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Un futuro imperfecto

Todos miramos los avances pero no educamos para el porvenir 

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14 de julio de 2019 a las 05:00

Repasando una vieja biblioteca me reencontré con un libro entrañable y disfrutable. Se llama “Por un futuro imperfecto” del prolífico periodista y escritor mallorquín Valentí Puig (Ediciones Destino, España, 2004). Mientras describe la transición del siglo XX al XXI y los retos que ella implica, señala y  recuerda que “aceptar que vivimos en un mundo que siempre será imperfecto es una de las buenas lecciones del siglo que se fue y seguramente será una de las lecciones más difíciles de aprender, porque  nos hace más libres”. 

Han pasado 15 años desde la publicación del libro y pese a los notables cambios tecnológicos (basta recordar que el Iphone, que cambió por completo la categoría de los teléfonos celulares y lo que cada uno puede hacer munido de uno de ellos en su vida diaria, es del año 2007), económicos, sociales y  culturales, el libro sigue manteniendo su vigencia. Es más, su vigencia parece mayor cuanto mayores son los cambios. Incluso ahora está muy en tela de juicio algo fundamental para el ser humano cómo es el trabajo. El “futuro del trabajo” o “el trabajo del futuro” es algo que nos debe preocupar por muchos motivos: qué empleos se perderán, qué empleos nacerán, cómo prepararnos para esos cambios, cómo vamos a educar. Todos miramos los avances de automatización pero no atinamos a dar respuestas adecuadas de que es lo que vamos a enseñar a nuestros jóvenes para adaptarse a ese mundo nuevo y desafiante. Solo sabemos que nuestra educación pública está barranca abajo, lo que conspira para prepararnos para el futuro.

Han pasado ya las elecciones internas y pronto elegiremos el presidente y Parlamento que gobernarán por los próximos cinco años así como para decidir sobre una reforma constitucional sobre seguridad ciudadana. 

Pero seguramente las consecuencias de esta elección  trascenderán, para bien o para mal, ese período quinquenal. Es que en Uruguay debemos decidir, al adentrarnos en el siglo XXI, no solo si dejamos atrás el siglo XX sino también con él  una concepción del Estado y del individuo basada en el predominio del “ethos” colectivo (el cuidado excesivamente paternalista y omnipresente  del Estado sobre el ciudadano desde la cuna hasta la tumba) en desmedro de la potenciación de la capacidad individual para trabajar, para crear empleos y riqueza, para  buscar nuevos horizontes, para forjar un destino personal y familiar,  para asumir las responsabilidades que las libertades que tanto  defendemos conllevan.

Nuestro futuro no lo va a construir el Estado, que en el siglo pasado creó empresas y generó empleos y en lo que va de este siglo aprovechó la fenomenal bonanza agrícola de la primera década para aumentar en forma excesiva el empleo público y para repartir ingresos que eran efímeros como si fueran permanentes.

Uruguay, o buena parte de él, vive añorando un pasado exitoso que ya fue y que no  volverá por sí solo, lamentándose de la existencia de restricciones fiscales que impiden atender todo tipo de demandas sociales o sectoriales. También se añora una especie de “futuro perfecto” en el que bienestar venga de la mano generosa del gobierno para distribuir una presunta riqueza oculta y no del esfuerzo personal y cotidiano de construirse un porvenir.

Pero el futuro es imperfecto y, como dice Valentí Puig, la  “imperfección es una de las garantías del ser humano libre, capaz de  tomar decisiones para hacer el bien o el mal”. Por tanto, no esperemos  que el próximo gobierno nos resuelva todos los problemas económicos y  sociales porque esa es una tarea propia de Hércules que excede con mucho, por suerte, las posibilidades gubernamentales por más capaces y honestas que sean las personas que asumen esas responsabilidades.

Quizá en este momento que enfrenta Uruguay, con un mundo de  posibilidades que se le abren por delante si somos capaces de entender los desafíos de la hora presente, o de problemas y amenazas si no lo hace, sea importante recordar la frase que pronunció Robert Kennedy poco antes de morir asesinado en junio de 1968: “El futuro no les pertenece a quienes se conforman con el presente”. No sería mala cosa que los uruguayos escucháramos de nuestros candidatos más propuestas para el futuro que discusiones sobre el pasado. Alguna luz tenue se ha encendido en la campaña de las internas. Ojalá se haga más intensa.

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