29 de junio de 2012 18:47 hs

Algo tan visceral y esencial solo puede pasar pocas veces en una misma década. Es que en cada disco que Fiona Apple edita deja tanto de sí misma que pareciera que debe recluirse, volver al útero y descansar para poder renacer con algo único. Algo como su último y cuarto disco, The Idler Wheel Is Wiser Than the Driver of the Screw and Whipping Cords Will Serve You More Than Ropes Will Ever Do, y que por razones obvias se llamará The Idler Wheel.

Desde su debut con Tidal en 1996 Apple se transformó en un bicho raro para el circuito de estrellas de la música. Frontalmente opuesta al showbusiness, se negó a jugar al juego de la celebridad. Sin embargo es ahí donde se encuentra su frescura. Trabaja fuera de los tiempos de las casas disqueras, fuera de las modas y las tendencias. Por eso, cada disco de Fiona Apple es un evento. Y hay que celebrarlo.

Es ese uno de los aspectos importantes en su música: no editar un disco porque sí. Suceden solo porque la artista tiene algo que decir. Pasaron siete años para que esa necesidad viera la luz. Y salió con una fuerza que parece venir desde dentro y que estalla en los oídos, Fiona hecha un volcán.

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Todas las canciones llevan esa vibra. Every Single Night, Werewolf, Anything We Want... cada una de ellas dejó claro que de nada sirve compararla con la Fiona de Tidal o incluso del último Extraordinary Machine. La madurez la alcanzó.

Y en su caso, se puede decir que añejó bien. Este no es un disco de fácil acceso. Es un producto que debe decantar y repetirse en el paladar auditivo para poder discernir en totalidad el detalle de sus delicadas formas.

Es un disco que pone sobre la mesa todas las contradicciones de la extraña personalidad de la artista. En Left Alone se pregunta cómo puede pedir a alguien que la ame, si lo único que hace es pedir que la dejen sola. En Every Single Night se muestra abrumada por una avalancha de sentimiento. La sensación se puede percibir a lo largo de todo ese tema.Y es esa la canción que abre el disco con una escalofriante vibración con la que ella canta cada palabra como si sacara cada sonido como un quejido susurrado. Ya desde el comienzo nos arrastra hacia la intimidad de sus pensamientos y a su lucha contra su propio cerebro.

Es tosca la manera en que Apple decide despojarse de todo adorno y en este disco reduce el acompañamiento musical al mínimo indispensable: voz, piano y percusión, nada más. Tampoco lo necesita. Este es un disco realizado codo a codo entre una pianista y un baterista, su colaborador Charley Drayton.

En Valentine es evidente su influencia a la hora de componer. El tema comienza con latidos sordos, casi imperceptibles, que se integran en la canción hasta transformarse en un bajo que golpea casi en forma de percusión. Es por canciones como esta que el disco necesita de ser escuchado con auriculares. Pasan cosas diferentes y se sienten cosas diferentes.

Werewolf, junto a Anything We Want, es una de las canciones más hermosas de The Idler Wheel. Allí queda solo Apple con su piano, una pequeña y precisa percusión y un gancho: “no tiene nada de malo cuando una canción termina en acorde menor”, dice. Todas sus canciones pueden ser tristes, tener tintes melancólicos y retrospectivos luego de una fallida relación. Pero ella tiene razón: esto no tiene nada de malo.

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