Desde que asumió el gobierno, la izquierda avanzó en el esclarecimiento del tema desaparecidos durante la última dictadura (1973-1985), logró reducir la pobreza y la indigencia, al ritmo de un contexto externo favorable mejoró todos los indicadores económico y sociales, atrajo inversiones, manejó adecuadamente la deuda, adoptó novedosas medidas en el terreno de la seguridad (más allá de las cifras de delitos que ahora parecen remitir).
Sin embargo, desde aquel "educación, educación y otra vez educación" del expresidente José Mujica, no ha hecho otra cosa que patinar una y otra vez en uno de los asuntos centrales, cuyos ecos se sienten en lo social, lo económico y la seguridad: la educación pública.
El egreso de la enseñanza pública ubica a Uruguay en el piso de la tabla entre todos los países de la región, las faltas y los paros docentes son una epidemia, la repetición crece, la deserción es incontenible y los niveles de aprendizaje lamentables.
Durante la campaña electoral, el presidente Tabaré Vázquez dio señales de que, con la elección de los jerarcas en el Ministerio de Educación y Cultura, sentaba las bases para que la ministra María Julia Muñoz lidiara con los gremios y un técnico como Fernando Filgueira intentara retomar el control político de la educación, que se perdió definitivamente cuando en el primer gobierno del Frente Amplio (2005-2010) se aprobó una ley de educación que dio más poder a los gremios en los organismos desconcentrados y puso condiciones para los representantes políticos, que terminaron siendo todos exsindicalistas, que defendían y defienden más las posturas gremiales que los intereses de los alumnos.
Pero a poco de andar, los gremios –en colaboración con sectores políticos de izquierda que siguen con boletines atrasados acerca de cuál es el camino para salir del atolladero educativo- le asestaron una dura derrota a Vázquez en su intento por declarar esencial el servicio de enseñanza pública.
Es evidente que la presencia de Wilson Netto al frente del Codicen es un lastre del gobierno anterior que se opone a las mismas cosas que se oponen los gremios, como la concreción de un marco curricular único desde la primaria hasta finalizar la secundaria.
La renuncia de Juan Pedro Mir (director de Educación) y de Fernando Filgueira (sub secretario de la cartera), son una señal más de que la izquierda sigue en el debe en un asunto central para el desarrollo social y económico del país.
De nada sirve que el país crezca si su gente no está capacitada para asumir ese crecimiento. La movilidad social sigue siendo una quimera y los cantegrileros de hoy y sus hijos seguirán siendo cantegrileros mañana, sin armas para salir del rancherío.
Ojalá el gobierno pueda retomar la senda que pareció iniciar cuando en la campaña electoral anunció cambios que, de comenzar a aplicarse hoy, estarían dando resultados en un par de décadas, durante las cuáles varias generaciones se seguirán perdiendo, porque las generaciones, en las zonas deprimidas, son muy cortas, con madres de 15 años y abuelas de 30. Ojalá que los más pobres entre los pobres no sigan estando tan solos mientras las corporaciones, como toda corporación, hacen gala de un poder que solo busca el beneficio propio.