La voz de Juan Manuel Fernández a través del teléfono se escucha con estática y hasta ruido de viento. A eso se suma el acento marcado, difícil. Pero se entiende cuando se pone nervioso por caer en una confusión muy común. “Hombre disculpa, tengo mala memoria y no recuerdo si estuve en Uruguay o Paraguay”, dice uno de los bailadores flamencos más importantes del mundo. “Pero creo que es la primera vez”.
Es, de hecho, la primera vez que el ícono del baile mundial más conocido como Farruquito se presentará en Montevideo: lo hará en el Auditorio Nacional Adela Reta el 16 de abril con el espectáculo Abolengo, y debería ser un día marcado en el calendario tanto para fanáticos del género como para aquellos que no. En un abril relleno hasta el tope con visitas internacionales, la del nieto del mítico Farruco trasciende los límites de lo que se ve habitualmente. El Observador tuvo la chance de conversar con él.
Farruquito es hoy por hoy el gran defensor de la tradición del flamenco, el encargado de mantenerlo en la actualidad, casi obligado por su herencia. Aunque el bailaor no está de acuerdo. “Obligado no, hombre. Yo simplemente la continúo por placer”, comenta el sevillano, “yo me siento a gusto con reivindicar la escuela y la personalidad de mi abuelo”.
Desde el nombre de su nuevo espectáculo (el término abolengo refiere a la ascendencia), Farruquito mira hacia atrás y toma elementos del pasado. “A mí algo que me gusta intentar es ir a los orígenes del flamenco y el por qué se baila de una forma determinada”, explica el sevillano acerca del nombre del show. “Para mí es una renovación, yo intento innovar pero desde los cánones del flamenco, simplemente no lo mezclo con otros géneros”. La mezcla es algo habitual en el flamenco de la última época, explicó con una escuela que la defiende como la única salvación de ese estilo de baile. Farruquito no ataca a esa prédica, pero tampoco la defiende. “Flamenco solo existe uno”, afirma. “Cuando empieza a mezclarse es otra cosa”.
La carrera de Farruquito empezó con una potencia sorprendente para los entendidos. Luego sufrió un revés que habría liquidado el proyecto profesional de muchos otros y logró superar los contratiempos para un regreso triunfal. Con 18 años, en 2001 Farruquito había sido elegido por el New York Times como el artista del año; con tan solo 15 ya se había hecho un nombre y había actuado en Londres. Nieto y heredero de la particular escuela de flamenco de Farruco, integrante de una familia que vivía el género en todas sus filas, Juan Manuel lo llevaba en las venas.
Pero en 2003 su carrera sufrió un golpe en los cimientos cuando atropelló y mató a un hombre. Farruquito estuvo preso por un poco más de un año, y por su comportamiento ejemplar en ese período le permitieron reducir la pena.
Durante unos meses, el nativo de Sevilla estaba libre de día y debía regresar de noche a la cárcel. Luego quedó en libertad bajo fianza y retornó a los escenarios. Es algo que todavía lo afecta hoy: Farruquito se niega a hablar del tema, ni siquiera en forma tangencial, “por respeto a una familia”.
Sin embargo, no se dejó amedrentar por el revés y nunca se bajó de los escenarios, incluso cuando su condena no había terminado y tenía que actuar con una pulsera que rastreaba su posición. De la misma manera, tampoco sucumbió ante las tentaciones de su éxito, que afirma es algo relativo. “Yo siempre sigo pensando en aprender y en seguir repartiendo un poco de cultura y de emoción a partir del flamenco”.
El andaluz agrega que no es algo que persiga a conciencia: “El reconocimiento del público es una parte; el éxito está en la satisfacción propia de sentirte realizado”.
Acerca de Abolengo, Farruquito cuenta que, a tono con toda su carrera, es un espectáculo que va a los orígenes. Desde el comienzo con un niño al que le cantan, (“los niños aprendemos flamenco a través de nuestras madres que nos cantan para dormirnos”), y luego con sus presentaciones junto con su compañera Karime Amaya –mexicana sobrina nieta de otra leyenda, Carmen Amaya– muestran las dos estirpes del flamenco, “el baile de antes y el de ahora”.
Farruquito explica que su espectáculo es para todo el mundo, porque su objetivo no es ser un grande del flamenco. “La meta mía en el flamenco no es llegar a ningún lado determinado, sino llegar a la gente, a los que conocen y desconocen el flamenco”, afirma. “Los que lo conocen lo pueden disfrutar, y los que no lo pueden descubrir”.