Malabrigo es el pueblo donde ocurre gran parte de la narración de Una noche sin luna. La ópera prima del cineasta uruguayo Germán Tejeira como director se centra en los relatos de tres hombres solitarios durante una noche de Año Nuevo. Aunque comparte el nombre con una localidad real de San José, la denominación del pueblo imaginario adelanta la impronta melancólica y hasta irónica de la película.
A no confundir. Una noche sin luna es un drama y se centra en tres figuras que sufren, cada uno a su manera, una tragedia. Si bien la presencia del humor es intermitente en todo el largometraje, la película se construye en el desasosiego de sus protagonistas y las situaciones que deben afrontar durante una festividad que para muchos significa felicidad y alegría.
La película toma un carácter episódico y Tejeira, quien también escribió el guión, decide contar el relato de cada uno de esos tres protagonistas de manera lineal, dando inicio a uno cuando finaliza el otro.
El humorista Marcel Keroglián interpreta a un taxista que decide recibir el año con su hija, exmujer y la nueva familia que ella formó con otra pareja. Roberto Suárez es un mago de poca monta con un conejo como única compañía que deberá pasar la noche junto a una empleada de un peaje debido a una falla en su auto. Por último, el músico argentino Daniel Melingo encarna a un preso que tendrá un día libre en su condena y lo utilizará para brindar un show como cantante en el club social del pueblo.
Ninguno de estos hombres se cruzará –al menos de una manera relevante para la trama– a lo largo la película. Aunque sus historias sí comparten el espacio físico y temporal en el que Una noche sin luna transcurre, es en los problemas humanos de cada uno de ellos donde reside la verdadera magia que Tejeira intenta transmitir a su público.
Los protagonistas se ven obligados, por el azar o por decisión propia, a afrontar la nostalgia por el amor en sus vidas. Ya sea por la familia o la pareja que no se tiene o por la vocación artística perdida, los actores reflejan en su miradas y en sus gestos la vida de tres hombres que fueron derrotados.
Aunque la división de las historias hace de la película una propuesta diferente, termina construyendo un filme desparejo. Es imposible no contraponer cada una de las historias con la otra.
La exploración de Keoroglian fuera de su zona de confort como comediante es bienvenida, aunque su relato sea tal vez el menos efectivo a nivel emocional. Y mientras Suárez demuestra su solidez como uno de los mejores actores uruguayos de su generación, es el argentino Melingo quien sobresale en el filme uruguayo. Ayudado por su guitarra y por el entorno tragicómico de un audiencia que no presta atención al artista encargado de entretenerla, la historia del músico (que tiene unos cameos de personalidades uruguayas muy pintorescos) logra otorgarle a la película la sensibilidad a la que apela escena a escena.
En ese sentido, Una noche sin luna no ofrece nada que no se haya visto antes en el cine uruguayo. Sus personajes son frágiles y las interpretaciones de sus actores están a la altura de lo que el director parece exigirles, pero no hay elementos novedosos en la adversidad de sus historias cuyos finales no alteran los statu quo en los que iniciaron. De todas formas, la ejecución de Tejeira como narrador es meritoria y Una noche sin luna es un puntapié apropiado para su carrera como director de ficción.