo fue un movimiento que siempre tuvo alas de izquierda, centro y derecha.
Con el paso del tiempo Perón cada vez se alejó más del ala de izquierda, cuyo grupo más importante eran los Montoneros, grupo al cual los Kirchner afirmaban haber pertenecido. Néstor estaba en la convocatoria de Plaza de Mayo del 1º de mayo de 1974 cuando Perón increpó a los montoneros con aquel “imberbes, esos estúpidos que gritan”. Cristina pertenece a una generación para la que el último Perón es un traidor.
Durante su gobierno Néstor Kirchner procuró generar un frente de grupos de izquierda pero cuando fracasó regresó pragmáticamente al Partido Justicialista, llegando a ser su presidente. Cristina se ha enfrentado en cambio al peronismo tradicional, al punto de que la alternativa al gobierno con más chances al momento actual es un peronista, Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos Aires.
El cristinismo es obsecuencia
Las órdenes de Cristina deben ser obedecidas sumisamente, sin críticas, sin objeciones o protestas.
La etapa decisiva en el desmantelamiento de cualquier opinión divergente en el gobierno comenzó durante el gobierno de Néstor Kirchner, el 16 de setiembre de 2004, cuando este decidió remover al presidente del Banco Central, Alfonso Prat Gay, quien se resistía a la incorporación de figuras ultrakirchneristas al directorio de la entidad. Lo reemplazó Martín Redrado. Luego de las elecciones legislativas de octubre de ese año, en las cuales el kirchnerismo obtuvo un triunfo decisivo en la provincia de Buenos Aires, Kirchner le pide la renuncia a Roberto Lavagna. A partir de ese momento los ministros serán seres anodinos, sin mayor reputación académica o profesional (Felisa Miceli, Miguel Peirano, Martín Lousteau, Carlos Fernández, Amado Boudou, Hernán Lorenzino), y será frecuente que algunos secretarios de Estado tengan más poder que ellos, como es el caso del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, quien ha sobrevivido a todos los ministros desde Miceli.
El proceso culmina con las presiones que fuerzan a Redrado a renunciar al Banco Central en el 2009, por negarse a pagar deuda externa con reservas, para ser sustituido por Mercedes Marcó del Pont.
El Banco Central Argentino pasó a ser con Marcó del Pont “el monedero de Cristina” al decir del economista José Luis Espert.
Los asesores económicos de la presidenta al día de hoy son Guillermo Moreno y el viceministro de Economía, el camporista Alex Kicillof. Moreno es un nostálgico del peronismo de los 40 y 50, Kicillof propugna un Estado altamente intervencionista.
El discurso dirigista de esta dupla que sostiene que la economía puede subordinarse a los deseos de la presidenta ha sido música en sus oídos. En esa lógica se enmarcan medidas tales como la expropiación de YPF, las restricciones cambiarias y a las importaciones, y la regulación de precios y tarifas.
Estas tres son las claves a partir de las cuales la aparente irracionalidad del gobierno argentino puede ser descifrable. Cristina Elisabet ha perdido el capital económico y político que fue legado de su difunto esposo. Ha logrado distanciar a los peronistas no cristinistas y al movimiento sindical, piezas claves para cualquier gobierno en ese país.
La realidad se está imponiendo al discurso y ya no hay maquillaje de las estadísticas que la oculte. También ha perdido su eficacia la estrategia de defensa basada en crear un enemigo (Scioli, Macri, la CGT, el FMI, Clarín, la Justicia). Las luces rojas aparecen por todas partes, pero, como en el cuento del rey desnudo, nadie en la Corte se atreve a decirle a la reina cuál es su verdadera situación.