10 de mayo de 2013 16:27 hs

El espectador promedio se debe preguntar: ¿qué le pasa a Nicolas Cage? Y la pregunta no viene a cuento solamente por los horripilantes peluquines con los que ¿tapa? su calvicie. Cage pasó de ser uno de los mejores actores de la industria –el crítico de cine Roger Ebert lo ponía nada menos a la altura de Nicholson, DeNiro y Pacino- a repetirse hasta el cansancio en 3 o 4 películas al año, cortadas todas con la misma tijera. Solamente en 2011, para tomar como ejemplo, protagonizó Season of the Witch (donde era un caballero templario en el siglo XIV), Drive Angry (un hombre que escapaba del infierno para salvar a su hija), Seeking Justice (una suerte de vengador anónimo), Trespass (un hombre que quedaba rehén junto a su familia de peligrosos criminales) y Ghost Rider: Espíritu de Venganza (uno de los más ignotos superhéroes de Marvel Cómics en una vergonzosa versión). La explicación durante un tiempo a esta sobreexposición fue económica: Cage debía a Hacienda alrededor de US$ 6 millones y para sanear esta situación, tenía que filmar todo lo que se le ponía delante. Pero ahora, cuando se supone que dichos problemas han sido solventados, continúa al mismo paso arrollador –con 3 películas ya confirmadas para 2013- y con la misma poca prudencia a la hora de elegir guiones.

Contrarreloj supone además el regreso de Cage a las órdenes del director Simon West, un realizador de películas de acción con bastante magro resultado (Tomb Raider, The Expendables 2) cuya mejor película es casualmente Con Air, donde Cage fue su protagonista. Y algo de Con Air hay aquí, al menos en ciertos homenajes: el ex convicto que interpreta Cage busca reencontrarse con su hija –a la que también le lleva un peluche de regalo-, hay una carrera contra el tiempo al igual que en aquella y hasta repite en el elenco secundario el veterano M.C. Gainey. Pero aquí se terminan las comparaciones, ya que Con Air era una muy buena película de acción y entretenimiento.

Al principio, la película engaña. La secuencia inicial –un robo cuidadosamente planeado y ejecutado, pero que es vigilado en correlativo por la policía– cumple con convicción y hasta promete, al ritmo de una buena banda sonora. Pero luego el filme da un salto de 8 años en el tiempo y allí las cosas se salen de curso. Ahora Cage es un ex convicto que deberá salvar a la hija de un ex compañero, para lo cual deberá conseguir US$ 10 millones en menos de 12 horas.

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Luego, Cage aporrea policías con una facilidad que envidiaría Batman, salta por encima de autos, maneja a 130 kilómetros por hora a contramano por las calles de Nueva Orleans (que, obviamente está en pleno Mardi Gras) y resuelve robos fantásticos en apenas 3 minutos.

Los villanos matan personajes porque sí, sólo para mostrar cuán malos son. El FBI es convenientemente incompetente hasta que tiene que dejar de serlo para beneficio de la trama, y el resto, que es historia conocida, puede resolverse con un etcétera. Pero nada de esto importaría si la película fuera entretenida o realmente vertiginosa en vez de un mamotreto previsible, el mismo thriller genérico que hemos visto ya mil veces, que desarrolla poco y nada a sus personajes, y que termina por ser una gran intrascendencia aburrida y acostumbrada en este tipo de géneros, tan típica como ver a Nicolas Cage haciendo mal cine.

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