1 de abril 2022 - 5:04hs

Un día de invierno, Mamá me dijo que íbamos a viajar a Salto para visitar a mi abuela materna. Por entonces vivíamos en Acassuso en Argentina, cerca de San Isidro. Yo asistía a “Mi escuelita” un jardín de infantes dirigido por una maestra mayor uruguaya. El viaje comenzó en tren hasta Retiro. De allí fuimos a la Dársena Sur y Papá nos acompaño. Allí estaba amarrado el vapor, de la compañía Dodero, que nos llevaría por el río Uruguay. Papá nos despidió en la planchada. En la nave nos recibió un amable camarero que nos condujo al camarote, que compartiríamos con  una señora alemana y su hijo de edad semejante a la mía. Por entonces los niños nos dormíamos temprano. A la mañana siguiente fuimos a tomar el desayuno al salón comedor. Horas después arribamos a Concepción del Uruguay. Más tarde continuamos hacia Concordia. La travesía fue muy serena y llegamos al puerto de dicha ciudad. Desde allí nos embarcamos en una lancha con destino a Salto. Fuimos caminando hasta las cercanas oficinas de ONDA. Salimos en un ómnibus con destino a la Estación Itapebí. Para mi todo era novedad.

Muy pronto dejamos la ciudad para avanzar por la carretera. Había llovido mucho y llegó el momento, por la necesidad de vadear un arroyo, de abandonar el ómnibus para caminar en fila “india”, mientras el vehículo se adelantó para encontrar una senda segura. Enseguida volvimos a abordar nuestro transporte. Desde la ventanilla comencé a divisar las cuchillas. Muy pronto llegamos a la Estación Itapebí. Nuestro destino era la Escuela. Allí nos esperaban mi abuela y su hija María Emilia, que era la única maestra. Mi tía era la menor de la familia de mi madre. Cayó pronto la noche, me dormí y al día siguiente escuché la bulliciosa llegada de los niños que venían a clase. No olvido el respetuoso silencio de la tarde. Al medio día compartí el almuerzo con todos. Tampoco olvido el comentario de un alumno: “señorita este niño toma la sopa colada”.

Mamá y yo pasamos tres días allí y regresamos a Salto a la casa de mi abuela. Después visitamos a las vecinas señoritas Clarita y Alejandra Abadíe. Desde su casa conocían todo lo que sucedía a su alrededor. En aquellos tiempos las comunicaciones telefónicas se hacían por medio de una amable operadora que conectaba con quien se quería hablar.

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Regresamos a Concordia en lancha. Ahí nos aguardaba el vapor que nos llevaría a Bs. As.

De este viaje, hecho a mis  cuatro años, conservo nítidos mis recuerdos. A veces me pregunto: ¿qué habrá sido de aquellas niñas y niños que con sus túnicas blancas me recibieron con tanto afecto?

Han pasado los años y es ley de vida que los que nos precedieron no estén entre nosotros. Damos gracias por  su sabio y amable paso en nuestra vida. Se ha hablado del “human behaviour”. No obstante el comportamiento humano se traducirá siempre en los pequeños detalles de la vida cotidiana, como los que vivían sencillamente las niñas y niños en nuestro campo.

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