21 de mayo 2022 - 5:01hs

Fueron 200 años de neutralidad. Fueron 200 años de intentar mantenerse al margen y no por cobardía, capricho o comodidad, sino porque las fuerzas vecinas eran demasiado poderosas como para hacer experimentos en valentías suicidas. Suecia y Finlandia solicitaron esta semana ingresar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), una alianza creada en 1949 con fines de defensa militar, cuya base es “atacan a uno atacan a todos” y que pasó de los 12 miembros iniciales a los 30 de la actualidad, que pronto serán 32. 

Paradojalmente, la razón detrás de la invasión rusa a Ucrania –la eventual anexión de ese país a la OTAN– devino en la consecuencia que menos le sirve a Rusia: la expansión de la alianza hacia otra frontera crítica para los rusos, la de Finlandia.

¿Por qué cambiaron de opinión Suecia y Finlandia? La respuesta más obvia se relaciona con la invasión rusa, pero hay mucho más detrás de esta decisión que tiene que ver con el balance de poder y el peso de la amenaza. La movida de ambos países nórdicos, que se mantuvieron pulcramente neutrales durante la Guerra Fría, es un cambio importante en el puzzle mundial y sobre todo en la solidificación de un acuerdo que parecía venir en picada gracias a un Donald Trump que había manifestado que estaba harta de que su país aportara la enorme mayoría del dinero y las armas que sostienen al pacto. 

La invasión a Ucrania cambió el mapa de poder. La OTAN es la verdadera razón que impulsó al líder ruso a invadir, ante la amenaza de que Ucrania se sumara y trajera la alianza a la puerta de Rusia. Todo indica que la OTAN ahora también estará en la puerta de atrás de Rusia, Finlandia, bien instalada.

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Suecos y finlandeses se mantuvieron hasta ahora al margen de la alianza por razones diferentes, pero emparentadas. Finlandia es vecino carnal de Rusia y ha sufrido las consecuencias de esa frontera terrestre; luego de la Segunda Guerra Mundial debió ceder grandes franjas de su territorio, pagar reparaciones y legalizar al Partido Comunista de Finlandia. En 1948 firmó un acuerdo de “amistad” con su vecino, para mantener al oso del otro lado del zoológico. Lo que sucedió después se conoce como “finlandización”. Finlandia mantendría su soberanía a cambio de su neutralidad y de no sumarse ni a la OTAN ni al pacto de Varsovia. Algo así se pretendía de Ucrania. En los hechos debió hacer mucho más que eso para apaciguar a Rusia, que se inmiscuyó repetidamente en sus asuntos internos. A pasar raya Finlandia es una de las democracias plenas más respetadas del mundo.

Suecia, que durante siglos fue un mismo país con Finlandia, prefirió también mantener la neutralidad para evitar que el vecino de su vecino terminara tocándole el timbre. Ahora todo cambia, incluyendo la opinión pública en ambos países, que se muestra proclive a sumarse a la OTAN. Dos años atrás, Emmanuel Macron había anunciado la “muerte cerebral” de la OTAN porque Trump es Trump y porque algunos países como Turquía se cortaban solas demasiado a menudo.

Pero el comatoso parece haber recuperado la salud, luego de tres décadas tras la Guerra Fría en la que su papel quedó en duda. “Putin, sin ayuda de nadie, le ha dado a la OTAN una inyección de vitaminas”, dijo Wolfgang Ischinger, presidente de la Conferencia de Seguridad de Múnich. La OTAN tiene de nuevo un enemigo proverbial que le permite aumentar la inversión en Defensa y la compra de armas.

La primera ministra sueca, Magdalena Andersson, dijo en estos días que su país decidió pedir el ingreso a la OTAN porque cambió su percepción de la disposición de Rusia a “usar la violencia” y “asumir enormes riesgos”. En el fondo lo que importa es que Rusia decidió comenzar una guerra en el corazón de Europa. “Los estados prestan mucha atención al equilibrio de poder, pero lo que realmente les importa son las amenazas.

El nivel de amenaza que representa un estado para otros es en parte una función de su poder general, pero también de sus capacidades militares específicas (especialmente su capacidad para conquistar o dañar a otros), su proximidad geográfica y sus intenciones percibidas”, escribió el profesor de Relaciones Internacionales de Harvard, Stephen Walt, en Foreign Policy. En opinión de este analista, los estados se mueven al ritmo de las amenazas.

Si bien la amenaza rusa militar no se ha demostrado como demasiado efectiva en esta invasión, que calculó muy mal, la amenaza que supone un Putin dispuesto a la guerra parece haber sido el elemento clave para decidir a los dos países nórdicos a sumarse a una alianza poderosa militarmente, dudosa en su diplomacia y en algunos momentos recientes –la salida de Afganistán, por ejemplo– ineficiente. 

Pocas situaciones como una guerra alarman a los Estados modernos y los impulsan a alinearse para contener el peligro. La decisión de Suecia y Finlandia llama la atención después de tanta neutralidad, pero se basa en la percepción de que la Rusia actual es más aguerrida pero también más débil, una combinación peligrosa. “Cualquiera que sea la razón, hay una lección más amplia que más líderes mundiales deberían tomar en serio: los Estados son sensibles al poder, pero son aún más sensibles a las formas en que se usa ese poder. Si tienes un palo grande, hablar en voz baja es inteligente. También lo es usar el poder de uno sabiamente, y no muy a menudo”, apuntó Walt. 

Otro de los grandes cambios al que asistimos como consecuencia de la guerra en Ucrania se relaciona al poder ya no solo militar de la OTAN, sino sobre todo al económico/diplomático. El artículo 5 del tratado de fundación de la alianza establece que si uno o más de los miembros son atacados el ataque será considerado contra todos. Este punto crucial, respaldado sobre todo por el poder militar de Estados Unidos, es el que ha actuado como freno a los ataques. Esta vez, sin embargo, el freno más sólido ejercido por la OTAN han sido las sanciones económicas, que incluyen el congelamiento de las reservas del Banco Central ruso, una medida sin precedentes, así como la confiscación de bienes de oligarcas (que sustentan pero también presionan al régimen de Putin), entre otras.

Estas nuevas formas de intentar parar la guerra o de amenazar con lo que puede pasar si se va a la guerra o se violan derechos humanos, no están siquiera previstas en los reglamentos de la OTAN y, sin embargo, serán tal vez los más efectivos en el futuro cercano. 

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