3 de abril de 2013 10:31 hs

Fue una noche muy poco favorable para un concierto al aire libre: fría, con una lluvia incesante y repetidos relámpagos que iluminaban el cielo de forma ominosa. Pero por alguna razón el agua lo hizo especial: la primera presentación de los Black Keys en Montevideo fue de un poder tal que nadie se quejó de tener que pasar el toque entero con una capucha impermeable en la cabeza.

El dúo conformado por el guitarrista y cantante Dan Auerbach y el baterista Patrick Carney se subió al escenario unos minutos pasadas las diez de la noche del martes, en el marco del festival Rock n’ Fall, que tendrá hoy su segunda parte. Afirmados en su estampa de ser el grupo de moda del rock mundial, los Black Keys se encuentran en su pico de popularidad y éxito de crítica, luego de cinco discos que habían pasado bastante desapercibidos para el público.

Luego de un show de Fernando Santullo con algunos picos altos –aunque por estilos su propuesta musical quedara algo separada de la atracción principal– los Black Keys sacudieron el Teatro de Verano desde la apertura con Howlin’ For You. Ni Auerbach ni Carney son grandes virtuosos en lo que hacen pero tocan con una pasión que los pone al nivel de los grandes. Los dos se mostraron totalmente sincronizados y metidos a fondo en el recital: Carney golpeó su batería (situada atípicamente al borde del escenario y no al fondo) como si el mundo se fuera en ello y Auerbach regaló a su lado una sucesión en velocidad de sus guitarras bluseras, sucias, desprolijas y potentes. Además, estuvieron acompañados por dos músicos más, un bajista y un guitarrista/tecladista al hammond, que se turnaron en algunos temas.

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Una buena manera de describirlos es “ajustados”: su andanada de canciones nunca bajó la intensidad. Interactuaron poco con los presentes, pero a cambio, dispararon un tema atrás del otro, casi sin aditivos extra musicales. En eso hicieron como un viaje al pasado: recordaron aquellos tiempos en que los conciertos de las grandes bandas tenían que ver menos con el espectáculo y más con lo que los hombres sobre el escenario tenían para ofrecer.

Y lo que ofrecieron fue más que nada lo nuevo, del álbum El camino editado en 2011: Gold on the Ceiling, Run Right Back o Money Maker. Una espectacular Little Black Submarines (precedida por el grito de un integrante del público que pedía Yellow Submarine) y el cierre con la ganadora del Grammy de este año a mejor canción de rock, Lonely Boy, entre otras, hicieron despegarse del piso y arriesgarse al resbalón en las gradas a los empapados presentes, con el Teatro de Verano completo. A ellas se sumaron algunos temas anteriores como una muy intensa Thickfreakness, de su homónimo segundo disco, y otros de Brothers (2010) como Tighten Up, muy festejada por el público.

Para cuando la banda volvió para los bises y una bola de cristal apareció al fondo en Everlasting Light, ya el volumen de la música y la intensidad habían opacado a la lluvia. Las luces doradas que se iluminaron formando el nombre de la banda durante I Got Mine, después de que Auerbach dijera al auditorio que tenían solo una canción más y que había que aprovecharla, fueron al broche final. La pregunta después del concierto debió ser en todos lados la misma: ¿valió la pena empaparse?

Y la respuesta es que no, que fue más que eso, que los Black Keys sacudieron de tal forma al Teatro de Verano que la lluvia ni siquiera importó.

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