7 de marzo 2018 - 5:00hs

Aunque resulte extraño, el gobierno de Donald Trump podría seguir con Corea del Norte el criticado camino que su predecesor Barck Obama recorrió con Irán si se confirma la aparente intención del régimen de Kim Jong-un de adoptar la decisión de ingresar en negociaciones para su desnuclearización.

La sorprende noticia se dio a conocer este martes de la mano de un emisario del gobierno surcoreano quien, en misión a Pionyang, acordó una cumbre adjetivada como "histórica" que se desarrollará en abril en la Zona Desmilitarizada entre ambos países.

El acuerdo de profundizar en las negociaciones de paz (técnicamente las dos coreas sigue en guerra desde 1953 y su volátil relación estuvo mediada por un alto al fuego) llegó luego de que el régimen norcoreano ofreciera renunciar a sus armas nucleares a cambio de garantías de seguridad.

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El régimen de Kim Jong-un "dejó claro que no hay motivos para tener (armas) nucleares si se despejan las amenazas militares contra Corea del Norte y se garantiza la seguridad de su régimen", afirmó a la prensa Chung Eui-yong, consejero de Seguridad del presidente surcoreano, Moon Jae-in.

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Ese compromiso, que podría resultar fundamental para que Washington avalara el proceso, deberá ser ratificada por una voz oficial norcoreana para que resulte creíble. De hecho, ahora Pionyang también estaría dispuesto a tener un diálogo "franco" con Estados Unidos como el inicio de un proceso para normalizar las relaciones.

El último antecedente similar, aunque de menor significación, fue la suspensión temporal en 2012 del programa nuclear cuando Kim tenía apenas dos meses en el poder, a cambio de alimentos.

En los últimos meses se mostró inflexible para hacer alguna concesión respecto a su programa nuclear, que está en expansión desde 2006, y que en el último año había tenido varios ensayos balísticos.

Ese comportamiento resultaba entendible por dos razones: una que juega hacia el exterior y otra hacia el interior. Para Corea del Norte las armas nucleares son una garantía de disuasión frente a cualquier intento de intervención extranjero (sobre todo estadounidense). En este sentido, las armas operan como un asegurador que permite mantener la integridad territorial.

Pero también son una muestra de poder para su población. En regímenes en los que hay una concentración de poder tan grande –como fue el Irak de Sadam Hussein– la imperiosa necesidad de demostrar quien tiene el control se vuelve recurrente. Kim tiene tanta urgencia de disuadir amenazas foráneas como de reconfirmar su liderazgo interno.

Que abandone su plan nuclear a cambio de condiciones apropiadas de seguridad abona la primera parte de esa hipótesis. Aunque, aún así, resulta sorpresivo que el régimen norcoreano esté dispuesto a quedar al desnudo. Alguien podrá sugerir que las múltiples rondas se sanciones del Consejo de Seguridad de ONU finalmente hicieron efecto. Pero probar causalidad en relaciones internacionales es tan difícil como inexacto.

Menos inesperada que la supuesta concesión de Corea del Norte es la insistencia de Corea del Sur por entablar un canal de comunicación efectivo.

No es fácil advertir desde cuándo exactamente el gobierno surcoreano empuja este acercamiento, pero lo que no puede dejar dudas es que la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca –y sus chisporroteos tragicómicos con Kim Jong Un– planteó un análisis más serio en Seúl, que está en una situación de desventaja estratégica frente a su rival.

Washington ha velado desde la segunda guerra mundial por la seguridad de Corea del Sur y Japón. Pero la percepción parecería haber cambiado en Seúl respecto a las garantías que le brinda Estados Unidos. Cuando llegue el momento, ¿podrá confiar Corea del Sur que Washington hará lo necesario por protegerlo? Más aun, ¿puede cualquier gobierno de Corea del Sur confiar en que China –el único interlocutor que el régimen de Kim escucha– pondrá suficiente presión en su socio?

Las respuestas a estas preguntas seguramente se hayan traducido en el esfuerzo por apostar a la diplomacia y terminar de una buena vez con uno de los pocos hijos de la guerra fría que sigue llorando.

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