Al elegir a Mauricio Macri como su próximo presidente, la mayoría de los argentinos optaron esperanzados por el camino más seguro para empezar a sacar a su país del despeñadero en que lo han hundido 12 años de absolutismo monárquico del matrimonio Kirchner. Es un camino largo y pedregoso, en el que Macri se ha comprometido a avanzar día a día para recomponer una economía desquiciada, atenuar profundas desigualdades sociales y restablecer el funcionamiento eficaz y transparente de las instituciones del Estado. Su meta, a partir de cuando asuma el gobierno el 10 de diciembre, es crear, dentro y fuera del país, la confianza sin la cual el desarrollo es imposible.
Es enorme y compleja la tarea que tienen por delante el presidente electo y su equipo para corregir los años de errores acumulados por la mandataria saliente, Cristina Fernández de Kirchner, agravados por sus excesos de último momento, cuando se percibió la probable victoria del líder de la alianza opositora Cambiemos sobre el candidato oficialista Daniel Scioli. Le entrega no solo un país cuya riqueza y potencial han sido dilapidados. Un cepo cambiario ahoga a la población. Las reservas del Banco Central se han esfumado en el despilfarro y su sede ha sido allanada por la Policía por orden judicial, a raíz de la acusación a su presidente Alejandro Vanoli de maniobras fraudulentas con la asignación de operaciones con el dólar a futuro. Además, a último momento, la señora Kirchner y sus amigos nombraron al barrer a miles de nuevos funcionarios públicos, incluyendo la vergonzosa designación de dos jóvenes miembros de La Cámpora en la Auditoría de la Nación, todo para complicarle aun más la vida al nuevo gobierno.
Pero Macri llega al poder con el antecedente favorable de su exitoso gobierno en la ciudad de Buenos Aires que refleja competencia administrativa, aunque deberá aplicarla al ampliado y más complicado panorama nacional. Entre otros muchos desafíos, tendrá que ganarse el respaldo de gobernadores provinciales y legisladores que no integran la alianza que lo respaldó electoralmente. Ha asumido además mejorar la despareja educación pública, la atención a la salud, los erráticos servicios públicos en energía y otros campos y la seguridad ciudadana, asediada por altos niveles de delincuencia. Su mayor problema inmediato, sin embargo, será ordenar la estructura económica, financiera y productiva. Recibe un país con escasas reservas de dólares y acogotado por el cepo cambiario, en momentos en que necesitará vastos recursos para alentar producción en el agro y la industria. Para encontrarlos, deberá recurrir a la confianza que genera su triunfo electoral para atraer inversores y acceder al crédito, perdido por el desprestigio del kirchnerismo.
La victoria de Macri, por otra parte, es favorable a Uruguay. La administración Vázquez y su Frente Amplio no ocultaron preferir a Scioli, pese a que representaba la continuidad de la política proteccionista que nos cerró el mercado argentino. Macri, en cambio, incluye en sus planes una apertura comercial que, aunque será global y no estará específicamente dirigida a nuestro país, eventualmente ayudará a restablecer el deprimido flujo comercial que tanto daño le ha causado a la economía uruguaya. Ya solo sin cepo, Uruguay será beneficiado.