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7 de diciembre 2022 - 7:28hs

Para sustituir el gas ruso por gas natural licuado (GNL) es preciso invertir miles de millones de dólares en las infraestructuras necesarias. Además, el precio del GNL es mucho mayor que el que llega por cañería desde los yacimientos.

Pocos días después de la invasión rusa a Ucrania, exactamente el 5 de marzo pasado, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, tuiteó: "La UE debe liberarse de su dependencia de los combustibles fósiles”. Agregó que España era un ejemplo por sus inversiones en energías renovables y “por las importantes reservas de gas licuado”.

Ni von der Leyen ni muchos dirigentes comunitarios imaginaban llegar al invierno en medio de una crisis energética sin precedentes en el Viejo Continente.

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Para esta transición apurada, en medio de una guerra que no se sabe cuándo termina, para sustituir el gas ruso se requiere una infraestructura de miles de millones de dólares que podría resultar inútil en el tiempo si es que llegara un alto el fuego. Además, el GNL de las monarquías autoritarias del Medio Oriente o de Estados Unidos tiene un precio elevadísimo comparado con el que vende el Kremlin.

No es un secreto que el buen vínculo entre la excanciller alemana Angela Merkel y el presidente ruso Vladimir Putin tuvo mucho que ver con la transición de la energía nuclear alemana –resistida por Los Verdes- al gas ruso.

Los Verdes alemanes y los ambientalistas de todo el mundo saben hoy más que nunca que el planeta no soporta más el abuso de combustibles de origen fósil. Y, encima, ahora Alemania está explotando las minas de carbón, mucho más contaminante que la explotación de yacimientos de gas y petróleo.

El mayor consumidor de gas en Europa es Alemania, seguida de Italia, los países Bajos, Eslovaquia y Francia, según Eurostat, según consigna la agencia alemana DW.

"En Europa se invierte mucho actualmente en gas licuado", dice Paula Di Mattia Peraire, analista del Independent Commodity Intelligence Service (ICIS). "Si todos esos proyectos se materializan realmente, la capacidad de regasificación aumentará en 70.000 millones de metros cúbicos al año”, apunta.

Mucho dinero se invierte actualmente en las terminales portuarias, donde el GNL se desembarca y se calienta para llevarlo nuevamente a su forma gaseosa e introducirlo en la red de tuberías.

Pero este no es el único cuello de botella para la importación de gas. El combustible debe ser traído a Europa en buques cisterna, que pueden transportar hasta 175.000 metros cúbicos de gas licuado. Para sustituir las importaciones anuales de gas ruso, se necesitarían 1.800 barcos cargados; es decir, unos cinco barcos diarios. Eso requeriría la compra de 160 buques nuevos, cada uno de los cuales cuesta unos US$ 220 millones.

Por otra parte, el gas tendría que ser trasladado desde los puertos de España, Francia y Países Bajos hacia Europa central y del este. Esto significa el camino inverso del gas ruso, que llegaba por tuberías primero a los países más orientales y luego a los más occidentales. Por eso también, Francia y España sufren mucho menos la falta de gas ruso: porque consumían una porción mucho menor del fluido llegado del este.

El conflicto se agrava si se mira el costado ambiental y las metas climáticas de la Unión Europea. "Tenemos una emergencia climática”, dice Ganna Gladkykh, de la Alianza de Investigación Energética Europea (EERA). Y hace notar que, desde ya, no se debería invertir más en combustibles fósiles.

Se piensa que el problema se podría superar con gases más amigables con el medio ambiente. En lugar de gas natural, en el futuro podría utilizarse amoníaco y, sobre todo, hidrógeno licuado. Esa sería la única forma en la cual la formidable inversión en buques tanque, terminales portuarias y gasoductos tendrían alguna rentabilidad.

De otro modo, no tendrían uso. Y el fin del conflicto es tan incierto como una eventual negociación de los europeos por el gas y petróleo de Rusia.

Tampoco está clara una posible reutilización de una inversión en la logística para el GLC y su posible reconversión para energías no contaminantes. Rainer Quitzow, del Instituto de Investigación de Transformaciones Sostenibles de Potsdam (IASS) advierte que el hidrógeno no se transporta por barco. Para ello se necesitarían otros materiales con otras aleaciones, porque el hidrógeno es más explosivo y, por lo tanto, más peligroso, explica Quitzow. "Se requerirán notables inversiones adicionales", agrega.

Con la extracción convencional de gas, como en el caso ruso, se liberan menos emisiones nocivas que con métodos como el fracking (fracturación hidráulica), más agresivo para el ambiente. Por otra parte, el gas de Qatar o de Estados Unidos debe ser primeramente licuado para poder transportarlo. Con ese fin, se comprime el gas a presión, y luego esta se atenúa, y el gas se va enfriando en cada fase. Ese procedimiento tiene un precio mucho mayor que sacar el gas del yacimiento y mandarlo por tubería hasta el lugar de distribución y consumo.

Finalmente, el combustible debe ser transportado por mar y, cuanto más largo sea el trayecto, además de más caro es más nocivo desde el punto de vista climático.

 

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