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15 de septiembre 2022 - 5:03hs

Lo primero es un hormigueo extremo en el estómago. Dura esos treinta segundos que van desde que se abre la puerta del vestuario hasta que se sube al escenario. Se mezcla con el deseo de que todo salga bien. Con los nervios, con la excitación. La luz apagada, los gritos, el primer acople, la cuenta y la liberación. La música empieza a sonar y los problemas se terminan.

Hace casi cuatro décadas que Gabriel Peluffo atraviesa esas sensaciones cada vez que sale al escenario con Buitres. El cantante del insigne grupo no sabe como nombrarlo, pero sí reconoce que hay “algo” que conecta a los integrantes y que genera una tranquilidad total al momento de salir a escena que se mezcla con el entusiasmo de lo nuevo ante cada show: la emoción de presentar algo diferente, de generar la duda de cuál será el primer tema y de ofrecerlo al público.

Sentado en la mesa de un bar del Parque Rodó, Peluffo explica que “hay un nervio antes de entrar que es fantástico, pero en el momento que empieza el show es lo contrario, es el disfrute total, es más, cuando estás disfrutando mucho tenés que tener cuidado de bajar y estar más tranquilo. Pero siempre hay que tener cierto nivel de tensión, porque eso te mantiene atento”.

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Este sábado 17, esas sensaciones volverán a pasar por Peluffo cuando Buitres salga a escena en el Antel Arena, al que vuelven después de dos años y medio para la presentación oficial de su disco más reciente, Mecánica Popular. Un disco que salió en las últimas semanas de 2019, pero que la banda sentía que necesitaba una oportunidad más bajo los reflectores por el cariño que le tienen, por la buena recepción del público, por haber sido considerado por los premios Graffiti como el disco del año en su edición 2020, y porque la pandemia impidió hacer la gira de presentación que estaba prevista.

El show, además, será en un formato poco habitual para el grupo, en una disposición de 360 grados con la banda en el centro, rodeada por público en los cuatro costados, al que el cantante señala como uno de los más importantes de la carrera de Buitres. Una carrera, además, que estuvo llena de momentos memorables sobre los escenarios. De los apoteósicos, de los que dan ganas de borrar de la memoria, de los pintorescos y de los emotivos. De ellos habló el frontman de Buitres en un paseo por los recuerdos de lo mejor, lo peor y lo más raro de la banda en su historial en vivo.

¿La banda tiene algún tipo de ritual antes de salir al escenario?

Hay un conocimiento entre nosotros, sabemos cómo reaccionamos, qué actitudes tenemos, qué vamos a hacer. En ese sentido, nada nos genera incertidumbre, no tenemos arengas ni palabras, nada. Lo que sí vamos a tratar de hacer diferente esta vez es estar solos media hora o cuarenta minutos antes y tocar un poco antes de subir, para entrar calentitos y bien concentrados. Creo que más que por el toque en sí, viene por eso de estar conectados antes de subir. Es fundamental poder estar solos.

¿Cuál fue el momento más épico en vivo de la historia de Buitres?

Me acuerdo del show en el Palacio Sudamérica en 1991, cuando estábamos recién empezando, que fue un sábado de tarde, o una cosa así, y se llenó hasta las manos. Se armó un pogo y el escenario, que tenía ruedas, se movía, la gente lo movía. Fue como un bautismo de los comienzos. Después hubo shows emblemáticos. Cuando presentamos Maraviya, por ejemplo, que tiraron todas las torres de sonido (risas). Fue un Teatro de Verano lleno, caótico, se subió toda la gente al escenario. También una Fiesta de la Cerveza donde fue todo caótico, que terminó con la policía al mejor estilo película americana, con una fila de ocho patrulleros que vinieron a parar los desmanes, estuvo impresionante.

Después, el show de los 10 años, que fue un Teatro de Verano alucinante. Ahí no pudimos hacer una segunda presentación porque el papá de Gustavo (Parodi, el guitarrista de la banda) estaba muy mal, de hecho falleció en los días siguientes al show, y estuvimos incluso a punto de suspender por la situación. Pero no solo se llenó el Teatro, sino que había gente contra el alambrado, con las banderas colgadas. Tocamos para los que estaban adentro y para toda la gente que estaba en las canteras, afuera. Fue muy emocionante. Y después cada uno de los hitos que fue logrando la banda: los Velódromos, alucinantes todos; el Cine Plaza, que lo llenamos cinco veces. Son todas cosas que te van marcando.

Y bueno, los Pilsen Rock también. Ahí tomamos conciencia de lo que significaba la banda en todo el país. Fueron shows de locos. También los Antel Arena de 2019, que fueron dos, llenos, y pensamos que habíamos llegado a lo máximo, pero también hubo shows chicos que fueron emblemáticos, y donde uno sabía que pasaban cosas. Que en Salto vayan 900 personas a verte solo a vos, sin que haya baile ni nada, que en Artigas vayan 1500 personas. Esas cosas son galardones que tiene la banda a lo largo de todo el país y nos ponen muy felices, por no contar las tristes, cuando fueron 30, 40 personas, que de esas hay un montón. 

