Opinión > EDITORIAL

Un grito fuerte

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23 de octubre de 2019 a las 05:02

Las violentas protestas en Chile, que han generado asombro en todo el mundo –y no menos en el establishment de la nación trasandina– dejó al descubierto un drama que tiene raíces históricas, pero ocultas por el fenomenal empuje económico del país en términos latinoamericanos, y que el gobierno de Sebastián Piñera subestimó en su verdadera magnitud.

Las reacciones en Uruguay de políticos en campaña han dejado mucho que desear. Por un lado, hubo infelices declaraciones de dirigentes frenteamplistas que dicen equivocadamente que lo que ocurre en Chile es una consecuencia directa de las políticas “neoliberales” de Piñera; y, desde el frente opositor, hubo mensajes equívocos o un silencio sepulcral que hablan por sí solos.

En Chile, desde la recuperación de la democracia hasta hoy, hubo cuatro presidentes de orientación de izquierda y dos de signo de derecha. Habiendo diferencias entre ellos, todas las gestiones legitimaron la economía de mercado, la responsabilidad fiscal y la apertura al mundo como modelo de desarrollo. Es el famoso modelo chileno, una verdadera política de estado que le ha permitido capear diferentes crisis internacionales y hacer frente con dignidad a las caídas de los precios del cobre.

En 2018 Chile tuvo un aumento del PIB de 4%, aunque este año cerrará con una tasa de crecimiento de entre 2% y 3%, según estimaciones antes de los estallidos sociales. Una inflación anual de alrededor de 2 % y un déficit fiscal estimado también en un 2%.  

Chile juega en la liga de la OCDE, siendo una mosca blanca entre los países latinoamericanos. 

Pero no quiere decir que no enfrente problemas como el de la desigualdad social que tristemente se reflejó en la tormenta violenta de disturbios, saqueos e incendios que comenzó por un aumento del 3 % en las tarifas del metro y que obligó al gobierno a dar marcha atrás.

Un reciente estudio de la OCDE, consignado esta semana en un artículo en la publicación chilena Qué pasa, explica que el fenómeno de la desigualdad es de antigua data; hay una brecha de ingresos que se ha mantenido estable desde el siglo XIX, lo que se refleja en una tremenda concentración de la riqueza, que ninguno de los gobiernos democráticos ha podido resolver, pese a medidas redistributivas.

Ello no invalida para nada el camino liberal, que es el más apropiado para poder resolver las injusticias sociales que hoy hastía a una buena parte de la sociedad y que también siente una actitud displicente de los políticos –no solo del gobierno- ante sus problemas en la vida cotidiana.

En ese sentido, nos parece acertada la reacción de los empresarios chilenos que ayer, en un gesto de autocrítica, reconocieron el “grito fuerte” de la sociedad.  “Es un llamado que hay que recoger con mucha humildad, es un llamado a hacernos cargo de reconstruir la seguridad social, el orden público y la paz social”, dijo el presidente de la Confederación de la Producción y el Comercio, Alfonso Swett.

En estas horas se impone un diálogo a través de un canal donde el gobierno escuche con serenidad los puntos de vista de los movilizados.

Aunque el modelo chileno es el remedio, no la enfermedad, lo más probable, es que un gobierno herido no pueda avanzar con sus reformas para seguir a paso firme hacia la meta del desarrollo.

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