Leo Barizzoni Buitres en el Cine Plaza en 2007

¿Cuál fue el mejor show de Buitres?

El último que hicimos en el parque Roosevelt, pese a que no había equipo como para la cantidad de gente porque fue un show medio a las apuradas, es un show en el que tocamos muy bien. Estamos tocando muy bien con esta formación. Y tal vez el Velódromo de 2006, el de los 17 años. Fue flor de show ese. 

¿Y el peor?

Hemos sabido tocar en malas condiciones (risas). Hubo un show en el Club Albatros, que yo no tenía voz prácticamente, y tocamos igual. No lo recuerdo como un buen show, porque además había mucha expectativa, organizaba gente de facultad, había un ambiente universitario. Y yo canté horrible. 

¿El momento más emotivo que haya tenido en un show?

Cuando sacamos el disco Periplo, en 2004. El disco salió un jueves, y el sábado tocamos en Minas. Y el tema Tercer deseo lo cantó toda la gente que nos fue a ver, y yo creí que me moría. Hacía dos días que conocían el tema, y lo cantaron. Fue lo máximo.

¿Qué fue lo más raro que les pasó arriba de un escenario?

Siempre están las caídas. En un Montevideo Rock, en la pasarela del medio del escenario no veíamos nada, porque tenía luces. Yo no veía un carajo. La línea de monitores estaba puesta en el medio del camino a la pasarela, y yendo para atrás con la jirafa me caí. Después en el Velódromo, alguien tiró una cédula y la pisé y me maté. Me acuerdo de un festival en Rivera, que estaban las reinas, no me acuerdo si del carnaval o de la fiesta, vestidas de cowboy, bailando en el escenario. Gente que se te pone a bailar arriba del escenario y no tenés ni idea quienes son. O cuando invitamos a Robert Reys a cantar en Melo, que cantó el Rock de la cárcel con la banda y yo me tuve que retirar (risas). El repentismo es alucinante, puede ser bizarro pero está bueno. Eso de alguna manera es el rock and roll: que vos puedas hacer algo que está fuera de programa y la gente se enganche. 

Leo Barizzoni La formación actual de Buitres

¿Cuál es la canción que más disfruta cantar en vivo?

Uno a veces se enamora de lo último que está haciendo, porque le gusta mostrarlo y que la gente se enganche, pero son muchas canciones, porque cada una es un momento especial dentro del show. De las que se repiten, de las que no podemos sacar del repertorio, Mincho Bar la disfruto muchísimo: tengo que cantar, tocar la armónica, moverme bien, los demás vienen a cantar los coros, no me dejan solo. Me resulta súper disfrutable. Y le veo la cara a la gente que es un poema en ese tema. Me gusta mucho. 

Pasaron tres años de la salida de Mecánica popular, ¿ya están pensando en el próximo disco?

Después de este show tenemos que ver si vamos a empezar el proceso compositivo, porque más o menos los lapsos entre obra y obra vienen siendo así, de tres o cuatro años, lo que ha sido muy bueno. Creo que los últimos cuatro discos son muy buenos y no tienen nada que ver uno con otro. Y son los discos que vienen después del boom, que te puede condicionar, pero hicimos cuatro obras muy diferentes, y la idea es seguir en ese trillo. Hacer algo distinto. Pero si queremos, porque tenemos que dejar que venga solo, no ponernos ningún prejuicio ni nada para componer. Es lo peor que puede haber en el arte, buscarle una utilidad y meterle presión, una obligación. 

Al momento de componer, ¿qué tanto cambiaron con respecto a quienes eran cuando empezaron, cuando quizás tenían la urgencia juvenil de sacar todo para afuera?

Cambió sustancialmente. No hay una presión tan urgente de parte de ninguno los que somos el flujo compositivo, que somos Gustavo (Parodi), Pepe (Rambao, guitarrista) y yo. Tenemos una etapa de taller de banda, en la que las ideas que traemos se trabajan en el ensayo, y siempre es como un juego. Uno trae algo, los otros dos que no trajeron esa idea dicen "uh, si este trajo yo también tengo que hacer algo". Hay como una competencia natural, que la conservamos de nuestros inicios. Pero el arte no es competencia, es que nos vienen las ganas y después se compone, y para eso hay que tener una buena melodía. Después está la escritura, que es un lugar que ellos me han dejado, no es que yo lo reclamé. En realidad lo reclamé en una época, pero ahora no; el que quiere escribir puede hacerlo. Pero en general lo tienen medio relegado. A mí me gustaría que ellos escribieran más.

¿Y qué se mantiene al momento de hacer canciones después de más de 40 años juntos?

Parodi dice algo que es que más allá del sonido de la guitarra o del timbre de la voz del cantante, se identifica a Buitres con el tipo de composición, que es muy personal. Si bien tomamos elementos conocidos de la música popular, no estamos inventando un estilo, hacemos canciones que son bien personales y muy particulares, y que nos definen a nosotros como artistas. Yo, sinceramente, creo en eso.

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